En estado de espera

 En estado de espera (2015)



1



       El sonido del reloj de pared que llegaba desde el comedor le había acompañado durante toda la noche, las horas de vigilia habían sido insoportables con su eterno "tic" seguido del incansable "tac". Siempre le habían dicho que la noche es muy mala consejera, expresión que a él nunca le había llamado mucho la atención, pero ésta vez había podido comprobar el valor de su significado.

  Se tumbó boca arriba con la mirada puesta en el techo, o bueno, en ése supuesto techo que también se suponía que seguía estando ahí arriba al otro lado de la oscuridad del cuarto -No creo que nadie se lo halla llevado durante la noche.- se dijo a si mismo en un intento de darle un toque de humor a la situción; el escozor de los ojos alimentaba la insacible irritación que se había apoderado de ellos a mitad de la noche, y que desde entonces se había negado a marchar, combirtiéndose en otra fiel compañera de viaje junto con el reloj del comedor y el frío de la época en aquella interminable noche de insomnio. Intentó cerrarlos buscando alivio a aquella sensación de picor y cansancio, pero en cuanto lo hacía, la necesidad de abrirlos le oprimía el pecho obligándole a hacerlo, le había estado pasando durante toda la noche, no soportaba tener los ojos cerrados mucho tiempo, al hacerlo se sentía como encerrado, preso de su propio ser, y los pensamientos que había estado intentando evitar durante toda la noche le volvían a la cabeza y ya no se marchaban en un buén rato, danzando amorfa y lentamente como ésa sustancia biscosa que hay dentro de las lámparas de lava.

  Sacó el brazo de debajo del edredón y palpo torpemente la superficie de la mesita de noche hasta que su adormecida mano encontró el móvil, encendió la pantalla para mirar la hora, la luz le golpeo violentamente la cara, se había olvidado de que llevaba toda la noche a oscuras y de que sus ojos no soportarían una inminente claridad, cuando los abrió lentamente después de aquella primera impresión, pudo observar como toda la habitación estaba iluminada debilmente por la luz tenue y azulada que desprendía la pequeña pantalla; el armario, los cuadros, la cómoda, todo se veía bonito iluminado por aquella luz que les proyectaba unas curiosas sombras alargadas de abajo hacia arriba, incluso el techo, ése mismo techo del cual había dudado de su existencia hace tan solo un momento, le pareció precioso. Se tumbó de lado reposando lentamente la mejilla contra la almohada, el tacto frío de ése lado de la cama le pareció agradable. Enfocó la pantalla hacia ése lado e iluminó el cuerpo de ella que todavía dormía plácidamente, la verdad es que ella había dormido toda la noche sin problema, una paz y felicidad la habían envuelto en cuanto el predictor había cambiado de color, o de número de rayas, -No le he prestado tanta atención a ése detalle como quizás debería haber hecho- se dijo a si mismo. La tenue luz alumbró la piel del hombro desnudo que en pleno acto de rebeldía se asomaba furtibamente por encima de las sábanas, la pantalla del móvil se desconectó sin que llegase a mirar la hora, lo dejó sin cuidado a un lado de la cama y con ésa misma mano le acarició el hombro tan delicadamente que apenas llegó a rozarlo con la yema de los dedos, no quería despertarla, le encantaba mirarla mientras dormía, ver el apenas imperceptible subir y bajar de su cuerpo al respirar con ése ritmo tan perfecto, notar la calma y calor que desprendía. Pasó un brazo por debajo de su cabeza y haciendo un especie de candado junto con el otro la apretó fuertemente contra él hasta que notó que ya no podía haber menos espacio entre sus cuerpos, ella se encogió un poco y soltó un gemidito infantil mientras sus manos buscaban las suyas y las entrelazaba con los dedosˋ -¿Qué haces?- le preguntó con voz traviesa y adormilada, -Nada, quererte un poco antes de levantarme- le dijo, y deslizó su mano poco a poco hasta llegar al vientre, la dejó allí apoyada, masajeándole el abdomen, le daba la sensación de que desde que la prueba de embrazo había dado el "si", ésa parte del cuerpo la tenía más caliente, le hizo gracia tener ése pensamiento y darse cuenta del poder y lo incontrolada que podía llegar a ser la mente, incluso la de uno mismo. Volvió a apretrarla contra él y hundió la cara entre sus cabellos, todavía tenía el olor del suavizante en ellos, -Está ahí dentro ¿verdad?- le dijo, acariciándole alrededor del ombligo con movimientos lentos y circulares, -Sí, está ahí, y va a estarlo algún tiempo hasta que decida salir.- se apretó toda entera contra su cuerpo, él la abrazó más fuerte, notaba su respiración pausada entre sus brazos, se dió cuenta de cuanto la quería, ultimamente no había pensado mucho en éso, era consciente de que la tenía bastante abandonada, las cosas se habían puesto un poco duras en los últimos meses, las preocupaciones y las tensiones habían estado ocupando la mayor parte del tiempo y en las últimas semanas el agotamiento mental lo tenía hecho mierda, pero ahora, allí tumbado, con Laura entre sus brazos, volvía a recordar cuanto la quería, cuanto la había querido siempre, y cuanto pensaba quererla hasta el día que se murieran. Laura siempre había estado ahí, dándolo todo por él, incluso desde antes de vivir juntos; cuando apenas habían empezado a salir, y éso que ella era casi una niña por aquella época, o cuando decidieron empezar a ser novios formalmente, ella siempre le había apoyado en todo, siempre, siempre, había estado a su lado, cuidándolo, protegiéndolo, mimándolo. Ahora lo pensaba y se daba cuenta de la paciencia que había tenido con él, sobre todo en los primeros años; su adolescencia no había sido ejemplar precisamente, alocada, descontrolada, despreocupada, ésos si que eran adjetivos más apropiados para describir su juventud, pero lo que se dice ejemplar, no, no lo había sido, y aún así, ella nunca lo había abandonado. Hubo veces que pensó en dejarla, sobre todo cuando en su vida se cruzaba otra chica alocada, descontrolada y despreocupada como él, de ésas facilonas y sin problemas para experimentar con el alcohol o ciertas drogas, pero por muy comvencido que se creyese estar de hacerlo, nunca pudo, porque cuando la oscuridad se volvía tan negra que no le dejaba ver más allá de su nariz dentro de aquellos agujeros en los que solía caerse, siempre una mano lo agarraba fuertemente en el último momento y lo arrastraba a la superficie, y entre aquella luz que cubría la superficie siempre se encontraba la misma cara mirándolo, sonriente, como si nada hubiera pasado, la preciosa cara de Laura.



