Los mil pedazos de corazón

Los mil pedazos de corazón
Publicado en el 3º certamen de cuentos anarquistas del ateneo libertario Besòs del año 2008




(...eres muy buen, y los buenos siempre sufren... “Rosario Tijeras (film)”)



Desde hace tiempo que su abuelo le venía hablando de ese sitio, pero Álvaro no acavaba de creérselo, como niño que era, siempre se creía todo lo que su abuelo le contaba, pero esto no le acavaba de convencer; pero allí se encontraba, como cada domingo su abuelo lo llevó de escursión, y para que acavará de creérselo, lo había llevado a ese lugar misterioso, y la verdad es que de misterioso no tenía nada, sólo era un río, pero no era un río como los demás, en este río no crecía nada al rededor, todo a lo largo de su orilla estaba completamente desolado, ni un triste hierbajo se veía por las rodalías.

Álvaro se acercó a la orilla, y a diferencia de los otros ríos, en este no se veían peces nadando en sus aguas, ni animales silvestres bebiendo de él. Se arrodilló y cuidadosamente metió la mano en el agua mientras observaba que ésta era de color rojizo y cálida temperatura, miró su mano teñida de tal extraño color y con miedo, chupó uno de sus dedos mientras desconcertado le decía a su abuelo -Tenías razón, el agua es roja y salada-, su abuelo lo observó durante un rato y pacientemente le contestó -Lo ves, incrédulo, yo nunca te cuento historias que no sean ciertas-, su abuelo se había sentado en un gran pedrusco que había encontrado, porque lo único que había por allí era solo eso, pedruscos y tierra seca a doquier. Álvaro se sentó en el suelo junto a su abuelo, estuvo un rato callado, escuchando el resonar del agua del río y obsevando su alrededor, ni siquiera los pájaros sobrevolaban el cielo azul que los cubría, apoyó su cabeza pesadamente sobre la mano y resopló largamente, al principio pensó que era cansancio, pero a la larga se dío cuenta que lo que le pasaba era que comenzaba a sentirse triste, no sabía por qué, si sería por el silencio, roto solo por el sonido del agua, si sería por el paisaje, seco y esteril, o porque no comprendía la situación, los ríos deberían de ser bonitos, verdes y de aguas transparentes, lo sabía porque lo había visto en el libro de naturales del colegio, y este río, la verdad, es que no tenía nada de eso.

El tiempo pasaba lentamente y Álvaro se empezaba a sentir aburrido, pero a pesar de eso, no podía quitarse una cosa de la cabeza -¿Cómo a podido llegar a contaminarse de este modo el pobre río?-, le preguntó a su abuelo con la inocencia que solo un niño puede tener, -No está contaminado, siempre ha sido así-,le contestó su abuelo con la paciencia que solo un abuelo puede tener. A Álvaro le inundaban las dudas -¿Y por qué ha sido siempre así, abuelito?-, siguió preguntando Álvaro sin desapoyar la cabeza de la mano, -Es una larga historia- le contestó su abuelo mientras trajinaba en uno de sus bolsillos para sacarse un caramelo que no se dejaba atrapar, -Es un largo domingo- le replicó Álvaro mientras cerraba los ojos adormecido por el sonido del río y el silencio del lugar, -Pués si eso quieres..- comenzó su abuelo mientras se metía el caramelo rebelde en la boca, -...según me contaron cuando tenía más o menos tu edad, la historia decía...

...En la lejanía del tiempo hubo un hombre ( o quizás una mujer, no lo recuerdo bien, no, no era un hombre, seguro) de gran bondad y esplendoroso corazón, su felicidad era la felicidad de los demás, y su libertad, la libertad del prógimo. Optimista, bueno, y gentil, su vida se limitaba a hacer feliz a las personas, todo lo daba por ayudar a sus semejantes, y la gente lo quería mucho por eso. Todo el mundo hablaba de él en la ciudad (o en el pueblo, eso tampoco lo recuerdo bien), y todo el mundo lo buscaba cuando necesitaba algo, y él hacía todo lo posible por complacer al necesitado.

Toda su vida era eso, ayudar, ayudar y ayudar a los demás, te imaginas que agotador puede llegar a ser. Se sentía complacido con la amistad de los demás, él les ayudaba y ellos le ofrecían ser sus amigos, y con el tiempo les fue cogiendotanto cariño a las personas que ya no podía vivir sin ellas, y entonces, se esforzaba todavía más en su inagotable labor.

