La concha rota del caracol

La concha rota del Caracol  (2014)


    Me fascina toda esa gente que dice recordar cosas de antes de nacer, todos esos que creen en las regresiones y no se que mil historias, sería increíble si fuera cierto, me encantaría poder recordar algo de ésa época, de ésos meses de soledad y bien estar dentro del microuniverso del útero materno, ¿tú crees que somos felices en ésa época, amor?, yo creo que si, tan vírgenes de todo, sólo siendo conscientes del mar amniótico en el que buceamos, pero por mucho que lo intento, por mucho que cierro fuerte los ojos exprimiéndome la mente, no consigo recordar nada de aquello.


¿Sabes también lo que me gustaría recordar?, el momento justo cuando nací y me tumbaron encima de mi madre, con la carita apoyada sobre su pecho, que recuerdos tan bonitos condenados al olvido, el roce de la suavidad de su piel en mi mejilla, su olor mezclándose con las primeras bocanadas de oxígeno que respiré, sus manos acariciándome y apretándome contra ella con ternura, ¿por qué no puedo recordar todo éso?, debería ser ley natural obligada recordar de por vida ése momento, el del parto no, tan traumático, todo dolor, sangre y sufrimiento, pero el del primer contacto con nuestras madres, protegiéndonos con sus manos de todo ése mundo que nos espera ¿por qué es tan cruel la vida arrebatándolo?.



¿Cual es tu recuerdo más antiguo, cariño?, yo me lo pregunto a mi mismo muchas veces, pienso mucho en cual es el más antiguo de mis recuerdos, y por mucho que pienso y pienso, no lo tengo claro. A veces me viene un olor en el aire y me acuerdo de mi madre, ¿será que estoy equivocado y sí recuerdo algo del nacimiento?, no, no lo creo, tengo algunos microrecuerdos, tener algún juguete en la mano, alguna fugaz expresión de la cara de alguien que no se quien es, reírme de algo, mi madre comprando en el mercado mientras una multitud de personas nos rodea, no se, cosas así que no soy capaz de ubicar en el espacio/tiempo de mi existencia.



Creo que todo es confuso en mi mente hasta los cinco años, hay tengo el que considero mi primer recuerdo nítido de mi vida, ¿cuantas veces te lo habré contado, verdad?, mi traumático primer día de colegio. Si que es verdad que recuerdo alguna cosilla de antes de ése día, recuerdo cuando mi padre me llevó cogido de la mano a la papelería mas cercana mientras me explicaba que dentro de unos días iba a empezar a ir al colegio, me compró una mochila con el dibujo de bugs bunny y algunos colores, que feliz fui aquel día, mis hermanas se tiraron todo el verano contándome historias sobre el colegio, y mi hermano durante algunos días intentó enseñarme a leer para que así fuera el niño más listo de la clase, pero yo no entendía nada de lo que el pobre intentaba explicarme y desistió muy rápido. Todo eso lo recuerdo, pero no lo hago con la misma nitidez que ése fatídico día, ése día lo recuerdo perfectamente, se puede decir que lo recuerdo en alta definición. Mi madre me despertó mucho antes de lo que yo solía hacerlo habitualmente, cómo me costó abrir los ojos, ella siempre me contaba que se tiró como media hora zarandeándome, y que yo lo único que hacía era encogerme dentro de mi pijama como un caracol, por eso empezaron a llamarme todos así desde aquel día, necesitó la ayuda de todos mis hermanos para despertarme, cuando abrí los ojos todas sus caras estaban ahí mirándome, sonrientes y risueñas como solo los niños pueden tenerla en ésa época, no entendía nada, todo eran prisas, mi padre me vestía rápidamente, todo ropa nueva que habían comprado con mucho esfuerzo, zapatos lustrosos, calcetines hasta las rodillas, una camiseta interior que estuvo todo el día picándome, una camisa blanca perfectamente metida por la cintura de unos pantalones cortos azul marino planchados con la raya en medio, y un chaleco de punto. Sentado en la mesa desayunaba a trompicones mientras mi madre se esmeraba en dar forma a mis pelos a base de golpes de peine y litros de colonia, que don que tienen las madres, por muy rebelde que tengamos el cabello, siempre consiguen domarlo con su implacable raya en el medio, como los pantalones.



Recuerdo el beso de mi padre antes de irse a trabajar, por aquel entonces lo hacia de tornero, que yo, con la inocencia de la infancia entendía "torero" y pensaba que mi padre se iba a torear cada día vestido con traje de luces, que ilusos somos de pequeños ¿verdad?.



Mi madre me llevaba de la mano mientras mis hermanas correteaban alrededor, y mi hermano, todo un hombrecito, les soltaba alguna reprimenda que otra para que se estuviesen quietas, todos con nuestras ropas nuevas y nuestras mochilas a la espalda y nuestros bocadillos dentro pefectamente envueltos en papel de aluminio. Al llegar a los alrededores del colegio todo se iba llenando de niños, niños jugando, correteando, madres llamándolos, risas, todo ello fruto de los nervios del primer día de colegio.