  Laura estiró el brazo hacia la mesilla y cogió el test de embarazo, lo observó un instante y lo apretó fuertemente en su mano acercándoselo al pecho, -¿ De verdad qué estás contento?, anoche no se te veía muy entusiasmado que dijéramos cuando ésto cambió de color-, escuchar ésas palabras por boca de ella fué como tragarse un puñado de clavos oxidados y al rojo vivo, claro que estaba ilusionado, por lo menos ahora, despueś de haber estado dándole vueltas toda la noche, pero puede que tuviera razón en éso, puede que no se hubiera mostrado muy contento como se supone que se debe mostrar uno en ésos momentos, pero es que el tener otro hijo no estaba en sus planes precisamente, y mucho menos en la situación en la que se encontraban, las facturas sin pagar, los gastos escolares de Iván, el subsidio de desempleo cada vez más escueto, las raciones de comida ajustadas al día a día... todo éso le invadió la cabeza anulándole la capacidad de pensar por un momento, y ella, que la pobre se espería que él diese saltos de alegría y la alzase por los aires mientras la besaba igual que hacían en las películas, solo obtuvo un -Ah, vale- de él con cara de gilipollas, -Pués claro que estoy contento cariño, ¿cómo no voy a estarlo? solo es que la noticia me pilló en frío, no me lo esperaba, y con la que nos está cayendo encima...-, -Lo se amor, lo se, no te preocupes, no pasa nada- su voz sonó triste, o puede que fuera porque no estubiera despierta del todo, pero Julio no pudo evitar sentir un duro y amargo nudo en la garganta. se sentó en la cama dejando sus piernas al escubierto, los dedos de los pies se herizaron al contacto con el frío del suelo, se alzaban e intentaban elevar por encima de los pies en un intento desesperado de huir de éstos, poco a poco los fué apoyando dejando que se fuesen acostumbrando a la temperatura de la superficie, miró hacia la ventana e intentó imaginarse que tipo de día haría al otro lado de la persiana, seguro que no suficientemente bueno, como le venían pareciendo todos los días desde que se quedó en paro, y hacía tanto ya, demasiado tiempo sin ver el sol, por muy despejado que estuviera el cielo o luminoso que brillara éste, porque después de los primeros meses del cierre de la fábrica, de las primeras búsquedas de trabajo y de las falsas ilusiones cada vez que sonaba el teléfono pensando que podía ser para una entrevista, vinieron los "lo sentimos, pero ahora no necesitamos a nadie", "tenemos la plantilla al completo", "ya le llamaremos"; después de éso llegó el silencio absoluto, las largas colas para sellar en la oficina de desempleo del barrio, las reuniones sindicales con los extrabajdores en la sala de actos del sindicato; y fué entonces cuando todos los días empezaron a estar nublados.



