puta mota de polvo

 Puta mota de polvo (2015)



 Escucho como mi mujer mastica una tostada con queso de huntar y mermelada a mi lado, envuelta en su bata blanca y con el pelo recogido en una improvisada coleta que se hizo nada más levantarse, ella y el resto de la familia están sentados alrededor de la mesa de la cocina, inmersos en ese mundo caótico que son los desayunos familiares. Hoy todos han querido tomar zumo de naranja, así que sigo ocupado en mi ardua tarea de exprimir un kilo de estas jodidas pelotas frutales, el exprimidor electrico, viejo conocido de la familia y uno de las habitantes más antiguos de este hogar, deja de funcionar después de agonizar con estertores antes de terminar la labor encomendada, me veo obligado a acabar de exprimir las puñeteras naranjas a mano, con un exprimidor de plastiquillo barato de los de toda la vida que residía olvidado en el fondo de uno de los armarios de la cocina desde el mismo día que lo compramos en el "chino" de la esquina.
   Me siento al lado de mi mujer y observo la escena mientras degusto una taza de leche caliente con cacao, las niñas se intercambian mimos y maltratos en esos cortos periodos que tienen de "ahora te quiero, ahora te odio" como dos buenas hermanas; la pequeña se resiste a acabarse los cereales mientras intenta probar un poco de todo lo que los demás están desayunando, la mediana, con su instinto de madraza, intenta obligarla a acabarse su desayuno, y  mi mujer, al mismo tiempo intenta mantener el orden entre las dos, sosteniendo su taza de café acabado de hacer con una nespresso de segunda mano.
   Mi hijo mayor levanta la vista de su plato, y durante un segundo parece que va a participar en la conversación, pero mis ilusiones se van al traste cuando le veo volver a bajar la mirada y seguir refujiado tras los auriculares conectados a ese móvil que parece no acabársele la batería nunca. Es curioso tener un hijo en plena pre-adolescencia, es como tener un ente sobrenatural en casa recluido en una habitación, con unos cascos en la cabeza y la mirada siempre perdida en la pantalla del móvil; a veces se nos olvida incluso que está, y nos sorprendemos cuando de repente escuchamos sonar la cisterna del water o encontramos algún objeto cambiado de sitio, es algo así como tener un polstergeist en casa, pero menos llamativo que en las películas, te acabas costumbrando pronto.
    -Tú recogés mientras yo arreglo a las niñas-, imposible negarme ante esa voz que me volvió loco desde el primer día que la escuché, como mi hijo hace rato que se ha teletransportado a su cuarto, mi mujer abandona la cocina detrás de las niñas dejándome solo en ese campo de batalla en el que se convierte la cocina después de cada comida, empiezo a amontonar en el fregadero tazas, vasos, tazones y cucharillas en una perfecta y equilibrada montaña, lo remojo todo con un buen chorro de agua fresquita del grifo y pienso -Ya lo fregaré luego-, amontono en una perfecta fila vertical las cáscaras de todas las naranjas exprimidas (un kilo ni más ni menos, y me sorprende observar que hacen más bulto ahora que antes) y salgo al patio donde se encuentra el cubo de la basura, me muevo agilmente manteniendo el equilibrio de ese montón de cáscaras de naranja mientras mentalmente suena en mi cabeza la música del circo, imagino ser  un famoso equilibrista, piso el pedal que hace levantarse la tapa del cubo de la basura, retiro la mano rapidmente y las cáscars de naranja se introducen perfectamente en el interior del cubo sin caer ninguna fuera,  aclamaciones y aplausos suenan dentro de ese mundo imaginativo de mi cabeza. Hace frío, escucho los sonidos de todos los desyunos familiares del edificio que se cuelan clandestinamente en mi patio. Alzo la vista y miro a ese cuadradito de cielo que se ve desde mirar hacia el tejado, veo una gaviota cruzarlo fugazmente, pienso en que pequeños debe vernos esa gaviota desde ahí arriba, y desde un avión, se nos debe de ver mucho más pequeños, y desde más arriba ya debemos ser imperceptibles, ¡joder! somos menos que una puta mota de polvo en esta bestialidad de universo.
   Antes de salir echo un último vistazo a la cocina, la verdad es que no me he esmerado mucho en eso de recoger, menos mal que no tenemos alfombra en ella, si no me hubiera limitado a meterlo todo debajo, como en los dibujos animados.