La mano de mi madre me empujó hacia delante por la espalda mientras me decía -"Anda Caracolito, ponte en aquella fila que vas a jugar con esos niños.", desde la fila la observé decirme adiós con la mano mientras se cerraba la verja del colegio, no comprendía lo que pasaba, porque aquel súbito abandono, porque aquel encierro casi carcelario, todavía me acuerdo de aquella angustia que me invadió, de aquel llanto desconsolado mientras buscaba como un desesperado a mis hermanos con la mirada, pero ni rastro de mis hermanas, ni rastro de mi hermano, solo niños chillones y escandalosos por todo el patio. En mi fila todos los niños me miraban llorar, todos ellos ya sabían de que iba aquello, la mayoría habían ido a la guardería, y todos ellos se conocían de los tres cursos anteriores de parvulario, pero yo no, nunca había ido a la guardería ni al parvulario, todo era nuevo para mi, y no me estaba gustando. Se acercó un niño pelirrojo, con la cara llena de pecas, los ojos hundidos en la frente y un diente roto, me miró muy serio mientras se limpiaba los mocos con el dorso de la mano, -"¿Por qué lloras niño?, ¿es que eres tonto?", el bueno de Victor, desde ése momento fue mi mejor amigo durante toda la educación general básica. La fila empezó a caminar, un extraño cienpies mezclado con brazos y cabezas que se introducía por la puerta del pabellón serpenteando, todas las filas fueron entrando de una en una hasta dejar el patio vacío y en silencio, en unos minutos todo aquel jaleo había desaparecido, los ruidos de lo cotidiano se imponían en la calle, sólo yo, llorando desconsolado y Victor mirándome quedemos allí. Al rato una profesora vino a buscarnos y nos cogió a cada uno por una mano mientras nos acompañaba a clase, Victor no dejaba de mirarme extrañado, y yo no dejaba de mirarla a ella, la señorita Remedios, nunca olvidaré el tacto de su mano y como me sonreía y hablaba con dulzura para tranquilizarme, dejé de llorar de inmediato, sorbiéndome los mocos mientras no le quitaba el ojo de encima a ella, ni Victor me lo quitaba a mí, nuestras pisadas resonaron por aquel pasillo recién pulido, creo que esa fue la señal de lo fácil que me iba a resultar enamorarme a partir de entonces.



Que regalo tan maravilloso nos ofrece la vida con la infancia, ¿no crees, amor?, cuando la estamos disfrutando no somos conscientes de lo bonita que es, pero ahora, cuando la lejanía en el tiempo nos separa de ella, es cuando nos damos cuenta de lo poco que supimos apreciarla y lo tremendamente corta que fue, pero eso tiene una cosa positiva, que la infancia se vuelve la mayor creadora de los mejores recuerdos de nuestra vida. ¿Cuantas veces te habré contado las mismas historias de mi niñez?, supongo que las mismas que tú me habrás escuchado pacientemente sin llegar a decirme nunca que me repito, pero es que no he vivido un tiempo tan feliz cómo aquel.



Victor y yo no veíamos llegar el momento de la hora del recreo, desde que poníamos el primer pie dentro de la clase, nuestros ojos no se aportaban del reloj que había colgado encima de la pizarra, ése reloj que con cada movimiento de aguja, nos sentenciaba a tener que soportar un minuto más largo y pesado que el anterior, -"Chicos atended, que estoy aquí debajo.", nos decía la señorita Remedios, con su suave y pausada voz mientras nuestros ojos bajaban de la esfera del reloj a la esferas de sus ojos, -"Si señorita.", pero a la que se daba la vuelta, nuestra mirada ascendía lentamente atraída por aquel canto de sirena del ruido de las manecillas del reloj que se imponía por encima de todo, incluso de las explicaciones de la profesora.



Los últimos diez segundos antes de las diez y media se convertían en la cuenta atrás del lanzamiento del cohete que marcaba la salida al recreo, -"diez, nueve, ocho, siete....", susurrábamos lo mas flojo que podíamos entre traviesas risitas, -".... cuatro, tres, dos, uno....", y antes del cero, incluso antes del sonido de la campana que avisaba del principio del recreo, ya estábamos de pie y poniéndonos los primeros en la fila, en los ocho años de E.G.B. nunca nadie pudo arrebatarnos el primer puesto en la fila del recreo.  Que recuerdos me trae la hora del patio, no me pidas que recuerde nada que sucedía en el interior de la clase, pero todo lo que sucedió en las horas de recreo, lo tengo grabado en la mente, pero entre todos esos recuerdos, el que más me gusta es el de la aparición de Eva. Cuando llegó nueva a clase no le hice mucho caso, una niña más entre todas las niñas, pero a los pocos días un balonazo le dio en la cabeza, justo entre esas perfectas dos coletas que siempre llevaba, dejándole un mechón suelto que tuvo que llevar colgando el resto del día, -"El que haya sido, que venga a por la pelota si es tan valiente.", con los brazos en jarras y uno de sus pies encima del balón, se mantenía implacable ante nuestras risas, me acerque a una distancia prudencial, la suficiente para estar lo suficiente cerca a la vistas de mis amigos, y lejos a cualquier ataque de rabia que le pudiera dar a ella, -"Venga niña, devuélvenos el balón, no me hagas ir a buscarlo.", -"No me llamo niña, me llamo Eva.", me reprimió fulminaz, -"Y mi madre dice que los niños que tienen tan peladas las rodillas es porque no son buenos.", sus ojos se clavaron en los míos de tal manera que no pude evitar darme cuenta de lo azules que los tenía, -"Pues la mía dice que las niñas...", pero no pude decir nada más, ése azul absorbía mis palabras como un agujero negro, tan hipnotizado me tenía ése azul que no pude ver venir el balón hacia mí golpeándome en el pecho y haciéndome caer de culo sobre el suelo del patio del colegio, las risas de mis compañeros se hacían eco las unas a las otras mientras Eva, con expresión triunfal, se cruzaba de brazos avanzando hacía mí hasta poder mirarme desde arriba, -"Y no vuelvas a llamarme niña.". Victor me ayudo a levantarme al mismo tiempo que me susurraba al oído, -"Caracol, ésta niña es un mal bicho.", y al alejarnos, con mi pelota bajo el brazo, no pude evitar girarme para mirarla otra vez, desde ése momento, el reloj de la pared fue perdiendo mi interés, incluso cada vez fui dejando de hacer la cuenta atrás con Victor hasta que el también desistió, pues, sin poder ser dueño de los actos de mis ojos, mi mirada siempre buscaba furtivamente a Eva.




¿Cuantos años tendría?, supongo que unos ocho o nueve, por muy nítidos que tenga los recuerdos de mi infancia, lo que me cuesta es ubicarlos en el tiempo, me acuerdo perfectamente de Espinete, también de Naranjito, pero soy incapaz de recordar si el uno existió antes, durante o después que el otro, con el resto de mis recuerdos pasa lo mismo, pero estoy seguro que no tendría más de nueve años, ¿Eres capaz de imaginarme enamorado ya a ésa tierna edad, cariño?, seguro que sí. Desde el incidente con la pelota Eva se nos pegó cómo una lapa, a Victor al principio ne la hacía mucha gracia, sobre todo porque lo apodó "Pecas", cosa que le sacaba de quicio hasta que acabo acostumbrándose, sobre todo porque a los dos días todo el colegio y parte del barrio lo llamaba así, y a mí poco iba a importarme, cada día que pasaba encontraba algo nuevo en ella, una pequeña cicatriz a un lado de su barbilla, unas pequeñas y pálidas pequitas sobre el puente de la nariz, la forma de morderse el labio cuando se quedaba pensando en algo o la forma de arquear la ceja derecha si se extrañaba.