Segía teniendo los pies en el suelo sintiendo el frío y pensando en ponerse unos calcetines de un dedo de gordos cuando Laura abrió la persiana de golpe, el sol lo abofeteó duramente, le arrebató la noche del cuerpo dejándolo desnudo ante el nuevo día, ella abrió ligermente la cortina con un dedo para mirar furtivamente al exterior, -Hace un día precioso cielo-, -Nó, está nublado, seguro-, -No digas tonterias, está despejado y todo brilla con una luz divina...-, -Sí, seguro que el muro del edificio de enfrente, que es lo único que se ve desde ésa puta ventana, está hermosísimo hoy-, -Va, no empieces amor, hace un bonito día, que más quieres, sabes, cuando dejemos a Iván en el colegio podemos ir a la playa, ya se que hace frío, pero me apetece pasear por la arena con los pies descalzos y que nos sentemos a mirar el mar y a darnos unos besos de ésos calentitos y despacito que antes me dabas, te acuerdas cielo, cuanto hace que no nos besamos así, y podemos aprovechar para pensar cuando y como vamos a darle la noticia a ése bichillo que tenemos durmiendo en la habitación de al lado, yo voy a preparar el desayuno, tú despierta a Iván y te lo vas pensando mientras lo vistes ¿quieres?-, -Lo que tú digas cariño- era curioso, pero desde que la conocía nunca había podido decirle que nó a nada, -Pero seguro...- pensó -...que hoy está nublado-.




2



Entró en el baño, sigilosa, sin que él se diera cuenta, apoyó su hombro desnudo sobre una fría rachola que en miles de microscópicas gotas sudaba el vapor de la última ducha, un sofocante calor la abrazó con sus pegajosos dedos, él siempre se duchaba con el agua muy caliente, -Es la única manera de sacarme de encima la suciedad del mundo- decía siempre. Notó como su piel empezaba a transpirar y pequeñas perlitas de sudor dieron a su cuerpo el aspecto de estar invadido de diminutas y laboriosas hormigas transparentes, varias de ellas unieron fuerzas creando una gota mayor que se deslizó traviesamente desde su sien, pasando por su cuello hasta perderse zigzagueando entre sus pechos, los mismos pechos de los que ella siempre se quejaba, ésos pechos que cada día que pasaba los veía más pequeños y caidos, pero que ahora empezaban a estar más hinchados por el embarazo.

Por un momento se sintió ridicula allí depie desuda, observándolo sin que él lo supiera, concentrado en afeitarse mirándose en un pequeño círculo que había desempañado del espejo con su mano; no sabía por qué, pero siempre le había parecido muy sensual mirarlo mientras se afeitaba, y cada vez que él lo hacía, ella disfrutaba espiándolo aunque sólo fuera por la mínima pequeña abertura que se hubiera quedado en la puerta, era su momento de calentón, íntimo y solo suyo, pero ésta vez lo notaba distinto, ésta vez quería compartilo con él.

La verdad que él ya no era aquel chabal joven con quien había empezado a salir hace años, ya no tenía aquel abdomen firme y marcado que ella tanto habia acariciado y mordido, ya no tenía aquella espalda fibrada que ella había besado y estrujado entre sus dedos en momentos de pasión hasta desafiar el umbral del dolor; los casi cuarenta años de él habían ido dejando huella por el camino, su abdomen era más flácido, empezaba a colgarle la piel ligeramente bajo la barbilla, unas entradas rompían la perfección del nacimiento del pelo en su frente al mismo tiempo que unas implacables canas le adornaban graciosamente los costados de la cabeza, pero a ella, en el fondo, le encantaban aquellos cambios, no hechaba de menos al adolescente chulito e inmaduro del cual se había enamorado siendo ella casi una niña, no necesitaba aquel cuerpo de antaño para excitarse, ahora le excitaban otras cosas, le excitaba verlo discutir con los dependientes y personal de atención al cliente cuando tenía que reclamar algo, le excitaba cuando llegaba de trabajar y la abrazaba por la espalda besándole el cuello mientras ella cocinaba, le excitaba mirarlo mientras él montaba algún mueble comprado en Ikea, le excitaba dormir a su lado y tenerlo ahí al despertarse. El niño se había combertido en el hombre, el hombre que la cuidaba y protegía, el hombre que le había dado un hijo y había puesto otro en camino, el hombre que se tumbaba en el sofá apoyando la cabeza sobre su pierna y se quedaba dormido mientras miraban alguna película en la tele. ¿Que diría su hermana, la eterna feminista, si la escuchase hablar de ésa manera?, pero el era su hombre, y no se avergonzaba de pensar así.

