Welsh

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    El olor a orina envejecida se pegaba a la boca dejando el mismo sabor que te deja ese reflujo traicionero que te sube de madrugada por el esófago quemándote la garganta, Ernesto pasó por el pasillo de aquel piso que parecía abandonado esquivando restos de basura, latas oxidadas y ropa mugrienta lo mejor que pudo. No sabía por que hacía aquello, quizás fuese por la curiosidad de probar algo nuevo, quizás por demostrarle a Erika que no era ese niño pijo que aparentaba todo vestido de traje , quizás fuera una forma barata y caprichosa de revelarse contra todo y contra todos, o quizás fuera por experimentar en sus carnes todo aquello que relataba su escritor fetiche en su libro favorito, ¿pero qué más daba? la cuestión es que allí se encontraba, siguiendo los pasos de Erika mientras le miraba aquel imperioso culo por lo que parecía, y nunca mejor dicho "el corredor de la muerte".
   -¿Qué te parece niño pijo?- le dijo Erika mirándolo por debajo de aquel pelo teñido de negro con aquella mirada felina que tanto le había atraido al conocerla    -En tu bonito barrio no hay pisos así, ¿eh?-, lo cogió de la mano, por mucho que lo intentase evitar, aquel sitio le asustaba, Erika tenía razón, no existían sitios así en su acomodado barrio de chalets con jardín, y nunca antes se había aventurado hasta las afueras del lado norte de la ciudad, a ese barrio que acojonaba con tan solo pronunciar su nombre, -Tranquilo tío, es un colega de fiar, aquí se le conoce por "el Doctor", y nos dará lo que necesitamos, incluso nos lo preparará él mismo si le caes bien...-.
    Llegaron a una sala, lo que se suponía que tendría que ser el comedor principal, la basara se amontonaba  por todos los rincones libremente y lo único que adornaba el lugar eran un par de viejos sofás y una desteñida alfombra en el suelo donde se podian ver restos de jeringuillas de insulina tiradas y pisoteadas de aquí para allá; en una caja de cervezas puesta boca abajo haciendo de mesita podían verse un par de cucharas, una vela, un mechero y una botella con agua de no muy buen color. Erneste se fijó en una persona de apariencia oscura que se encontraba medio reclinada sobre uno de los sofás, parecía muerta, por un momento sus pies se negaron a seguir caminando, el corazón se le puso a mil, las palpitaciones se le notaban a través de la camiseta, empezó a cuestionarse mentalmente si todo aquello sería buena idea al final, Erika se volvió al notar su vacilación ante el panorama allí mostrado, -Vamos cariño, no me dirás que vas a echarte atrás ahora, con lo que me ha costado montar la cita y eso, además, recuerda todo lo que te he prometido hacerte después, pero eso sí, siempre y cuándo tu me invites todas las veces que me apetezca...- y se acercó a su boca besándolo hasta casi asfixiarle con su lengua, Ernesto se sintió avergonzado, acababa de conocer a Erika hacía unas pocas horas, pero no quería que pensase que él era un cobarde, un simple niño de papá sin experiencia en la vida, y pensar en todo lo que Erika le había prometido hacerle después le resultó lo bastante atrayente como para seguir con el plan, -No... no es eso Erika cielo, es que pensaba que igual habría otro sitio más... más no sé, ¿íntimo? para hacerlo, ya sabes...-, Erika no lo escuchaba, se había adelantado y pateaba a la otra persona mientras le decía -eh, Doc colega, despierta y prepáranos éso, aquí tienes la pasta...- y le lanzó el par de billetes que previamente Ernesto le había dado justo antes de subir a la casa.
    Doc se puso a preparar el material como si de un reconocido chef se tratase, Ernesto no podía quitarle los ojos a aquellas manos que trabajaban con propia voluntad, no era capaz de explicarse a si mismo como aquel hombre, ya de edad madura y costras por toda la cara, manejaba todos aquellos utensilios con tanta precisión, seguro que aquella virtud le había costado algo más de algunos meses en aprenderla, por un momento se preguntó cuantos años llevaría metido en el vicio aquel tipo, y cuál sería el tiempo máximo que vivía un yonqui, pero todo eso se le borró de la mente cuándo vió como Doc cargaba la jeringuilla con aquella amarronada sustancia directamente de la cuchara que se calentaba sobre la vela, Erika le subió la manga de la camisa poniéndole una goma amarillenta y roida a su alrededor, -Ya está niño pijo, ahora si que lo vas a flipar...- Doc le clavó la aguja con una precisión exacta sobre una abultada vena que se le veía en pleno flexo del brazo, Ernesto miró a Aquel tipo, no le había dirigido la palabra desde que habia llegado de la mano de Erika, y sintió la necesidad de romper aquel incómodo silencio - Oye, ¿por qué te llaman "Doctor"?- le preguntó Ernesto armándose de valor e intentando que su voz sonase lo más natural y calmada posible, Doc no apartó la vista del brazo y le,contestó con una voz rota y entrecortada mientras aspiraba un poco de sangre de aquella vena -Porque trabajé en un hospital cuándo era joven, fui camillero un montón de años, pero me echaron por robar mórficos, que putos gilipollas, si solo lo hacía un par de veces a la semana, ellos se lo pierden, porque era muy bueno, me encantaba aquel trabajo sabes, y lo que más me gustaba era ordenar las sillas de ruedas, las ponía todas en fila ¿sabes? plegaditas unas detrás de las otras bien pegadas a la pared, nunca estubo tan bien ordenado aquel puto hospital como cuándo yo trabajé allí, pero que se jodan todos, me echaron a la puta calle como a un perro por un poco de morfina que ni lo notaban, a ver quien les ordena las sillas de ruedas ahora tan bien como yo lo hacia..." Doc apretó el émbolo léntamente, Ernesto sintió un calor fluirle por las venas repartiéndose por todo su cuerpo, cayó de espaldas notando el efecto narcotizante, todo le daba vueltas, volviéndose oscuro a su alrededor, noto nauseas y la pérdida de control de sus miembros, escucho algo parecido a la voz de Erika justo antes de cerrar los ojos, no pudo distinguir lo que le decía, solo pudo pensar una cosa antes de perder el conocimiento -¡Joder! es igual que como lo describe Irvine Welsh...