Que suerte que todos los recuerdos de la infancia no sean sólo los del colegio, ¿verdad?, porque todo un mundo por descubrir aparecía ante nosotros todas las tardes a las cinco, cuando se acababan las clases y se abrían las puertas del colegio, que felicidad tan grande el cruzar ésa imaginaria frontera entre lo que considerábamos nuestra esclavitud y nuestra libertad. el murmullo triste y apagado de la calles quedaba absorbido en pocos minutos por el alegre sonido de los juegos infantiles, cientos de niños tomaban las calles, entre ellos, el Pecas, Eva y yo. Quedábamos siempre en las vías del tren, allí nos esperábamos los unos a los otros, a los once años, pienso que ésa era la edad que tenía por entonces, entrábamos en casa de puntillas para dejar la mochila e irnos a jugar sin que nos pillasen nuestras madres y nos obligasen a hacer los deberes antes. Cuantas veces lo intenté, si tú supieras amor, pero no había manera, siempre, siempre, siempre, me descubría mi madre y me sentaba en la mesa del comedor rodeado de mis hermanas y mi hermano, todo un adolescente ya, obligándome a hacer los deberes mientras me comía mi bocadillo diario de nocilla. Que rabia me daba, me quemaba el asiento de la silla en el culo mientras cada minuto que perdía de mi precioso juego se volvía pesado e interminable, :-"No ronronees más o no acabaras nunca, Caracolete.", mi hermano me alentaba cada día a hacer mis deberes mientras el se sumergía entre las páginas de sus gruesos libros de bachillerato, también me daba la charla para que después me quedara a estudiar un poco, éso último me parece que no lo hice nunca, recuerdo que ése día terminé lo más rápido posible y salí escopeteado por la puerta hacía las vías, escuché las voces de mis hermanas chivándose a dúo como siempre a mi madre mientras yo las maldecía por dentro: -"Malditas gemelas, entre las dos no hacen una.". Como corría por aquella época, sobre todo a la hora de llegar a las vías, aquel día, cuando llegué, el pecas y Eva estaban mirando al suelo junto a otro niño, los tres observaban a un gato muerto medio descompuesto, estaban tan absortos en aquel pobre animal que ni se dieron cuenta de mi presencia, -"¿Qué miráis atontados?", mi voz los sobresaltó y yo reí por el susto que les había dado, Eva me cogió de la mano para que me acercase a mirar mientras, entusiasmada, me decía, -"Caracol mira, lo ha atropellado el tren, lo ha descubierto este niño", nunca antes había visto un gato atropellado por un tren, y ése debería llevar ya unos días pudriéndose, el mal olor junto con la visión de aquel amasijo de carne agusanada me revolvió el estómago, pero tú ya me conoces cielo, el orgullo puede conmigo, así que me erguí disimulando la arcada que me avisaba que tenía muchas posibilidades de vomitar mi recién digerido bocadillo de novilla, y forzando la voz para que sonase lo más de hombre que era capaz de poner ante la nueva amenaza, le dije mirándolo fijamente, -"No creo que a éste gato lo haya pillado ningún tren, y además ¿qué haces tú aquí sólo?, ¿has venido a espiarnos?, ¿no serás marica y éstas enamorado de el Pecas?", el niño iba muy mal vestido, sus ropas estaban todas desgatadas y sucias, como la piel de su cara y de sus manos, con una sonrisa en su boca me dijo, -"No, he venido aquí para poner unas monedas en las vías y ver como quedan después de que haya pasado el tren por encima."



-" ¿Y para qué quieres chafar monedas?, ¿por qué no te compras algo con ellas, tío?", le reclamó el pecas, que no le había hecho mucha gracia que lo mencionase en la conversación.



-"Si, éso", le dijo Eva, -"¿O por qué no te las gastas en ir al barbero?, con esos pelos pareces un mocho", todos reímos, incluso el niño de ropa sucia, que, encogiéndose de hombros, nos tendió la mano mostrándonos unas chafadas y retorcidas monedas. Así es cómo el Mocho, aunque no iba a nuestro colegio, paso a formar parte de nuestro grupo, junto con el Pecas, Eva, que todavía no la habíamos apodado y yo, el Caracol.





El mocho no pisaba mucho los colegios, era el hijo del borracho del barrio, un tipo malhumorado y desaliñado que mi padre siempre me decía que me alejara de su camino, supongo que todos los padres tenían advertidos a todos los niños del barrio, por éso el mocho no contaba con un gran número de amigos, a ninguna madre le gustaba ver a su hijo o hija acompañado del mocho o de alguno del puñado de hermanos o hermanas que éste tenía, y a la madre, que no daba a vasto con tantas bocas que alimentar, se le destrozaba el corazón viendo cómo sus inocentes hijos pagaban sin quererlo los pecados de su marido. A pesar de su condición social, el Mocho era un niño muy alegre que disfrutaba de una libertad que el resto ni soñábamos tenerla. En el barrio no era extraño verlo callejear a horas que el resto de los niños estábamos ocupando en nuestras labores escolares, era cómo esa especie de perro abandonado que todo el mundo acaba alimentando porque le coge cariño, -"Pobres chicos, que vida tan dura padecen éstas criaturas.", murmuraban las viejas del barrio cuando veían pasar al Mocho o a cualquiera de sus hermanos, incluso Eva acabó por cogerle cierto cariño a base de la pena que le daba, cosa que me ponía celoso y hacía que aprovechase cualquier oportunidad para atacarle he intentar dejarlo mal delante de ella; que ruines nos hace volvernos el amor a veces cielo, y yo no era menos, lo más fácil era intentar ridiculizarlo por su ignorancia, siempre le reprimía por ser tonto y no ir al colegio, pero él, con su típico encogerse de hombros, me respondía que su padre le decía que la vida les estaba enseñando todo lo que nosotros no aprenderíamos encerrados entre las cuatro paredes del colegio, y Eva, ipsofacto, me daba un puñetazo en el hombro enfadándose conmigo, -"Caracol, eres lo peor que hay.", y nos quedábamos como al principio, con Eva compadeciendose del Mocho y yo apartado y celoso.