El ruido de la maquinilla de afeitar golpeando contra la porcelana del lavabo la sacó de su ensueño, volvió a ser consciente de que estaba desnuda, volvió a ser consciente de que su cuerpo sudaba rodeado de aquel vapor calido y húmedo, volvió a ser consciente de los movimientos de hombros y el subir y bajar de sus brazos al afeitarse. Se acercó despacio, sus pies descalzos sobre el suelo mojado fueron tan sigilosos que ningún oido humano podría haberlo percibido, le pasó los brazos por debajo de los suyos dejando que los dedos buscasen libremente sus pequeños y varoniles pezones rodeados de ésos pelos suaves y rizados que le cubrían todo el pecho , notó sus senos aplastarse contra su espalda, dejando que sus humedades se mezcalsen y volviesen una, pensó que dentro de unos meses ya no le resultaria tan facil abrazarlo así, una barriga redonda, abultada y de piel tersa se lo impediria; apoyó sus labios entre sus homoplatos ligeramente hasta que empezó a notar el calor que desprendía su piel, los entreabrió y dejó salir la punta de la lengua, que ansiosa, notó como el sabor de él explotaba en su boca al mínimo contacto, su mano se escurrió deslizándose hacia abajo mientras la otra disfrutaba del calido tacto del pequeño pezón erectil; un hilillo de bello que iba del abdomen hasta el pubis le indicó el camino. Notó el crecimiento de él en su mano, quiso retenerlo entre sus dedos, hacerse dueña de la erección de su cónyuge, pero la necesidad de hincarle los dedos por todas partes la obligó a soltarlo, quería arañarlo, quería morderlo, quería dejarle señales y surcos por todo su cuerpo que no se borrasen nunca, un instinto animal se apoderó de ella.

Lo giró bruscamente y le obligó a apoyarse de espaldas contra las frías racholas, le apretó los pectorales con los dedos y los fué bajando dejando que las manos se deslizasen hacia la parte de atrás hasta que encontraron sus glúteos, se apretó contra él hasta notar su miembro clavado en el abdomen, le cogió por la cabeza entrelazando sus dedos con los pelos mojados de su nuca, le inclinó la cabeza mientras ella alzaba ligeramente la suya y lo besó violentamente al mismo tiempo que lo apretaba mas fuerte contra la pared; los restos de espuma de afeitar se fueron cambiando y esparciendo de cara en cara, el sabor de está le impregno la boca dejándole una sensación extraña en la lengua, no le importó, la excitó de tal manera que empezo a besarle por el cuello y a darle pequeños mordisquitos mientras bajaba en busca de sus pezones, -¿Y el niño? - le oyó decir con una voz entrecortada y jadeosa, -Tranquilo, lo acosté hace rato y ahora duerme dando ronquiditos. Eres muy lento duchándote y me aburría, si llegas a tardar un poco más, hubiera empezado sin tí.- una risita traviesa se le escapó probocando que la piel de él reaccionara al contacto de su aliento, cogiendo ésa textura como de piel de naranja, -Empezar sin mí, no te hubieras atrevido, es muy aburrido hacerlo uno sólo- , le encantó notar la excitación en su voz mientras sus ásperas manos raspaban su piel en cada caricia, -¿Ah no?, sigue perdiendo el tiempo en afeitarte y lo comprobamos, y no creo que me aburra, sabes que de vez en cuando me gusta fantasear con ése cajero del supermercado tan mono que me hace ojitos cada vez que me cobra la compra-. La agarró y de un simple movimiento le hizo volar del cuarto de baño hasta la cama, donde se dejó caer sobre ella con todo su peso sujetándole las muñecas fuertemente y apretando su boca contra sus labios mientras sus lenguas se buscaban lenta pero desesperadamente la una a la otra, sus pechos se resintieron por la presión, desde que habían empezado a hincharse, también estaban más sensibles. Por un momento sintió el abdomen demasiado apretado contra él, no pudo evitar tener una sensación de miedo e intentó cambiar un poco de postura, -cuidado machote, una mujer en mi estado no puede soportar el peso de un cachalote sobre ella- , la verdad es que cada día estaba mas delgado, se le empezaban a notar las costillas y los pantalones le hacían bolsa en el culo; le pellizcó el trasero mientras notaba como su sonrisa se formaba bajo los labios de él, que al cambiar de posición suavemente provocó que con el roce de los dos cuerpos toda su piel explotara en una efervescente sensación de lujuria casi imposible de controlar, se relajó al mismo tiempo que el le soltaba las muñecas y le apoyaba los brazos por encima de la cabeza, empezó a bajar dándole besos por los pechos, cuando llegó al esternón, la punta de su lengua fué bajando por todo su abdomen dejando un pequeño rastro de saliba si como de un caracol se tratase, al llegar bajo su ombligo se detuvo, la agarró firmemente por las caderas y hundió su cara dándole un tierno pero fuerte beso, le pareció sentir que algo le mojaba el vientre, algo así como una pequeñas y cálidas gotas, creyó notar que a él se le estaban escapando las lágrimas, pero cuando intentó erguirse para comprobarlo él siguió su camino hasta llegar más abajo de su depilado pubis, ella apretó las piernas atrapando su cabeza entre ellas y obligándole a permanecer allí, su cuerpo se arqueó, sus manos estrujaron la almohada mientras la puso sobre su cabeza en un intento de ahogar la violencia de su respiracion. Al parecer la noche iba a ser algo más entretenida de lo que parecía hace media hora antes mientras le daba la cena a Iván.