Pero claro, los pueblos, como las ciudades (si, creo recordar que era un pueblo), crecen, y cada vez hay más personas, eso quiere decir, más personas para vivir allí y más personas a las que él se sentía obligado a ayudar. Y así pasó lo inevitable, que por mucho que se esforzaba, no daba a basto para ayudar a tanta gente. Su nombre sonaba por todas partes, y él corría y corría de un lado para otro, hasta que un buen día se agotó, -Una solución tengo que buscar...-, se decía mientras daba vueltas en la cama sin poder dormir, y una fría mañana de invierno encontró la que creía que sería la mejor solución -Ya lo tengo-, se dijo -Me cortaré el corazón en trocitos pequeñitos, así podré darle un trocito a todo el que me necesite y no tendré que estar en mil sitios a la vez-, y dicho y hecho, no me preguntes como, inquieto niño, pero ese hombre se partió el corazón en miles de trozos pequeñísimos que gentilmente ofrecía a todo necesitado a cambio de solo un gracias y una sonrisa.

A la gente del lugar, le encantó ese detalle, pués no hay nada que conforte más, que el corazón de un amigo cuando estás necesitado. Pero la gente es egoista por naturaleza, y cómo Fausto, nunca se sienten complacidos por mucho que tengan, y siempre volvían a por más, cada día eran más personas, y cada día volvían más sedientas por su pedazo de corazón, sin penar en los demás, ni que ese trocito de corazón que tanto anhelaban provenía de una fuente agotable y limitada, que pronto se agotaría si seguían así. Pero que le vamos a hacer, no todo el mundo poseía la bondad de nuestro protagonista, querido nieto, y el corazón de nuestro amigo, como la gallina de los huevos de oro, llegó a su fin.

-¿Y qué pasó entonces con él, abuelo?- preguntó Álvaro sobresaltado, que sin darse cuenta, había dejado de estar adormilado por el interés que le provocaba la historia que oía de los labios de su abuelo -¿Se murió entonces, al quedarse sin corazón?, -No, Álvaro mío, pués nuestro heroe se guardó un trocito para él, el más diminuto y raquítico que pudo cortar, para así no dejar a nadie sin su ración. Pero empezaron a pasar los días y la gente no hacía más que volver a por su trozo de corazón, y cuándo él les explicaba lo que había pasado, en vez de ser comprensivos y consolarlo, lo que hacían es que se enojaban y se marchaban diciendo -¡Pero hombre!, haberme guardado el último trozo para mí, con lo amigo que siempre he sido tuyo...-, y se marchaban sin ni siquiera un gesto de despedida. Pronto se corrió la voz por todo el lugar, todo el mundo se enteró de que ya no le quedaban más trocitos de corazón para regalar, y todos reaccionaron con la misma expresión, -¿Pero cómo?, ¿y no me ha guardado el último trozo para mí?-.

Con los días el enojo y la decepción inundaron el lugar, y todo el mundo empezó a rechazarle y a hacerle el vacío, total, si no tenía nada para ofrecerles, para que lo querían. El egoismo de las personas pronto les hizo olvidar todo lo que él les había ayudado siempre, y en cualquier momento, sacrificando incluso su felicidad por la de ellos, no tardaron en olvidar lo mucho que él se había dejado, su valioso corazón, pensando siempre en el prógimo, y nunca pensando en él, pero como ya te he dicho antes, no todo el mundo tenía su bondad.

Confuso y un poco aturdido, el sufrimiento y la tristeza empezaron a apoderarse de él, los días pasaban y la gente lo ignoraba por completo, hasta el punto que un día creyó haberse vuelto invisible a los demás, nadie mostró ni un mínimo de compasiín por él, y nadie se preocupó de su bienestar, -Si no tienes nada para nosotros, nosotros no tenemos nada para tí-, esa fue la política que la gente tomó hacia él.

-No lo entiendo- se decía -Con lo que yo los quiero, siempre he dado todo lo que tengo para complacerlos, ¿por qué ahora, que los necesito, no están aquí?-, pero sus preguntas solo tenían una respuesta, la gente lo habían abandonado, por desgracia, esa gente no le había cogido el mismo cariño que él les había cogido a ellos, y al descubrir eso, se hundió en su miseria todavía más.