Y fue así, golfeando por las calles mientras el resto de niños esperábamos con impaciencia que acabase el último día de clase del séptimo curso, un día tan especial para todo niño, un día que marca el principio del verano con sus esperadas vacaciones, cuando el Mocho se enteró de la muerte de la madre del Pecas, incluso antes que el padre de éste y su hermano mayor.

El primer contacto con la muerte nos resulta algo extraño, a según que edad te pille, supongo que se llevará de una manera u otra, también debe de influir el grado de parentesco del difunto, supongo. Mis abuelos por parte de padre habían muerto mucho antes de nacer yo, y los otros al poco de hacerlo, así que la muerte de Rebeca, la madre del Pecas, fue el primer contacto con la muerte que tuve en mi vida.

La madre de el Pecas era una mujer muy bella y juvenil, tenía una de esas alegrías que se contagian con tan solo mirarla, tenía la melena pelirroja y su cara era delicada y pecosa, como su hijo. Siempre nos besaba a los cuatro cuando nos veía por la calle, nunca nos consintió que la llamáramos señora, y muchos menos de usted, -"Ya tendré tiempo de que me traten como a una vieja cuando éstos dos zoquetes me den nietos.", nos decía con su dulce sonrisa siempre en la boca, era mucho más joven que su marido, el padre de el Pecas era el típico hombre rudo y demasiado masculino, obrero de la construcción desde que tenía once años, oficio al que había arrastrado al hermano mayor del Pecas a muy corta edad; grandullón y corpulento, capaz de dejar callado a todo el barrio con una sola mirada. A él si que lo tratábamos de señor, y le gustaba ponerse serio delante nuestro para ver cómo nos íbamos haciendo pequeños bajo su mirada, pero siempre venía a nuestro rescate Rebeca diciéndole, -"Deja de mirar así a los niños, que con esa cara que tienes vas a conseguir que tengan pesadillas ésta noche.".

Cuando la gente le preguntaba por que estaba con un hombre así, tan serio y mucho mayor que ella, Rebeca les respondía que alguien tenía que querer y cuidar a ese bruto, y que más da que lo hiciese ella que otra, y se marchaba riendo por la cara que ponían al oírla.

La madre del pecas tenía algo en común conmigo, los dos queríamos de una forma especial a Eva, supongo que Rebeca la veía cómo a esa hija que tanto deseaba y nunca tuvo, cada vez que la tenía al lado, le arreglaba las coletas, le limpiaba los churretones de la cara, le hacía ponerse en su sitio la ropa y la regañaba por llevar las rodillas peladas igual que nosotros, -"Mira hija, no puedes ir por ahí comportándote como uno de estos burros, además, ya empiezas a ser una señorita, si sigues rodeada de chicos, la gente empezará a hablar cosas malas de ti.", a ésa edad no entendíamos que quería decir, pero lo cierto es que a los padres de Eva tampoco les gustaba que estuviese siempre en nuestra compañía.

Que cara se nos quedó, amor, cuando al salir de aquel último día de clase, entre las risas y el entusiasmo por todo un verano de ocio por delante, vimos al Mocho esperándonos en la puerta del colegio, y con el poco tacto que tan solo un niño de doce años puede tener, le dijo al Pecas delante de todo el mundo, -"Tío, un coche a matado a tu madre".



El primer funeral, ése también es un recuerdo que nunca se nos borra de la memoria, de niños no entendemos el sentido de exponer al muerto en una vitrina como si de un trofeo se tratase, pero conforme vamos asistiendo a otros funerales a lo largo de la vida, también vamos comprendiendo que el funeral no se hace para el muerto, pues a él tanto le da ya, si no para los vivos, pues así puedan demostrar a todos los demás lo mucho que les importaba el muerto, aunque en vida se cambiasen de acera cada vez que se lo cruzaban para no tener que saludarlo. Y el funeral de la madre de el Pecas fue mi primer funeral, y como ya te he dicho antes cariño, no entendía que pintaba el cadáver de Rebeca dentro de una urna. Mamá nos había vestido con nuestros mejores trajes, y sentados en la iglesia mientras el cura soltaba su sermón, no podía dejar de mirar al padre y al hermano de el Pecas, nunca me habría podido imaginar que semejante hombre y semejante muchacho, con toda aquella masa muscular y brutalidad humana, pudiesen llorar tan desesperadamente y sin vergüenza a que todo el barrio los viese, abrazados el uno al otro, sus sollozos inundaban el interior de la iglesia casi anulando la voz del padre Javier, que se esforzaba por hacerse escuchar entre el eco de los llantos. Sin embargo el Pecas, sentado junto a lo que era su pequeña familia en el primer banco junto al altar, se mostraba impasible ante la situación, desde que el Mocho le había dado la noticia de la muerte de su madre, no había abierto la boca, ni llorado, ni gritado, ni preguntado como, ni cuando, ni porque, tan sólo el sonido de su pausada respiración acompañaba a su mirada fija en ninguna parte.



-"Pobre chico, míralo, es la viva imagen de su madre, y ahora, ¿quien va a cuidar de él?, ¿quién cuidará de los tres?", mi padre, sentado a mi lado me susurró en voz baja pasándome el brazo por los hombros, -"Ahora os va a necesitar mucho Caracol, tanto o más que a su propia familia." y me atrajo con su brazo hasta que pude apoyar mi cabeza contra él, -"Pobre niño, por Dios, pobre niño.", respondió mi madre al comentario de mi padre mientras apretaba la mano de él entre la suya.

