Yo

Yo, 
conmigo mismo y mi persona



  Juan es ante todo un artista veraz, consistente e insobornable....... Un burlador sumamente resuelto, un arriesgado profanador de criptas figuradas...

    
    Los amantes de las palabras emborronan la lápida virginal de las cuartillas. Con una pluma caída del paraíso de los poetas salpicamos la indomable ciencia del papiro.

    Nuestro Juan proyecta sus propias vísceras sobre un lienzo, ahora digital, sólo apto para los lectores que hayan sufrido alguna vez la locura del mundo y sus delirios.

    Laten sus entrañas.

   Grande como una luna se le retuerce el corazón sin duda ardiente.

    Una de mis mayores suertes es tenerlo como amigo, maestro y compañero. ahora puede ser también tuya la fortuna...


Cornelio Lara





  Fue por aquella época en la que tenía once años más o menos, cuando en el colegio donde hacia E.G.B. "reformaron" la biblioteca, una sala con estanterías viejas y libros más viejos y gastados todavía y ventanas enrejadas, para sacarse del bolsillo una hora a la semana de lectura obligatoria para las clases de último nivel, las cuales, recibíamos como el más de los crueles castigos.


   Todavía hoy en día sigo sin entender como se puede obligar a leer a alguien en contra de su voluntad, y mucho menos a un grupo de niños en una edad incapaces de mantener el culo quieto en una silla más de quince minutos, y con el mismo nivel de atención que un pez, pero para ellos la cosa tenía su lógica, “Ya lo entenderéis con la edad” nos decían, y a día de hoy, con los años que tengo (los justos para no considerarme viejo pero si para ser consciente de empezar a tener una edad considerable) sigo sin entenderlo.


   La cosa no pudo acabar de otra manera, con una sala llena de niños malcarados, haciendo cola ante la estantería donde reposaban y envejecían los libros acordes a nuestra edad, esperando a que llegase nuestro turno para tener que elegir uno de ellos; como odiaba aquello, el olor a papel viejo de aquella sala, la sombra de las rejas de las ventanas proyectada sobre el suelo, el silencio artificial vigilado por la inquisidora mirada de la señorita, y el acercarme paso a paso a aquella estantería donde tendría que elegir yo mismo mi condena hasta la semana próxima, repitiendo el ritual como un cruel dejá vu hasta final de curso.


   Ni que decir tiene que no me leí ninguno de aquellos libros nunca. En cuanto cogía uno me sentaba en una de aquellas mesas llenas de nombres gravados en su superficie y apoyando la cabeza sobre la mano, fingía leer mientras entraba en mi mundo imaginario, evadiéndome de todo lo que me rodeaba, y en unos minutos, mi mente se alejaba de aquella sala con aspecto de cárcel y régimen penitenciario introduciéndome por el interior de la madriguera de conejo, a mi propio y personal país de las maravillas.


   En cuanto sonaba el timbre que nos avisaba del fin de aquella clase, que además coincidía con la última de la semana, metía aquel libro en mi mochila y ahí se quedaba olvidado hasta la semana siguiente mientras yo me dedicaba a hacer lo que a un niño de esa edad le toca (sin olvidar que en aquella época no existía Internet, ni la play station, ni móviles ni whatsapp) descubrir y experimentar el mundo que lo rodea.


   Como no tardaron mucho en descubrir que su plan no daba resultado, ya que aquella hora de lectura obligada solo servía para vaciar la estantería de libros y poco más, se les ocurrió la genial idea de obligarnos a hacer un resumen semanal de cada libro que cogíamos de aquella maldita biblioteca, con su respectivo castigo a los insumisos de la lectura obligada.


   Gracias, muchas gracias, solo os faltó obligarnos a azotarnos con aquellos libros para hacernos odiar más la literatura de lo que ya lo habíais conseguido; no sabría calcular cuantas horas de castigo sin patio llegué a sufrir en aquellos últimos años de escolaridad hasta que me dieron por perdido, sentado en mi pupitre con alguno de aquellos libros delante para obligarme a leerlo mientras escuchaba de fondo el sonido de las risas y juegos de mis compañeros, pero ni aún así consiguieron obligarme a leer en contra de mi voluntad.


