Mirarme a la cara

Mirarme a la cara
(este relato participó en el  9º concurs de relats curts de TMB)



   El suelo es azulado, con motitas de color blanco y otras de un azul un par de tonos más oscuro que el del fondo, mis viejas zapatillas hacen compañía a las botas, zapatos y deportivas del resto de pasajeros. El bamboleo del vagón mueve mi cabeza lentamente de un lado a otro, igual que esas figuritas de perritos horteras que aparecen en el salpicadero trasero de los coches en las películas americanas. No puedo dejar de mirar el suelo del vagón, ni los avisos acústicos del cierre de las puertas ni la voz irritante que nos avisa del nombre de la próxima estación pueden distraerme de la labor mental en la que me veo inmerso, ¿por qué todos miran ahí?, ¿qué es lo que les llama tanto la atención?, no lo entiendo, es sólo un suelo, bastante feo y mugriento por la suciedad de cientos de miles de pisadas impuestas por la cruel dictadura del tiempo que sufren millares de personas en esta ciudad.
    Alzo la vista y observo al resto de los pasajeros, casi todos miran al suelo insistentemente, paso la mirada escrutándolos de uno en uno y los que no miran al suelo, lo hacen a los libros que llevan en las manos, detrás de los cuales se tapan las caras, otros observan su inquisidor reflejo en el cristal de la ventana, supongo que esperando que éste les dé conversación, algunos incluso llevan los oídos tapados con auriculares para que su aislamiento sea más preciso y eficaz. El metro se detiene después del protocolario aviso de próxima estación, abriendo sus fauces y dejando entrar a un pelotón de personas que apresuradamente se posicionan en sus lugares, otorgados por la costumbre y la rutina; ante mi asombro bajan la cabeza automáticamente hacia el suelo, o hipnotizados por el canto de sirena de sus móviles comienzan a teclear compulsivamente las pantallas, si ampliáramos el sonido del tamborileo que hacen los dedos al golpear las pantallas de los móviles, tendríamos el ritmo tribal perfecto para representar esta nueva civilización "propantállica".
    El vagón arranca después del riguroso cierre de puertas, no puedo dejar de pensar, ¿pero qué estamos haciendo?, ¿por qué nadie se mira?, ¿por qué nadie se habla?, somos los mismos todos los días, las mismas personas, en las mismas paradas, a las mismas horas y colocadas casi en los mismos sitios, entonces, ¿por qué ni un hola?, ¿cuándo perdimos nuestra humanidad hasta el punto que nos da lo mismo el prójimo?; el metro coge una curva sacudiendo el vagón bruscamente, todos los pasajeros chocan entre si, ese será el único contacto humano que tengamos entre nosotros. Respiramos el mismo aire una y otra vez dentro de este vagón , nuestros olores se mezclan creando un solo aroma, y aún así, no conseguimos que nada nos una.
    Llego a mi estación y me dejo arrastrar por una marabunta de personas a través de los pasillos hasta la salida, en la calle me dejo acariciar por el calor del sol y los sonidos urbanos, toda la gente que sale de la boca del metro y que en su mayoría ha viajado en el mismo vagón, se dispersan rápidamente por las calles de la ciudad, sin un "adiós", ni un "nos vemos" o un "hasta mañana". Por un momento no recuerdo si voy o vengo, si me dirigía a trabajar o estaba regresando a casa, pero al mirar hacia la entrada de la estación de metro tengo una cosa muy clara, necesito que alguien me mire a la cara