Miré a el Pecas, allí sentado, con su traje de los domingos y su pelo pelirrojo, su blanca piel y sus pecas cubriéndole todo el rostro, mi padre tenía razón, era igual que su madre; su madre, la bella y alegre Rebeca que ya nunca volveríamos a ver, ni volvería a besarnos uno a uno al cruzarse con nosotros por la calle, ni volvería a arreglarle el peinado a Eva deseando que fuera su hija, ¿Que sería de el Pecas a partir de ahora viviendo solo con el bruto de su padre y su hermano?. Pensando ésto y viendo a el Pecas mirar fijamente el ataúd de su madre sin mover ni un solo músculo, acompañado del llanto a dúo de su padre y de su hermano, me entró un temor extraño, una especie de miedo a no volver a ver a mis seres queridos, miré a mi lado, observé lentamente a mis padres y a mis hermanas, sentadas en silencio y vestidas iguales cómo acostumbraban a hacerlo, mi hermano no había podido venir, hacía poco que había encontrado su primer trabajo y no quería faltar, pero me faltaba alguien, busqué con la mirada por todas las filas de personas sentadas hasta que la encontré, unas tres o cuatro filas más adelante, allí estaba Eva, ella también me miraba.

Dime amor, ¿sabrías decir en que momento tu niñez empezó a dejar de existir?, es un dato curioso que ninguna persona aprecia, pero en cuanto nos damos cuenta, la adolescencia se apodera de nuestro cuerpo. Yo creo que aquel verano, con la muerte de la madre del Pecas, marcó el principio del final de nuestra niñez.



Eva se fue a los pocos días del funeral al pueblo de su abuela, lo hacía todos los años, y se pasaba allí el verano entero, a Eva le encantaba, siempre nos decía que de mayor se iría a vivir allí, en aquel pueblo se juntaba con sus primas, y bajo su influencia, acababa vistiendo y portándose cómo una señorita, dándoles así un respiro a sus padres, que sufrían todo el año viéndola entre nosotros jugando al fútbol y cazando lagartijas. Aquel verano noté más su ausencia, durante un par de semanas me encontré solo en las vías, el Mocho no iba mucho, decía que su padre había encontrado un trabajo y que tenía que ayudarle, y al Pecas no lo habíamos vuelto a ver desde la muerte de su madre, así que me dedicaba a sentarme a ver pasar los trenes y a pasear por las calles del barrio, viendo cómo los otros grupos de niños jugaban disfrutando de aquellas vacaciones tan merecidas, nunca antes me había sentido solo, y sentirte solo aunque estés rodeado de gente es una sensación que nunca se puede olvidar, pasa a ser uno de esos recuerdos que por mucho que intentes no recordarlo, te acompañan el resto de tu vida.



Empecé a quedarme encerrado en casa, dentro de mi habitación tumbado en la cama mirando al techo, que sentido tenía salir a la calle sin nadie con quien poder compartir aquel verano que se me iba escapando de entre los dedos, ni siquiera podía disfrutar de la compañía de mi familia, mi padre, que hacía poco que trabajaba de camionero, se tiraba todo el día fuera de casa, mi hermano, a parte de su trabajo, se había echado novia y parecía que no podía pasar ni un segundo separado de ella, y las gemelas, que por aquel entonces rondaban los quince, eran el furor de los chicos del barrio y no tenían tiempo para dedicarme entre coqueteo y coqueteo. Mi madre era la única que se dignaba a abrir aquella puerta para pedirme que saliese a jugar a la calle, que si no, cuando el verano se acabase y tuviese que volver al colegio, me arrepentiría de haber estado encerrado todas las vacaciones. Todos los días entraba y me soltaba el mismo royo, y cada día me entraba por un oído y me salía por el otro, menos un día que al abrir aquella puerta de la que se había convertido en mi celda, me dijo muy sería, -"Tu padre ha llamado Caracolito, dice que será mejor que te pases por casa de Victor.", no me quiso contar nada más, pero en su mirada podía ver que sabía más de lo que me decía, salí de la habitación y corrí hacía la casa del Pecas igual que corría hacía las vías después de terminar los deberes todas las tardes, cuando llegué el camión de mi padre estaba aparcado en la puerta y él, junto con el padre, el hermano y el mismo Pecas, estaban cargando todas sus pertenencias. Me acerqué muy despacio, la expresión de la cara del Pecas no había cambiado desde el funeral, -"Hola, ¿qué está pasando?", el Pecas me miró, sonrió con sólo media boca mientras se acercó a mí con una caja entre sus manos, -"Mi padre a decidido que nos vamos a vivir a Bilbao con mi tía, dice que él sólo no sabe cuidar de nosotros, que necesita una mujer que le ayude, también dice que mi tía lleva muchos años viuda y le irá bien nuestra compañía.".



-"¿Y Eva, ¿sabe algo?".

-"No, pero tampoco notará que me he ido, sólo tiene ojos para ti.", el comentario me hizo enrojecer.

-"¿Y el Mocho?".

-El Mocho tampoco sabe nada, díselo tú cuando lo veas.", nos quedemos mirándonos en silencio, sin saber que decir, o igual por miedo a que las palabras que pronunciasen nuestras bocas, fuesen las últimas que nos dirigíamos en la vida.



El padre del Pecas se nos acercó, y después de mirarme muy serio, como siempre solía hacer me dijo, -"Si has venido a ayudar, ya puedes empezar, pero si has venido a hacer el vago, ya puedes marcharte caballerete.", cargamos el camión cómo si de un juego se tratase, encajando muebles, electrodomésticos, maletas y cajas para que entrara todo, pero no fuimos conscientes de que ése iba a ser nuestro último juego juntos, una vez todo dentro del camión, el padre del Pecas, junto a su hermano y mi padre se nos quedaron mirando, -"Bueno, ha llegado el momento de irnos hijo, despídete de tú amigo, como se despiden los hombres.", el padre de el Pecas puso su mano sobre su hombro, su voz no había sonado tan ruda como siempre, nos tendimos las manos y nos dimos un apretón mientras todos nos miraban, note una lagrima, cálida y suave, correrme por la mejilla, por un momento me dio vergüenza que me viera llorar el padre y el hermano del Pecas, pero como yo los había visto llorar en el funeral, se me pasó enseguida, mi padre me revolvió el pelo, me limpió la lágrima con su dedo pulgar y se despidió de mí con un beso en la cara antes de subirse al camión, el padre del Pecas y su hermano subieron con él en la cabina, el Pecas subió detrás, con la carga, bien escondido para que no lo viera la policía. El camión arrancó su motor y comenzó a avanzar, yo me quedé allí quieto, mirando como aquel vehículo me arrancaba parte de mi infancia con su partida, la lona trasera del camión se abrió y asomó una cabeza, pero no era la cabeza de el Pecas, era la de Victor, un niño de unos cinco años pelirrojo, pecoso y con los ojos hundidos en la frente que me gritó, -"¿Por qué lloras niño?, ¿es que eres tonto?", mientras se despedía moviendo el brazo.