Pero todas aquellas horas de castigo sirvieron para alimentar mi imaginación y hacer nacer dentro de mí algo que no comprendía al principio pero que poco a poco se ha aferrado a mi estilo de vida, el espíritu de rebeldía, !coño¡ ahora que lo pienso, si que saqué algo bueno de aquellos años escolares, éso si que os lo agradezco sinceramente.

   No recuerdo exactamente cuando empezó mi afición por la lectura, supongo que pasados algunos años después de mi experiencia escolar, cuando me harté de "descubrir y experimentar con el mundo" y todo empezó a resultarme monótono y aburrido, el mundo giraba siempre en el mismo sentido, al mismo ritmo, día a día, y la gente que lo habitaba era igual de monótona y aburrida, sus tristes vidas, sus tristes trabajos, sus consciencias vacías y su eterno sentimiento de obediencia ciega a lo establecido me hacían sentir diferente, no quería ser una marioneta, no quería ser uno más, no quería vivir sus vidas, dejándome absorber dócilmente por el sistema. Creo que fue entonces cuando cayó en mis manos el primer libro que leí voluntariamente, descubriendo ésa forma maravillosa de evadirme del mundo con su mundanal ruido y sus detestables habitantes.


   Pero fue cuando descubrí la literatura cruda, la realista, la que contaba las historias de la calle, con palabras sencillas y comunes, historias expresadas en el lenguaje que utilizan las personas normales, ya fueran camareros, cajeras, albañiles o doctores, cuando me enganché realmente a la literatura, gracias a Bukowski o a Hansun, gracias a "El guardián entre el centeno" o a "Marica" aprendí a huir como del Diablo de los best-sellers vendidos en grandes centros comerciales. A día de hoy me confieso culpable de no haber leído "El código Davinchi" o "Cincuenta sombras de Grey", por poner un ejemplo.
La poesía llegó a mi vida sin prisa pero sin pausa, me llamaba mucho la atención aquella excepcional forma de comunicación, pero al principio no di con los autores apropiados para mi gusto, y aunque me parecía precioso leer poemas que expresaban la belleza de los campos de Granada o como el mar regaba el alma de alguien, no empecé a disfrutar de ella hasta conocer la obra poética de Bukoswki (si, la segunda vez que lo menciono, y si tú no lo conoces, no te mereces el aire que respiras), de Gregory Corso, de Ginsberg, de Li Po o de Leopoldo María Panero.

   La generación Beat por un lado y los poetas malditos (los clásicos y los actuales) por otro me condenaron a ésta adicción de la que aún hoy no he podido desengancharme, dulce vida de yonki literario.


   Me gusta escribir de lo oscuro, de lo maldito y prohibido, de todo éso que la gente evita y esconde, me gusta escribir de los sentimientos, de ésos ocultos e internos, del sufrimiento, de la carne y la lujuria lasciva que provoca, del dolor y la muerte, pero también disfruto haciéndolo de las vidas comunes de personajes más comunes todavía, o fuera de lo común por completo. Me gusta escribir y disfruto haciéndolo, y ya no puedo imaginar mi vida sin que mis pensamientos se transformen (voluntaria o involuntariamente) en palabras escritas en blanco papel.


   Me considero "insumiso ortográfico" por la sencilla razón de que un día descubrí que un buen amigo mío, ya de cierta edad, con mucho que decir y más que enseñar, no lo hacía por vergüenza de no haber podido optar a una buena educación cuando era pequeño y cometer muchas faltas de ortografía al escribir, eso me hizo pensar en cuanta gente habría en su misma situación, cuánta gente en el mundo tendría cosas y historias interesantes para escribir y no lo hacían por esa absurda vergüenza de cometer faltas ortografías. A partir de entonces empecé a dejar de soportar a todos esos sibaritas ortográficos que se preocupaban más de criticar un texto por las faltas ortográficas que por el mensaje en si, y a fijarme más en el significado y la profundidad de lo que leía, que a darle importancia a si faltaba alguna "h" por algún lado o se había escapado algún acento ágilmente por la tangente, con estas palabras no estoy premiando la ignorancia, si no criticando el despotismo de los que creen saber, y como siempre digo "detrás de todo buen escritor hay un buen corrector", pero por desgracia, yo no soy un buen escritor, así que tendréis que aguantároslas.





        Juan Cabezuelo
insumiso ortográfico hasta la muerte
        

                                                                                      




Agradecimientos

   A todos y todas que leáis este blog, ya os guste o penséis que es una mierda (que para gusto están los colores), gracias.