Se estiró todo lo larga que era notando su cuerpo cansado, no sentía frío a pesar de estar desnuda sobre la cama, con una mano jugueteaba con un mechón de su pelo mientras con la otra le acariciaba la cabeza a él, que, tumbado más abajo en la cama, le pasaba un dedo por el abdomen de arriba a abajo incesantemente mientras lo observaba estudioso, -Yo creo que ya se te empieza a notar- dijo, mientras acercaba mas su cara frunciendo el ceño en un intento de escudriñar más profundamente el vientre, -Ves, si lo miro desde aquí yo diría que ya empiza a hacer una pequeña curvita hacia arriba ¿ves?, no,digas que no.-, -Es imposible que se me note ya cariño, es muy pronto todavía. -, -Pues entonces debes de estar engordando, porque yo te noto un pelin de barriguilla aquí abajo, te lo juro.- la expresión de su cara era algo cómica y el tono chistoso en que lo dijo le arrancó una sonrisa, pero no evitó que le diese un puñetazo en el hombro lo más fuerte que pudo, -Que estás insinuando imbecil- le dijo en un forzado tono de reproche para fingir enfado en su voz -Acaso me estás llamando gorda, tú si que eres un gordo inutil, atontado. La verdad es que ya tengo ganas de que se me empiece a notar, pero por ahora solo se me nota en las tetas, me tienen que haber aumentado casi una talla por lo menos, mira ¿lo notas?- y apretó los brazos oprimiendo sus pechos entre ellos para que se vieran más abultados mientras le dedicó una pícara sonrisa, -Lo noto, lo noto- dijo él mientras estiraba los brazos intentando agarrar los pechos con sus manos, cuando llegó a ellos, el roce de sus asperas palmas contra sus pezones la encendió de nuevo, la lengua le saliveó por los costados al mismo tiempo que una fuerte sensación le hizo apretar los muslos sintiendo una palpitación en la entrepierna, -Eh para-, le dijo intentando disimular que de verdad lo que deseaba era todo lo contrario -No se que me pasa está vez, pero desde que estoy embarazada, tengo constantemente ganas de hacerlo, con Iván fué distinto, estuve cansada desde el primer momento, pero ahora, te,comería cada vez que te miro-, -Éso es porque ésta vez es una niña- le dijo el irguiéndose y colocándose encima suyo a la altura de ombligo -Eh tú, el de hay dentro, ¿eres una niña?- y le mordió tiernamente la parte inferior del ombligo provocándole un estremecimiento placentero por todo el cuerpo; lo agarro por el pelo y lo obligó a subir hasta que pudo pegar su boca con la suya y sin despegarla le dijo -¿Qué estás insinuando cielo, que todas las mujeres somos unas guarrillas?- ,-No- le contestó poniendo una mueca de burla en la cara -Solo tú y tu estirpe- y mientras se reía la puso rapidamente boca abajo y se tumbó encima suyo besándole la espalda poco a poco, el peso de él encima de ella y el calor de su piel sobre su cuerpo que empezaba a quedarse frío la excitó de una manera que nunca había sentido, si que estaba resultando distinto ése embarazo, y si iba a ser todo el tiempo así, pensaba disfrutarlo hasta no poder más, y sintiendo los besos de él por toda su espalda, fué dejándose llevar por momentos.



-¿A donde vas?- le preguntó al verlo levantarse de la cama todavía desnudo, llevaban un buen rato tumbados después de la última vez, con sus miembros entrelazados y en silencio, sintiendo como el sudor se iba secando de sus cuerpos, -Voy a echarle un vistazo a Iván, seguro que está todo destapado otra vez, no se como no nota el frío por las noches el muy cabezón- , le miró la espalda desnuda mientras se alejó por el oscuro pasillo, al fondo pudo oir como abría la puerta de la habitación de Iván, y al poco, el eco le trajo el sonido de sus pies descalzos de vuelta, lo observo por última vez desnudo antes de que apagara la luz, pensó si tendría fuerzas para darle un tercer asalto, pero su cuerpo ya se había acomodado en su posición favorita para dormir y el edredón le cubría hasta las orejas, -¡Joder que frío!- le escuchó decir mientras se metía el también bajo las sábanas, la abrazó fuertemente pegándose bien a ella para notar su calor, el cuerpo de él se pegó a ella como una lapa, y al sentirlo volvió a pensar en ése tercer asalto, pero el cansancio no se hizo de rogar en aquella acojedora oscuridad que los envolvía, -Sí, si que hace frío, y debe de ser tardisimo cielo, a ver quién se levanta mañana para llevar al bichillo al colegio- solo de pensarlo pareció que el cuerpo le pesase el doble, se puso en posición fetal intentando guardar así mejor el calor de su cuerpo, él la acompañó en la postura, le gustó sentirse tan apretada contra él, -No te preocupes cariño, tú duerme y descansa, ya lo llevaré yo, así podrás quedarte un rato más en la cama, que te lo has merecido, además he quedado temprano con Sebastián para ir a repartir curriculums al polígono del norte, a ver si tenemos suerte, y después tenemos reunión con nuestros excompañeros de la fábrica en el sindicato..., -Gracias cielo, eres un amor, pero ¿otra vez tienes que ir ahí?, o sea, que mañana volverás a estar todo el día fuera, no se por qué sigues yendo a ése lugar, os echaron a todos y ellos no hicieron nada, y ahora cada dos por tres teneis ésas reuniones de extrabajadores, pareceis alcohólicos anónimos, pasad página de una vez, ya no hay nada que hacer..., -Bueno cariño, mejor éso que seguir sin hacer nada, ¿no crees? total, cuando trabajaba también me tiraba todo el día fuera de casa y nunca te oí quejarte-.