El camión desapareció de mi vista torciendo la siguiente esquina, corrí tras él, pero no lo alcancé. mi padre volvió al día siguiente. De Victor, nunca más supe de él.



Nunca olvidaré el regreso de Eva aquel verano, cariño. Cuando la vi pensé que si los ángeles existían, seguro que tenían el aspecto de ella, su cuerpo había comenzado a cambiar, en esos tres meses su cuello se había alargado ligeramente, el pelo le rozaba los hombros en un lento y suave masaje, que con un color más negro y brillante y junto con su bronceado playero hacía que el azul de sus ojos no tuviese fin, debajo de su ropa unas sutiles curvas comenzaban a moldear su figura, pero algo me llamó la atención más que las otras cosas, algo en lo que nunca me había fijado y que el tono bronceado de su piel me invitó a hacer, por toda ella, o por lo menos por todo lo que su ropa me permitía ver, había esparcidos cómo pequeñas gracias, unos preciosos lunares de los que mis pobres ojos no podían apartar la vista, era cómo si allí donde le había besado su madre cuando era bebé le hubiese crecido un lunar de recuerdo. Cuando se lo comenté al Mocho él me dijo que también se había fijado, pero que le gustaba más la forma de su culo y cómo le estaban creciendo las tetas. Desde entonces la llamé Lunares, pero nunca delante de ella, no por miedo a que se ofendiera, no por miedo a que me soltase alguna de sus frescas dejándome cortado, no por miedo a que me cambiase el mote por alguno peor que Caracol, sencillamente porque me daba vergüenza.



La ausencia del Pecas y la nueva ocupación del Mocho ayudaron a reforzar la amistad entre Eva y yo, no íbamos a ningún sitio el uno sin el otro, al principio era como si nos diese vergüenza estar a solas, nos costaba encontrar tema de conversación y echábamos mucho de menos a nuestros amigos, pero a lo largo de ése último año escolar la cosa fue cambiando, si ella tenía que hacer algo después de clase, yo la acompañaba, que era al revés, pues lo hacía ella, a la hora del patio se nos solía ver sentados en cualquier rincón sin dejar de hablar y riéndonos, de no saber de que hacerlo, pasemos a no poder estar callados, eso provocó que entre el resto de chicos de la clase. todo fuesen risitas y comentarios que al principio nos incomodaban, pero que con el tiempo aprendimos a ignorar. Por las tardes siempre venía a mi casa y hacía los deberes conmigo, ayudándome cuando no sabía hacer algo y sermoneándome cuando ganduleaba, cosa que a mis hermanas les hacía mucha gracia y llenaban el comedor con sus risas a dúo. Mi madre le cogió mucho cariño, creía que con ella a mi lado empezarían a dárseme mejor los estudios, y cuando mi padre y mi hermano llegaban de trabajar siempre les contaba cómo ella me metía en vereda, y mi hermano guiñándome un ojo siempre me decía, -"Caracol, estás perdido.".



Igual que no tardé en darme cuenta de los cambios en el cuerpo de Eva, tampoco tardé en verlos en el barrio, porque cariño, el gran trabajo que había encontrado el padre del Tocho era de camello, y poniendo a cada uno de sus hijos en una esquina ayudándole, tenía toda la zona controlada. Así es como entraron en mi diccionario particular las palabras marginación, criminalidad y delincuencia. empezó a resultar muy triste pasear por las calles del barrio, siempre acababas encontrándote a un pobre chaval tirado por cualquier esquina o pidiéndote un duro para un bocadillo, pero todos sabíamos en que se lo gastaban realmente. Los parques donde solíamos jugar se habían quedado desiertos, y en cualquier rincón, ya fuese al lado de los columpios o debajo del tobogán donde jugaban los más pequeños, o en los alrededores de los bancos donde se solían reunir los adolescentes, no era extraño tropezar con jeringuillas usadas y sanguinolentas, los días se fueron volviendo peligrosos, cada día se escuchaba que a tal o a cual le habían robado a punta de navaja, la necesidad de drogarse de esos chavales acababa por lanzarlos a situaciones desesperadas, y fue un día de esos que volviendo con Eva del colegio nos crucemos con uno de esos pobres infelices, -" Dame un duro chaval, pa un bocadillo.", su voz sonó cómo vieja y desgastada, contrastando con su edad, sus movimientos me recordaron a los de una marioneta a la que le habían cortado la mitad de las cuerdas, -"No tenemos nada.", le dije con un hilito de voz mientras Eva se refugiaba detrás mío agarrándome de la mano, la noté caliente y suave apretando la mía, y puede que fuese eso lo que me armó de valor, pero de poco me sirvió, pues a la que levanté la voz para decirle, -" Déjanos en paz o..." noté el frío de la cuchilla de su navaja en mi cuello, seguido de una bofetada que me sentó en el suelo y al momento le estaba dando mi chaqueta, mis zapatillas y la mochila del colegio mientras me decía, -" Y no me follo a tu amiga porque tengo el mono y no se me pone tiesa, que si no..". Y ahí me quedé amor, pasando frío, mirándome los pies descalzos enfundados en mis viejos calcetines y escuchando llorar a Eva, que del susto se había quedado inmóvil.



