La polaroid

 
   
   Siempre había sido vieja, como en ésta foto, o por lo menos es así como la tengo en mi memoria, aunque a ella no le gustaba que la considerásemos vieja, decía que las personas no se volvían viejas, que eran los trapos los que se volvían viejos. Pero yo solo la recuerdo así, con sus vestidos oscuros, un delantal azul a cuadros siempre puesto y con los bolsillos llenos de pañuelos usados y demás chatarrería. 
    Recuerdo con cariño aquellas veces que de niña me llevaba con ella al mercado los sábados por la mañana, con su cesto de mimbre colgado del hombro, el monedero dentro de uno de los bolsillos del delantal, (el cual había abastecido anteriormente quitándole dinero de la cartera a mi abuelo, que no era muy amigo de repartir sus ganancias -"Este hombre se piensa que a mí la comida me la regalan en el mercao- siempre decía guiñándome un ojo para hacerme cómplice del crimen y asegurarse así de que mantendría en secreto su acto de rebeldía), y cogiéndome fuertemente de la mano que le quedase libre. Sus manos, tan pálidas, suaves, arrugadas y llenas de pequeñas venas que formaban un abstracto mosaico en su piel, una especie de encrucijada de caminos azules y verdosos que se perdían igual de rápido como aparecían, pero eran fuertes, lo agarraban todo firmemente y con pulso estable, sobretodo mi pequeña mano aquellos sábados de mercado, -Tú no te sueltes niña, que como te pierda entre tanta gente, tu madre me mata-, me decía muy sería y convencida, porque yo tenía el don de separarme de ella en cuanto se despistaba para ir a explorar por mi cuenta aquel extraordinario mundo mercantil, me encantaba adentrarme y mezclarme entre los colores y los aromas de las frutas  y verduras, disfrutaba observando como el carnicero cortaba y fileteaba algún pedazo de carne con la naturalidad de quien ha nacido para ello, don Mariano si no recuerdo mal, con su aspecto rudo por el delantal manchado de sangre, pero su alma de artista artesano esculpiendo en carne. También me viene a la memoria don Tomás, gritando a viva voz la frescura de su pescado recién traído de la playa y su mujer, Matilde, siempre atareada en cubrir todos aquellos peces y calamares de formas y olores distintos con una buena capa de hielo que picaba ella misma a mano, y doña Trini, llenando bolsas con lentejas o garbanzos en su puesto de legumbres cocidas, diciéndome sin quitarle ojo a la balanza cuando me veía -Celia, será mejor que busques a tu abuela y te agarres de su mano, o volverá a darte un capirón en las orejas en cuanto te vea-, y que razón tenía, todos los sábados lograba escaparme del apretón de manos de mi abuela para explorar el mercado, y todos los sábados me llevaba un buen coscorrón por haberme escapado y haberle hecho perder el tiempo buscándome entre los pasillos de aquel mágico laberinto lleno de sonidos, personas (todas mayores y viejas como mi abuela) y colores, pero no me importaba, la regañina y el tirón de orejas valía la pena, pues cada sábado, salía triunfante de mi aventura exploratoria...