El silencio se hizo en la habitación, las respiraciones sonaron acompañadas del imperceptible ballet de los cuerpos al inspirar y expirar el aire. Por la mañana una voz chillona al otro lado de la puerta despertó a Laura -Nó, quiero darle un beso-, -No seas cabezón y vamos, llegaremos tarde al cole si sigues así, además, no quiero que despiertes a mamá, necesita descansar...-, -¿Y por qué necesita descansar?-, -Porque lo digo yo, y si necesitas besos tranquilo, que yo tengo para darte de sobra-, y el sonido de millones de besos acompañó la histérica risa de Iván, al escuchar como la puerta de la calle se cerraba, se arropó hasta arriba y pensó -Sí, indiscutiblemente, mi hombre es un amor-.



3



Las batas verdes a rayas asomaban por debajo de las chaquetas acompañando en una perfecta y sincronizada armonía los movimientos de los pequeños cuerpos que jugaban despreocupadamente sobre aquel suelo de tierra del patio del colegio, Iván observaba moverse aquellos faldones de un lado para otro, cientos de pequeñas banderas verdiblancas proclamando con orgullo la totalidad de la hora de recreo. Metió un dedo por el agujero de la rodilla que se había hecho hace poco, recordó como le había reñido mamá cuando le pasó lo mismo en la zona de la otra rodilla, que ahora estaba coronada con un obalado y gastado parche de distinto color que el pantalón. El dedo jugueteó con un hilillo que colgaba de la tela desgarrada, haciendo movimientos circulares con los dedos enrollándolo en un bola para luego, lentemente, estirarlo y volverlo a dejar en la posición original, y así sucesivamente, sin prestarle atención ni al hilo, ni al precioso sonido de las risas y los juegos que alegremente, sus compañeros de clase ejecutaban a su alrrededor.

La mañana de Iván había estado algo confusa, no acababa de entender muy bien lo que sus padres le habían explicado durante el desayuno -Iván ratoncito, lo que te estamos intentando decir es que vas tener un hermanito...-, -O hermanita, todavía no lo sabemos- interrumpió bruscamente la voz de papá cuando mamá todavía no había acabado de hablar, -¿Cómo que un hermanito?- Iván miró a su alrededor mientras los cereales hacían equilibrios sobre la cuchara que se había quedado petrificada a mitad de camino del tazón de bob esponja y su boca, creía que de un momento a otro, otro niño aparecería y se sentaría a desayunar con él, y y no podría deshacerse de él nunca, pero por suerte no apareció nadie, cosa que lo tranquilizó haciendo que inconscientemente el brazo acabara de meter la cuchara en la boca, -Un bebé cariño, vamos a tener un bebé- la voz de mamá se volvió más mimosa y agachándose junto a su silla le limpió la comisura del labio con su dedo gordo y le dió un fuerte beso en la mejilla que resonó por toda la cocina, -¡Un bebé!, yo no quiero que compreis un bebé, los papás de mi amigo David compraron uno y dice que es un royo, que no hace nada, solo llora y hay que limpiarle la caca porque el muy cochino no va al water- papá lo miró lebantando una ceja poniendo ésa mueca graciosa que ponía él cuando escullaba algo insólito, -No tío,no, no vamos a comprar un bebé, los bebés no se compran en ningún lado-, -Entonces ¿de donde lo vais a sacar?- papá sonreía todavía con su ceja en alto mirando a mamá nerviosamente, -De ningún sitio ratoncito porque ya lo tenemos...- mamá le cogió la mano y se la deslizó dentro de su ropa hasta que la apoyó en su barriga, Iván notó el tacto caliente y suave de la piel de su madre, la miró fijamente sin saber que decir, mamá tenía los ojos como si fuese a llorar de un momento a otro, pero no se le veía triste en absoluto, Iván se sintió raro, de repente le daba la sensación de que todo estaba creciendo a su alrededor mientras él se iba haciendo más y más pequeño, -...lo tengo yo amor, está aquí dentro-, Iván se sentó bien y se concentró en acabar su tazón de cereles, -Un bebé dentro de mamá- pensó, la idea no se le antojaba muy atractiva, y tuvo que masticarla algo más que los cereales de su boca, dentro de mamá no debería haber mucho espacio, intentó recordar al hermanito de David, si que era pequeño, pero no lo suficiente como para poder estar dentro de mamá, quizás el que mamá tuviera dentro fuese más pequeño, igual que había personas más grandes y más pequeñas, entre los bebés puede que fuera igual, y mirando con disimulo la barriga de su madre pensó -El nuestro debe de ser de los más pequeños, sueguro-.