Que mala es la humillación a los trece años cielo, no quise salir de casa hasta que se me fue del todo la marca de la bofetada de la cara. Mi hermano venía cada día con un par de amigos para intentar convencerme de ir con ellos a buscar a ese tío, -" Tranquilo Caracol, si lo encontramos haremos que se arrepienta de haberte tocado..", pero yo nunca los acompañaba, me daba igual si mi hermano y sus amigos lo encontraban, porque ya sería imposible recuperar todo lo que ma había robado, sobretodo mi dignidad.



Eva vino a mi casa a los tres días, me resultó incómodo verla, me daba vergüenza mirarla, saber que aquel tipo le podía haber hecho cualquier cosa mientras yo estaba tirado en el suelo muerto de miedo me hacía sentir pequeño a su lado, una mierdecilla apestosa y cobarde, pero ella me trató con naturalidad, sacó de su mochila los deberes atrasados de esos tres días que había faltado al colegio y esparciéndolos sobre la mesa me dijo, -"Manos a la obra Caracol, tienes mucho trabajo y mañana vuelves al colegio.", me guiñó un ojo y se sentó a mi lado a hacer los suyos, no hablemos en casi toda la tarde, de vez en cuando nos mirábamos, y yo, poco a poco, empecé a sentirme otra vez a gusto con ella, mi madre nos dejó algo de merendar entre el montón de libros y libretas, -" Ala chicos, coged fuerzas que estáis trabajando mucho.", cuando se fue, Eva se acercó a mi y me dijo susurrándome al oído, -"El otro día, cuando te cogí de la mano, me tranquilizó mucho, si quieres, a partir de ahora y cuando nadie nos mire, me puedes coger de la mano, para sentirme más segura ¿sabes?". Esa noche no pegué ojo esperando con impaciencia que llegase el día y tener la oportunidad de volver a cogerla de la mano.



El tiempo fue pasando, igual que pasa la historia de los nadie, sin pena que contar ni gloria que celebrar, como casi no salíamos, y junto con la ayuda de Eva, mis notas fueron mejorando, todo apuntaba a que acabaría el curso mucho mejor que lo empecé, cosa que a mi madre le alegró mucho y no dejaba de agradecerle a Eva cuanto me estaba ayudando, -"No se preocupe señora,", le respondía ella, -" que a éste lo dejo yo más recto que una vela.", y se reía con esa preciosa risa llena de blancos dientes mientras me cogía la mano con disimulo por debajo de la mesa. Al principio nos dábamos la mano cómo un padre se la da a su hijo, siempre lo hacíamos cuando estábamos a solas, o paseando por algún lugar no muy habitado, palma con palma, con las manos rígidas y un poco de vergüenza, pero poco a poco y con el paso de los días nos fuimos relajando y sin darnos cuenta, nuestros dedos se fueron buscando la manera de entrelazarse los unos con los otros, y nuestras manos colgaban relajadamente al final de los brazos al mismo tiempo que nuestros hombros se tocaban, -"Es solo para sentirme más segura.", se excusaba ella cada vez que su mano buscaba la mía, pero yo no tenía excusa que darle cuando era mi mano la que se encontraba "por casualidad" con la suya, sencillamente es que cada día que pasaba necesitaba más el estar agarrado a ella y no soltarla en el resto de mi vida.



Cada paso que dábamos, cada risa y cada tarde de deberes nos acercaba al inicio del verano, y sin darnos cuenta y esquivando risitas y comentarios, el final del curso llegó, el último día de colegio, nunca mejor dicho, pues acabábamos octavo de E.G.B. y como nos habían estado diciendo a lo largo de aquél curso los profesores, -"Tenéis que dejar de portaros como niños, pues el año que viene empezáis el instituto.".

El último día de clase fue un día de alegrías y tristezas al mismo tiempo, las vacaciones llegaban, si, pero muchos de nosotros empezaríamos el siguiente curso en institutos distintos, nos conocíamos desde hacía ocho años, algunos incluso de más, y sabíamos que tal vez no volveríamos a ver a algún que otro compañero. cuando el timbre sonó avisando del final de las clases, su sonido no fue recibido cómo siempre, todos salimos contentos, alegres y dispuestos a disfrutar de las vacaciones, pero cariño, en la cabeza todos llevábamos las dudas y el miedo por la nueva experiencia que nos esperaba al final del verano.

Al salir de clase y después de dejar las mochilas cada uno en su casa, a Eva le apeteció ir a pasear por las vías, hacía mucho que no habíamos vuelto por allí, casi un año, desde que el barrio empezó a ponerse peligroso por según que zonas. Eva había vuelto de su casa muy contenta, con esa expresión de felicidad que me ponía feliz a mí también con solo mirarla,-"Mi madre dice que mañana nos vamos al pueblo ella y yo solas, mi padre se reunirá con nosotras el mes que viene cuando le den las vacaciones en el trabajo, valla, este año disfrutaré más tiempo de la compañía de mi abuela, además, dicen que tienen una sorpresa para mi, ¿tú que crees que será Caracol?...", sus palabras se fueron clavando en mi corazón una a una, como pequeños alfileres atravesando mi piel lentamente, tenía la esperanza de poder disfrutar algunos días con ella antes de que se fuera, pero como en la vida, amor, desde pequeños nos enseña que los sueños se desvanecen con la salida del sol, yo le sonreí y fingí alegrarme por ella, caminamos hasta las vías, pero aquel lugar ya no era el mismo, estaba lleno de basura por todas partes, olía a excrementos y orina y a cada paso tenias que esquivar jeringuillas tiradas por el suelo, escondidos entre los matorrales y de cuclillas, se drogaba algún que otro chaval, Eva apretó mi mano con firmeza, está vez si que lo hacía para sentirse más segura de vedad, pero recuerdo que degusté aquel apretón con todos mis sentidos pensando que tal vez sería la ultima vez que la cogería de la mano hasta septiembre. Pasemos al lado de un chico que con la jeringuilla aún clavada en el brazo miraba extasiado hacia arriba, era el mismo chico que nos robó unos meses atrás, no nos reconoció al vernos pasar junto a él, -"¿Por qué no nos vamos Caracol?", me pregunto Eva con un tono de voz asustadizo y casi inexistente, -"Sí, será mejor que nos larguemos, aquí no hay nada que hacer y empiezo a aburrirme.", le dije poniendo voz de machote intentando disimular que yo tenía mucho más miedo que ella, pero cuando nos disponíamos a marcharnos una voz familiar nos llamó por nuestros nombres desde el lugar donde solíamos jugar, al mirar hacía allí vimos a un chico con el pelo medio largo y enmarañado haciéndonos señas, era el Mocho.