-¿Pero abuelo?- Interrumpió Álvaro sin miramientos -¿ése hombre no tenía una novia?, en las pelis la chica siempre ayuda al protagonista, y si este personaje tuviese una novia, seguro que ésta no le abandonaría como los demás, y le ayudaría a pasar el mal trago-, su abuelo lo miró, y pasándole la mano cariñosamente por una de sus rosadas mejillas, le dijo -Pero la vida real no siempre es como en las películas Álvarito, y te explicaré por que...

...De novia no se le conocía ninguna, pero él amaba a una chica cómo nunca antes había amado a nadie, cuando no pensaba en ayudar a los demás, sus pensamientos se limitaban a ella, pero como la malloría de los buenos, también era tímido, y nunca le había confesado su amor. Siempre se había limitado a observarla furtivamente mientras pensaba en como sería el pasar el resto de su vida junto a ella; y un día que ya no podía más, que la tristeza por todo lo ocurrido le pesaba como si llebase mil kilos de piedras metidas en los bolsillos, decidió ir a buscarla y confesarle sus sentimientos, -Ella es todo lo que necesito en estos momentos, su compañía, su calor, su amor... ella no es como los demás, es dulce y tierna, seguro que me ayuda, y acurrucado entre sus brazos seguro que se me regenera el corazón, y así podré volver a ayudar a los demás y todo volverá a ser como antes...- se autoconvencía él mismo mientras se dirigía en busca de su amada. Pero, ay querido Álvaro, que ciego puede llegar a estar uno por amor, porque cuándo él la encontró, se puso delante de ella, y abriendo su temblorosa mano, le ofreció el pedacito de corazón que se había guardado para él, pero este estaba tan diminuto y gastado por todo lo que él había sufrido, que ella lo rechazó de inmediato, dejándolo solo en mitad de la calle, bajo una molesta lluvia que comenzó a caer...

-¿Pero abuelo?, ¿y todo esto que tiene que ver con el río?- se impacientaba Álvaro, que nunca había brillado por su paciencia, -A eso voy hijo, a eso voy ¿por donde íbamos?-, -Abandonado bajo la lluvia, abuelo...- le recordó Álvaro agotando la poca paciencia que le quedaba, -A si, por la lluvia, claro, ahora recuerdo...- prosiguió su abuelo.
...Parado en mitad de la calle se encontraba mientras comenzaba a llover, pero a él parecía no molestarle, pués si del cielo caían gotas, más gotas caían de sus ojos mientras contemplaba como su amada se marchaba dejándolo allí, con su microscópico trocito de corazón en la mano; y tan pequeño y endeble se había vuelto, que desafortunadamente, una gota de lluvia le calló encima antes de que él pudiera cerrar la mano, y ante sus atónitos ojos, se deshizo en su mano lo único que le quedaba en este mundo, entonces se dío cuenta que ya todo le daba igual, no le importaba a nadie, nadie lo quería y nadie se preocupaba por él, y entonces, le pasó lo peor que le puede pasar a alguien que vive en un pueblo rodeado de muchas personas...

-¿Qué es lo peor que le podía pasar, abuelo?- preguntó intrigado Álvaro, -Sentirse solo- le respondió tristemente su abuelo, como si él supiese de que hablaba -Sentirse solo...-.

...y tan solo llegó a sentirse, que de esa soledad se alimentó su tristeza para hacerse más fuerte, y con la ausencia de todo corazón, sus ilusiones, frágiles como el cristal de Bohemia, se rompieron en pedazos, y fue cuando nuestro amigo calló en la más profunda decadencia, se paseaba por las calles como alma en pena, arrastrando su triste existencia allá por donde iba; la gente, a parte de rechazarle, comenzó a sentirse incómoda con su presencia, pues siempre que estaban alegres o de fiesta, o siempre que estaban reunidos disfrutando de la compañía de sus amigos, llegaba él con su cara de amargado para agriarles la feria, y esa fue la razón para que empezaran a odiarlo, y cada vez que lo veían venir le reprochaban -Para que estés aquí con esa cara de amargado fastidiándonos la fiesta, mejor que te vallas...-, y tal fue su pena, que un día ya no pudo más.