-¿No estás contento ratoncito?, tendrás un hermanito con quién poder jugar-, -¿Y cómo voy a jugar con él si lo tienes tú ahí dentro?, ¿y por qué no lo sacas ya, es que tienes miedo de que te lo quite alguien?-, -No cielito, no va a estar aquí dentro para siempre, algún día saldrá, pero tiene que decidirlo él cuando quiere salir, mientras tanto tendremos que esperar-. Iván notó que papá lo miraba sin decir nada con una expresión divertida, su ceja ya había vuelto a su posición original, pero se mordía el labio con cierto nerviosismo, igual que cuando le reñía por algo pero que en el fondo le había hecho gracia y quería reirse; se le acercó despacito y juntando su boca hasta casi rozarle la oreja le susurró, -Y tranquilo tío, nosotros nos ocuparemos de que nadie nos lo quite-, lo besó en la frente apretándolo fuertemente, Iván sintió clavarse lo pelos de la barba de su padre en la piel, pero esta vez no se quejó, desde el momento en que puso su mano sobre la barriga de su madre supó que algo iba a cambiar, ése bebé, cuando estuviera fuera, iba a ser una seria competencia dificil de superar, cuando la mamá de David llegaba a la puerta del colegio arrastrando el carrito con el bebé dentro todas las demás mamás y papás corrían a mirarlo metiendo desesperadamente la cabeza dentro aquella especie de capazo, y de repente les cambiaba el tono de voz y decían cosas inconcluentes dejándolos a todos ellos de lado sin hacerles mucho caso; pensar en ésa situación dentro de casa y durante todo el día le pusó un manojo de mariposas en el estomago, ¿qué sería de él si mamá y papá iban a tener que dedicarle todo el tiempo al bebé?, ¡si iban a tener que limpiarle hasta la caca!, ¿quién se ocuparía entonces de él?, le gustaba como etaban ahora las cosas, el, mamá y papá, los tres juntos, sobre todo desde que papá no iba nunca a trabajar, no sabía porque papá ya nunca trabajaba, pero a él le gustaba, le gustaba que papá lo acompañase al colegio agarrándolo fuertemente de la mano como solía hacer, le gustaba que fuese con él al parque y jugar los dos juntos, o que le ayudase a hacer los deberes, si, quería que todo siguiese así, los tres solos y nadie más, -¿Por qué se habrán buscado otro bebé?- pensó, y la respuesta que recibió de él mismo lo entristeció por completo -Quizás se hayan cansado de mí-.



-Yo no digo mentiras, eres tú que no sabes nada.-, a David no le gustaba que dudasen de su palabra, y menos aún en aquel caso, cuando tenía a su favor el don de la experiencia, hablaba con mucha seguridad, penetrando a Iván con una durísima mirada que proyectaba bajo un entrecejo fruncido y unas cejas rubias. Iván dudaba de la explicación de su amigo, sentado contra la balla del colegio, había escuchado pacientemente toda la explicación de su amigo, que con sumo detalle le estaba contando todo lo relacionado con el mundo de los bebés, pero llegado a ése punto, no pudo seguir callado y cuestionar la explicación de su compañero,-No, no es verdad, éso no puede ser-, Iván intentaba hacerse una imagen mental que diera forma a todo aquello,y las más variopintas ideas pasaban por su mente, y una tras otras las iba descartando pareciéndole más absurda que la anterior, -Claro que puede ser, me lo ha contado Javi, y a él su primo que es mayor, ya va a sexto.-, -Pero entonces ¿cómo pueden los papás meter a los bebés dentro de las mamás?-

-No lo entendí muy bien, pero el primo del Javi le dijo que a las mamás les metían los bebés por donde hacen pipí.-, Iván no encontró imagen mental para aquello, nunca había visto por donde su mamá hacía pipí, pero si se parecía a por donde el lo hacía, éso si que era imposible,-No puede ser, ahora si que estás mintiendo,¿cómo van a meter un bebé por ahí, son demasiado grandes?, ¿y acaso los papás no tienen miedo a que las mamás se enteren y se enfaden castigándolos?-, -Tonto, los bebés son muy pequeñitos cuando se los meten a las mamás, y luego van creciendo poco a poco hasta que ya no cojen ahí dentro y entonces salen...-, -¿Y por donde comen para hacerse grandes si siempre están hay dentro?, listo-, -Las mamás le dan de comer por el ombligo, éso me lo explicó mi madre, así que debe de ser verdad-, -¿Y por donde salén, eh?-, -No estoy muy seguro- dudó -Pero creo que por el mismo sitio que por donde entraron-, David se levantó de improvisto y corrió alegre detrás de una pelota que pasó botando justo delante de ellos dando así el final a la conversación. Iván se quedó solo, penstivo, intentado dar forma en su cabeza a todo aquello, cuando el sonido del timbre indicó el final del recreo, fué consciente de que durante la conversación con David había estado haciendo más y más grande el agujero de su rodilla, -Valla- pensó -Hoy me llevaré un buena riña-.