Aún recuerdo ésa última vez que vi al Mocho, la verdad que Eva y yo no nos habíamos acordado mucho de él durante ése año, mientras tanto él había hecho de las vías su cuartel general, allí es donde vendía todo el material que su padre le pasaba. Tenía un aspecto horrible, en unos meses había envejecido diez años por lo menos, hacía pinta de llevar varios días con la misma ropa, sus movimientos eran lentos, daba la sensación de que le pesaba la cabeza, su mirada vacía se fijaba en un punto lejano cuando nos hablaba, y su voz se perdía en un eco oscuro y perdido dentro de su ser, -"Valla, dichosos los ojos.", la alegría le marcó las facciones de la cara, durante un rato estuvimos contándonos nuestras hazañas de niños, pero él tenía mucho más que contar que nosotros, ahora era alguien en el barrio, tenía a todos los yonkis a su servicio, con tan solo doce años se había vuelto el camello de la zona, había tenido problemas con la policía y su padre lo apaleaba cada dos por tres porque se metía más de lo que vendía, de vez en cuando venía algún chico a comprarle, y hacían el cambio delante nuestro sin cortarse un pelo. Cuando le contamos lo del robo nos dijo, -" Tranquilos, ahora todos os han visto hablar conmigo, ya saben que somos amigos, nadie volverá a molestaros, y de ése que me dices, ya me ocupare.", y dijo la verdad, ya no volví a tener problemas con ninguno de ellos. después de estar toda la tarde hablando, Eva y yo decidimos volver cuando empezó a oscurecer, Eva le dio un beso en la mejilla y le prometió volver a verlo cuando volviese del pueblo, yo solo lo salude con la cabeza, me giré para mirarlo justo antes de abandonar el lugar, lo vi allí solo, entre matorrales secos y escombros, en ningún momento se me ocurrió pensar que ésa era la última vez que lo vería, meses después alguien me dijo que lo habían encontrado muerto allí mismo, con una jeringuilla en el brazo y signos de agresión, y por alguna extraña razón, no me importó.



La vida nos premia a veces con momentos únicos e irrepetibles, situaciones preciosas para guardar en la vitrina de nuestra memoria e irles quitando el polvo de vez en cuando para que siempre estén bonitas, además siempre te pillan de improvisto, y de ése factor sorpresa nace un sentimiento de gratitud que dura toda tú existencia, porque por un instante, la vida cruel y fría, nos regala algo precioso que no hemos pedido y que ni imaginábamos poder llegar a tener. Esa misma tarde amor, acompañé a Eva hasta la puerta de su casa, la verdad es que nunca lo había hecho, siempre era ella la que venía a buscarme y luego se volvía sola, -"Bueno Caracolete, ya no nos volveremos a ver hasta después de verano, pórtate bien que te conozco.", me guiñó uno de sus preciosos ojos y me sonrió, al mirarla sentí que la iba a echar mucho de menos todos ésos meses, -"Eva, yo...", pero no me atreví a decírselo, la voz se me apagó, desapareció como si el aire se hubiese desintegrado en mis pulmones antes de salir, supongo que la vergüenza y el miedo a que se riera de mí pudo más que la necesidad de expresar mis sentimientos, me cogió la mano, apretó mis dedos entre los suyos tan fuerte que casi me dolió, me miró a los ojos de una manera que no pude sostenerle la mirada, -"¿A quién voy a coger de la mano este verano para sentirme segura?", y sin decir más, se acerco y me besó, sus labios se pegaron a los míos, mientras me quedaba de piedra notaba la humedad de su boca y el calor del aire que le salía de su nariz en mi mejilla. me soltó de repente y se metió corriendo en su casa sin decirme adiós siquiera, vi la puerta cerrarse tras de ella mientras recuperaba la respiración y me temblaban las piernas.



Volví a mi casa con una sonrisa imborrable en la cara, las calles del barrio me parecieron más bonitas que nunca, -"¿Por qué tienes esa cara de tonto?", me dijo una de mis hermanas cuando entre a casa mientras la otra asentía con la cabeza, pero me dio igual, nada de lo que me pasase o dijesen podría estropear aquel día. Aquella noche me costó dormir, no paraba de tocarme los labios, de intentar recordar cada segundo de ése beso, me odié por no haber estado más atento, había sido mi primer beso y casi no me había enterado. Al final logré quedarme dormido, no recuerdo lo que soñé, sólo recuerdo como desperté, mi madre estaba sentada en el borde de la cama acariciándome tiernamente el pelo, -"Te tengo que contar una cosa cariño..:", su voz era triste y su mirada era la misma que cuando me avisó a su manera de que el Pecas se iba a ir, quién me iba a decir que la sorpresa que le esperaba a Eva en el pueblo y que ella tanto ansiaba saber de que se trataba, iba a ser una sorpresa también para mí, -"No va a volver Caracol, se van a quedar a vivir allí para siempre.", mi madre no dijo más, tenía un nudo en la garganta y sus dedos no dejaban de peinarme el pelo, yo me encogí de hombros, como si no me importase, quería disimular mis ganas de llorar, no abrí la boca en todo el día y después de desayunar me fui y me senté junto a las vías entre los drogadictos a ver pasar los trenes, en uno de ellos se había ido Eva para siempre, con mi niñez en la maleta y mi beso en su boca.



Y es éso lo que duró mi primer amor cielo, lo mismo que duró ése primer beso de boca cerrada y ojos abiertos, lo mismo que tardó en desvanecerse el tacto de su mano en la mía, lo mismo que tardó en caer la primera lágrima en cuanto mi madre salió del cuarto, y lo mismo que tardó en matar cruelmente a mi infancia la terrible adolescencia