entre la maleza

Entre la maleza (2015)



 
    De pequeño me crié en una casa en el campo, vivíamos en Almansa, un pueblo de Albacete. Mi casa se encontraba en mitad de la nada, lo más cercano que había era un monte llamado "el Mugrón" y una pequeña aldea llamada "San Benito". Los días de verano, cuándo no estaba recluido en el colegio del pueblo y podía gozar de mi libertad, no era dificil verme correr y jugar hecho un salvaje, con mi pelo rizado todo enmarañado, casi siempre sin camiseta, con viejos pantalones heredados de algunos de mis hermanos mayores (y a veces, hasta de mis hermanas) y eternamente descalzo con las plantas de los pies más negras que el carbón. Me encantaba perderme por todas aquellas hectáreas sembradas de cebada y alfalfa, correr por los maizales, pasear por el campo de manzanos, observar como los girasoles seguían sonrientes el recorrido del astro rey o buscar insectos entre todas aquellas hortalizas plantadas justo al lado de la casa. Pero lo que realmente me gustaba de todo aquello, era que a veces, cuándo estaba perdido lo más alejado posible de nuestra casa (pacto negociado con mi madre y que cumplía a rajatabla, me dejaba correr libremente por donde quisiera siempre y cuándo le prometiera no salir de los límites de nuestras tierras), y solo a veces, al escuchar algún ligero ruido a mi alrededor, si me quedaba bien quieto y callado, agazapado lo más cerca posible del suelo e incluso controlando mi respiración, la naturaleza me hacía el gentil y generoso regalo de poder observar de cerca a algún animal salvaje de esta cada vez más extinta fauna ibérica nuestra; podía ser un lince, que pasaba al lado mío con sus orejas estiradas y sin quitarme la vista de encima hasta volver a perderse otra vez entre los maizales, o algún zorro siguiendo el rastro de una liebre, o la liebre huyendo del zorro; a veces eran cosas más pequeñas, alguna que otra culebra que se arrastraba por el suelo sorprendida tanto como yo de nuestro encuentro fortuito, o enormes tarántulas posadas en sus telarañas totalmente inconscientes de mi presencia; y alzar la vista casi siempre tenía el regalo de ver surcar los cielos algún águila con sus majestuosas alas completamente abiertas, grupos de patos salvajes en plena emigración o el exquisito baile de miles de golondrinas con el que nos obsequiaban cuándo llegaban al principio de la primavera, y al partir antes de que llegara el otoño, gracias a aquello adquirí una gran pasión por el mundo animal, y sobre todo por aquellos negros y simpáticos pajarillos, las golondrinas.





    Ahora me encuentro en el tren de cercanías de camino al pueblo donde vivo, voy acompañado de mi hijo el mayor y mi hija mediana, la pequeña nos espera alegremente en casa junto a mi mujer. El tren, por alguna de esas razones de las que nunca avisan a los pasajeros, lleva un buen rato parado en la vía en la zona de Sant Adria del Besòs. Mis hijos, impacientándose por la demora y cada vez más nerviosos, se revuelven en sus asientos mientras se chinchan el uno a la otra y viceversa mientras yo los miro y de vez en cuándo intento inútilmente que se comporten para que no molesten demasiado al resto de pasajeros. De pronto, mi hija que ha desistido de fastidiar a su hermano y se entretiene mirando por la ventana, me dice con la voz llena de asombro -Papa, mira.- y señala con su dedo al exterior, me acerco a la ventana para mirar lo que nos señala, su hermano hace tres cuartos de lo mismo; entre la maleza que crece en el espacio que hay desde el muro de protección hasta la via, y también entre todos los escombros y basura que se encuentran por ahí tirados, aparece un toxicómano, con ropa vieja que le queda dos tallas más grandes y un gastado macuto, se sienta en un enorme trozo de tuberia de hormigón que hay por el suelo y voluntariamente ajeno a nuestras miradas, después de quitarse un zapato y sacarse el calcetín, comienza con el ritual de inyectarse su dosis en el pié, buscando con la precisión de una enfermera, la vena apropiada para la punción y haber preparado cual químico experimentado su chute. Mis niños lo observan atónitos, con sus caras pegadas al cristal y sus ojos abiertos sin pestañear para no perder detalle, yo, apoyando mi  cabeza sobre la mano, suspiro mirando al cielo, con la esperanza de ver pasar, por alguna de esas casualidades de la vida, una golondrina volando por el cielo.