  A todos y todas que me conocéis y no os encontráis en esta lista, gracias, seguro que algún día habéis hecho algo por mí (o lo haréis en el futuro).


  A Marcos (ni siquiera recuerdo tu apellido, y me cuesta recordar tu cara), porque en aquella lejana y difícil edad de los quince años, en un mundo sometido por el alcohol y las drogas, me enseñaste con tu ejemplo que se podía vivir al margen de todo ello; si alguna vez lees esto y te reconoces, sólo decirte que espero que la vida te esté tratando bien, y que sigo por el buen camino, gracias.


  A Trenatroman "superheroe en paro pero siempre en movimiento", por paliarnos ese rato de aburrimiento en el vagón del tren con tu excepcional espectáculo de humor, música y alegría, (dos trenes se cruzan, buena suerte, para quién no lo sepa), gracias.


   A Ángel Veiga y Jordi Guzmán, gracias por vuestra amistad, por vuestras correcciones y ayuda en este blog, por compartir vuestros escritos, poemas y locuras conmigo, y llevaros la peor parte, tener que sufrir los míos (el club de los poetas malditos, la senda del titiritero, que será lo próximO).


   A Rafa, por todos estos años siendo hermanos postizos, jugando de niños, descubriendo la música y la pasión por el sexo femenino en la adolescencia, las tardes de cocacolas y pipas... cómo vamos cambiando (de correr juntos delante de la policía a volvernos cuarentones), y tú Raquel, no te pongas celosilla, que también eres mi sister postiza, y aunque intentaste cambiármelo y volverlo un moñas al principio, al final te hemos cambiado a ti volviéndote casi más bruta que nosotros (siempre serás mi hippie de mierda favorita), gracias a los dos por estar eternamente ahí.


   A mi familia (sois tantos que os englobo en un solo grupo, tanto los que sois, como los que no estáis), qué difícil ha tenido que ser (y tiene que seguir siendo) aceptar mi estrambótica y extraña forma de vida, es lo que tenemos los nómadas individualistas, que tenemos que ir a nuestro rollo sin llevar una mochila demasiado cargada, pero hay muchas formas de estar, vosotros siempre estáis conmigo, y aunque no lo parezca, aunque mi existencia física y comunicativa sea justa y escasa en vuestras vidas, yo siempre estoy y estaré con vosotros, no os daré las gracias a vosotros, se las doy al destino por haberme concedido el privilegio de pertenecer a vuestra familia, gracias.


   A mi familia política (que fea expresión ¿verdad?), es extraño tener sentado en la mesa a un apátrida, serio y callado, pero lo lleváis muy bien. Nunca me he sentido tan aceptado como entre vosotros, las nuevas vidas tienen nuevas experiencias, gracias por las vuestras.


   A mi madre, que como dice esa sabia e incuestionable ley universal, "no hay más que una", (menos mal que hijos como yo sólo has tenido uno), toda una vida con un techo sobre nuestras cabezas y un plato de comida en la mesa, se puede decir más, gracias por tu existencia, gracias por darme la mía.


   A Iker, Erin y Abril, porque en toda oscuridad siempre hay una luz que ilumina, y vosotros estáis dejando bien poca oscuridad dentro de mi por alumbrar, no se puede desear haber tenido unos hijos mejores hijos (espero que nunca tengáis que desear haber tenido un padre mejor), por transformarme cada día en una persona nueva, gracias.


   Y a ti, Romina, gracias por ser mi piel de canela, mi turroncito, mi pastelito de chocolate, gracias por ayudarme a encontrarme a mi mismo cuando estaba tan perdido en esta monstruosidad de universo, gracias por ese aroma que desprende tu cuerpo cada mañana, gracias por las lágrimas que has secado de mi cara a base de besos, por arrancarte un pedazo de alma para rellenar con él el hueco que a mi me faltaba en la mía, y gracias por ese día en que me diste un paquete envuelto en papel de regalo, y justo cuando lo abría, tú, con esa impaciencia e ilusión que te hace regalar cosas me dijiste “Es una tablet, para que puedas escribir en el tren”, gracias, porque de ese regalo, de esa tablet que con tanta ilusión me regalaste, de esa forma tan preciosa de apoyarme y creer en mi, y de esas horas muertas en el tren nace, "LETRAS ENTRE VÍAS".