   Escucho a mi mujer batallar con las niñas en la habitación, me hago el sordo y me escabullo por el pasillo hasta el comedor, enciendo la tablet, la conecto al equipo de música y me pongo en el spotify unas canciones de W.A.S.P. a toda ostia, decido poner un poco de orden también en el comedor, y mientras recojo juguetes del suelo, ordeno revistas y recoloco las sillas, me da  por cantar a grito "pelao" la canción de "wild child" que está sonando ahora (fonéticamente claro, porque de inglés ni papa),  me doy cuenta de que mi hijo me observa con una expresión entre estrañeza y vergüenza ajena apoyado en el marco de la puerta de su habitción, me hace gracia, supongo que para él, verme cantar W.A.S.P.  es igual de ridículo que para mi, cuando veía  a mi padre todo emocionado con "Manolo Escobar"; me hace el símbolo de los cuernos con la mano en pleno homenaje heavy metal y vuelve a cerrar la puerta de su habitación  mientras yo me río y acabo de emocionarme con la música moviendo la cabeza a lo loco.
   Las niñas aparecen correteando una detrás de la otra entre risas y pequeños empujones en el comedor, con perfectas coletas moviéndose al viento esculpidas en sus cabezs y ropa de alegres colores combinadas al detalle, mi mujer aparece detrás de ellas, preciosa, con esas pestañas que abanican el aire con cada parpadeo y su pelo negro y liso acariciándole el hombro, toda vestida de negro como suele ser su costumbre, menos una minifalda tejana que me hace entrar en trance mirando esas piernas, -¡Dale che!-, corro para ir a arreglarme yo también.
   El sabor a pasta de dientes me reveulve un poco el estómago, suele pasarme cada mañana, escupo en el lavabo y miro como la grumosa masa blanquecina de espuma se escurre hacia el desagüe con restos de sangre de mis encías. Me miro al espejo y estudio cuidadosamente y durante un rato al "notas" que me mira al otro lado, hoy me he levantado de buen humor, así que no me veo tan mal, desde que me diagnosticaron hipercolesterolemia he perdido algunos kilitos (santa Sinvastatina, librame de todo mal), me acerco y voy cambiando de posición la cabeza y haciendo muecas para verme desde todos los ángulos posibles, si incluso me veo guapete y todo (mañana, cuándo mi bipolaridad esté de bajada, me veré hecho una mierda). Para la edad que tengo no me mantengo del todo mal, recuerdo cuando era un chaval y mi padre tenía más  o menos la edad que tengo yo ahora, ¡que viejo lo veía!, y esa forma de vestir, como un abuelo; pero yo, voy todo mono enfundado en unos tejanos rotos y parcheados, una falsificación de "converse" en los pies y una camiseta roja de manga larga cubierta por una negra de manga corta, así el trozo  de manga roja que se me ve, hace juego con las letras de la estampación de mi camiseta negra, rojas también, donde puede leerse MOTÖRHEAD, y verse la portada del primer disco de estos (de finales de los setenta, si no recuerdo mal). Puede que con la edad que tengo debería dejar de vestir así, o pede que esta ropa, a los ojos de mis hijos, sea tan carca como los pantalones de pinzas, los chalecos de punto con cuello de pico y las camisas rayadas de mi padre.
   La música que escuchaba de fondo se para de repente, -¿Pero vos estás loco o que te pasa?, ¡esto está re fuerte!- me recrimina mi mujer desde el comedor, me jode mucho que me corten una canción que estoy escuchando, pero está vez no le estaba prestando mucha atención al estar absorto en mis pensamientos, y si que es verdad que a veces pongo la música un poco fuerte, pero esa es la ventaja de tener un hijo en plena pre-adolescencia, que si algún vecino se queja por el volumen, solo tengo que poner cara de pena y decirle -Ya sabe, el chico, que está en una mala edad...- y ahí se queda todo (gracias "HERMANO MAYOR", por ese estupendísimo programa en que parece que todos los adolescentes son animales salvajes a los que hay que dar de comer aparte), vamos, que es como el que se tira un pedo y le echa la culpa al perro, pués lo mismo.
   Salgo de la habitación y veo que toda mi familia se encuentra al fondo del pasillo junto a la puerta de entrada, mi mujer se afana en poner chaquetas, bufandas y sentar en el cochecito a nuestra niña pequeña, la miro y disfruto observando lo guapa que está, entre trajeteo y trajeteo con la niña me mira, yo le digo con mi mirada -¡Preciosa!- y ella me responde con la suya -Tomátela-, que es lo que siempre nos dicemos cuando lo hacemos en alto. Mi hija mediana cuenta algo hablándole al viento mientras el eco de su voz llena todo el pasillo, habla tanto que el día que sea capaz de procesar toda la información que sale por esa boca, me sorprenderé de todas las cosas interesantes que me ha estado contando a lo largo de su vida. Todo es alegre y luminoso, incluso mi hijo el mayor se digna  despegar la cara del móvil para mirarme y dedicarme una fugaz sonrisa, y sabeis un cosa, que viendo esto me doy cuenta de que puede que no esté tan mal ser menos que una puta mota de polvo, en esta bestialidad de universo.