La estrella de los sueños

 estrella de los sueños

Publicado en el 3º certamen de cuentos anarquistas del ateneo libertario Besós del año 2005




  Eran  casi las diez, Gabriel lo notaba en lo mucho que había oscurecido y porque había mirado el viejo reloj de encima de la vitrina cuando mamá se marchó, -Me voy...- le dijo -...estaré en casa del abuelo, ha llamado diciendo que no se encuentra bien- . Si, el abuelo no se encontraba bien nunca,sobre todo desde aquel accidente que tuvo en la fábrica de pintura donde trabajaba, se tiró mucho tiempo en el hospital, mamá lloraba mucho por aquel entonces, y Gabriel estuvo muy asustado, pero ya casi no lo recordaba.
   Empezaba a hacer frío y estaba muy cansado, mañana tendría  que madrugar para ir al colegio, pero quería estar despierto para cuándo llegará papá de trabajar, le gustaba esperarlo, pero no entendía porque tenía que trabajar tanto y llegar siempre tan tarde. En su barrio le pasaba lo mismo a todos los niños,  pero a él le daba igual los padres de sus amigos, Gabriel sólo quería pasar más tiempo con el suyo.
   Cerca de las diez y cuarto Gabriel escuchó el sonido de las llaves en la cerradura, saltó del desgastado sofá y se lanzó hacia la puerta para recibir a su padre, -¡Hola papá, hola papá!- le dijo apresuradamente mientras se abrazaba a su cintura -Mamá no está, mamá no está,  se fue a  ver al abuelo, llamó diciendo que estaba malo, ¡otra vez!, dijo que me hicieras tú la cena-. Su padre con una leve sonrisa le acarició con la parte superior de los dedos suavemente la barbilla, y cerrando la puerta (que en su día había sido blanca, pero que ahora era amarillenta cómo el bigote del abuelo) tras de si, le dijo, -Está bien bichito, ahora haremos algo de comer, pero antes déjame descansar un rato, vengo rendido-.
   Aunque Gabriel estaba hambriento, no le importaba esperar un rato, sabía que su padre llegaba muy cansado de trabajar, por eso casi nunca jugaba ya con él, ni le ayudaba con los deberes, ni hacía muchas cosas que Gabriel soñaba hacer con su padre, pero que al final se quedaban en meras ilusiones.
   Miró a su padre con atención mientras se quitaba su vieja chaqueta verde, Gabriel, por mucho que intentase recordar lo contrario, siempre había visto pasar los inviernos a papá con aquella desgastada y vieja chaqueta. Su padre la colgó en el respaldo de una de las sillas del comedor, y cruzando la pequeña habitación,  se dirigió a la ventana, y apoyando la frente en el cristal, se quedó con los brazos cruzados mirando hacia afuera. A Gabriel no le extrañó aquello en absoluto, pues papá lo venía haciendo  cada día desde hacía ya un tiempo, se quedaba ahí de pié,  y su respiración empañaba el cristal hasta que ya no se veía el exterior.
   Gabriel había descubierto donde miraba su padre, miraba siempre hacia el cielo, o mejor dicho, hacia el pedacito de cielo que podía verse entre los tejados de los bloques que rodeaban el edificio donde vivían. Una vez le preguntó -Papá, ¿por qué no nos compramos una casa con terraza?, así podrás mirar mejor el cielo-, y su padre, riéndose suavemente le contestó  que las personas de su clase no se podían permitir tener casas con terraza, Gabriel no entendió lo que quería decir su padre con aquello de las clases de las personas, para Gabriel, a su edad, todas las personas eran iguales, y no conseguía diferenciarlas por clases, por mucho empeño que pusiese.
   Se acercó a su padre, y este, al notar su presencia, apartó  la mirada de la ventana y le sonrió mientras le revolvía juguetonamente el pelo con la mano. A Gabriel no le gustó aquella sonrisa, ya que se la había visto antes, la abuela siempre le decía que su padre tenía la sonrisa del hombre que sonríe por fuera mientras llora por dentro, él no entendía lo que quería decir la abuela con aquello, pero no le gustaba cómo sonaba.
   Gabriel le cogió la mano a su padre, y devolviéndole la sonrisa (la suya mucho más sincera), le preguntó aquello que hacía tiempo venía rondándole por la cabeza, -Papá, ¿por qué siempre estas tan triste?-, su padre volvió a sonreirle con aquella sonrisa hueca que a él no le gustaba, y volviendo la mirada hacia la casi ya empañada ventana le dijo -Bichito, ¿tú sabes que son las estrellas?, las estrellas son donde las personas guardan sus sueños,  sus deseos, sus buenos recuerdos, sus ilusiones... cada persona tiene su propia estrella, y la reconoce sencillamente mirando al cielo en la noche. Pues la mía,  un buen día  se apagó,  y me quedé sin sueños,  sin deseos, ni ilusiones...-  y su padre dejó de hablar mientras seguía mirando por la ya opaca ventana. Gabriel, acariciándole la mano con su pequeño pulgar, intentó consolar a su padre -Si papá, cada día se ven menos estrellas, mi profe dice que es por el brillo de las luces de la ciudad y por la contaminación de estas, que por eso cada día se ven menos-, Papá,  esta vez muy serio, con la frente apoyada en el cristal, y con una extraña tristeza en los ojos, le dijo -No bichito, no, es porque cada día hay más gente que pierde sus sueños- .