Así que un día decidió marcharse y alejarse de todo el mundo, decidió que ya no podía soportar más todo aquel rechazo, y caminando sin mirar atrás, se dirigió hacia una montaña cercana a la que le gustaba mucho ir a pasear. Caminó durante todo el día y toda la noche, y en la madrugada llegó a la cima de la montaña, y desde allí sentado observo como el sol al salir iluminaba el pueblo que acababa de abandonar mientras pensaba -De lo que fui, ya no queda nada- y entonces rompió en un inagotable llanto, se acurrucó en el suelo intentando calmarse, pero no podía dejar de llorar, y en un desesperado intento de poner fin a su sufrimiento, se abrió el pecho y puso una piedra en el hueco donde antes había estado su gentil corazón, pensando que si llenaba ese vacío, el sufrimiento desaparecería, pero la piedra, grande, fría y rugosa, no encajaba en el hueco, provocándole de esta manera más dolor. La herida no se le cerraba y no paraba de sangrar, hasta tal punto, que decidió empalarse el pecho con una cuerda para ver si así cesaba el dolor y el sangrado, cicatrizando su herida, pero fue peor el remedio que la enfermedad, pues al apretarse la herida, de esta comenzó a manar más sangre de la que jamas habría podido imaginar.
Arto de su existencia, comenzó a escarbar y remover el suelo para buscar la tierra más húmeda, y comenzó a construirse una especie de muralla a su alrededor. Poco a poco su construcción comenzó a tomar forma, una perfecta esfera de barro, piedras y guijarros que poco a poco iba cubriéndolo y aislándolo del mundo exterior. A la hora de trabajo, ya casí había acabado, y allí se encontraba, dentro de su perfecta esfera, y mirando al último trozo que le quedaba por construir, un diminuto agujero por donde todavía podía verse pasar las nubes por el cielo azul, y por donde aún se colaba algún escurridizo rayo de sol. Cogió un puñado de barro entre sus manos mientras tomaba tan dificil decisión -Si lo tapo, si cubro ese pequeño agujero, quedaré completamente aislado el resto del mundo, de sus rechazos, de su odio, de su avaricia...- y con sus interminables lágrimas en los ojos tapó con el pegote de barro la única salida al mundo exterior.

A las pocas horas el sol había endurecido tanto su construcción, que era imposible romperla y escapar de ella, y allí, sentado en la oscuridad, aislado de toda persona, pensó -Ya no melestaré a nadie con mi presencia- y abrazando sus rodillas mientras posaba su cabeza sobre ellas, calló para siempre sin dejar de llorar ni de sangrar, por su cabeza comenzaron a desfilar todos los recuerdos que tenía, recuerdos de aquellos a los que él había considerado sus amigos, recuerdos de los sueños que un día tuvo, recuerdos de amor que hacia aquella chica había sentido, pero todos se borraron de su memoria, y el único que permaneció en su cabeza fue el de su diminuto trocito de corazón deshaciéndose con el agua de la lluvia en la palma de la mano. La mezcla de lágrimas y sangre comenzó a llenar la esfera por dentro y poco a poco erosionó la parte inferior de esta, haciendo un pequeño orificio por donde empezó a salir un chorro, creando primero un charco, y luego, cuando el charco fue suficientemente grande, corrió montaña abajo creando el río que ahora ves, pero ese río era amargo como todo lo que la soledad y la tristeza crean, y poco a poco, fue desolando todo a su alrededor, secando la tierra y matando a todos los seres vivos que allí vivían, hasta tal punto, que la gente del pueblo tuvo que abandonar sus casas y emigrar a otro lugar.

Álvaro respiró profundamente, se levantó sacudiéndose la tierra de los pantalones y se acercó al borde del río, se puso tan cerca que casi podía mojarse los piés y comentó -En mis pelis siempre ganan los buenos, abuelo-, -Pero la vida no es una película, y los buenos, por muy buenos que sean, no suelen ganar muy a menudo- le dijo su abuelo mientras se acercaba a él, -Tú eres muy bueno, abuelo, siempre lo has sido,¿has ganado alguna vez?-, -No muchas- le contestó mientras agachaba la cabeza para mirar el agua del río, -¿Y cuántas has perdido?- preguntó Álvaro, su abuelo no contestó, pero se acarició el pecho, como si le doliese una vieja cicatriz, algo así como si un día se hubiese quitado el corazón para poner una piedra en su lugar; y mientras le pasaba el brazo por los hombros a su nieto, le dijo -Vámonos a casa hijo, empieza a anochecer-.