La noche entraba sigilosamente por la ventana, dejando morir el día hasta la resurreción de la mañana, Iván, cansado, decansaba con la espalda apoyada contra el sofá sentado en el suelo, la tele le escupía a la cara la imagen de un serie animada, papá, sentado en una punta del sofá, le acariciaba el pelo a mamá que reposaba la cabeza sobre sus piernas tumbada a lo largo, a Iván le aburrían aquellas series de dibujos animdos que daban siempre después de cenar, nunca entendía nada de lo que hablaban, pero a papá le encantaban, y siempre le dejaban verlas un rato antes de irse a dormir. mamá estiró la mano y le acarició la cara de ésa forma tan delicada que solo ella sabía hacer, -Bichito, es hora de irse a la cama- le dijo mamá sin apartar la mirada de la tele-, Iván se giró y apoyó la barbilla sobre el asiento del sofa justo donde estaba la barriga de su madre, la observó un minuto en silencio y sin decir nada le subió el jersey a su madre dejando al descubierto el abdomen desnudo de ella, acercó la cara par poder mirarlo de cerca, casi podía sentir en sus mejillas el calor que desprendía, puso la palma de su mano encima mientras sus padres le miraban extrañados, su madre le acarició el cuello por detrás, Iván la miró a la cara y al ver sus ojos le preció que su madre se iba a poner a llorar, pero nó por tristeza; Iván deslizó los dedos por el vientre de su madre e introdujo uno dentro de su ombligo, su madre se lo sacó de un manotazo dando un pequeño salto e incorporándose un poco, -¿Pero qué haces ratita?- le preguntó divertida, -Nada mamá, solo estaba probando una cosa-, su madre lo cogió en brazos, -Ésta noche bichito, te has ganado dormir con nosotros- y lo comodó en la cama mientras se tumbaba su lado, -Tú si que sabes ganártelas ¿eh chabal?- le dijo su padre apagando la luz y arropándolo. En mitad de la noche Iván despertó, su madre lo abrazaba contra ella, su respiración lo mecía como arrullándolo para que volviera a dormirse, su padre, al otro lado, dormía con un brazo encima suyo, Iván volvió a tocarle la barriga a su madre, despacito, para no despertarla, su vientre empezaba tener una curba hacía afuera, -Puede que David dijera la verdad y el bebé ya esté creciendo ahí dentro, pero es imposible que por el ombligo de mamá entre comida- intentó imaginar como lo haría el bebé entonces para poder comer, pero no se le ocurrió nada -Cuando el bebé salga seremos muchos y no cogeremos todos en ésta cama, no podremos dormir más con mamá y papá, o puede...- pensó -...que ya no me dejen dormir aquí solo a mí-.




4



El chirrido de la goma contra el suelo la sacó de sus pensamientos, se había quedado como solía decirle Julio "un poco alelá", la enfermera que había pasado junto a su lado miró de reojo hacía otro lado evitando las miradas de todas las mujeres que estaban en la sala de espera, una chica joven se levantó cuando la vió cortándole el paso antes de que ésta se escabullese otra vez por la puerta,-Perdona, es que tenía hora a las diez menos cuarto y ya es la una y...-, la enfermera la esquivó en un ágil movimiento introduciéndose por una pequeña abertura de la puerta mientras le contestaba -Las llamarán por el nombre-, la puerta resonó en toda la sala al cerrarse; Laura también estaba cansada de esperar, pero se imaginó la vida de ésa pobre enfermera teniendo que soportar el "cuando me van a llamar" de decenas de embarazadas histéricas durante todos los días de su vida y no le pareció tan mal respirar hondo y tener un poco de paciencia, total, por mucha rabieta que montase iban a tardar lo mismo en atenderla. La chica se sentó cuidadosamente con cara de avergonzada sujetándose cuidadosamente la enorme barriga que tenía mientras lo hacía, parecía muy joven y no tenía cara de mala persona, entonces a Laura no le pareció bien la forma en que la enfermera la había tratado, por muy cansada y harta que estuviese, no tenía derecho a contestarle tan secamente y cerrarle la puerta en las narices, total, ése era su trabajo, si no le gustaba pués que se fuera a sembrar patatas como decía su abuelo. Le hizo gracia la forma en que había cambiado de simpatías de una a otra en tan solo un momento, según como te pillase el asunto, podías simpatizar con cualquier persona y cojerle antipatía a otra y viceversa sin importante realmente mucho las razones que argumentar; quizás ése fuera el verdadero problema del mundo, igual por éso la sociedad daba pena, porque la gente simpatizaba u odiava sin razón aparente, tan solo por como la pillasen en ése preciso momento.

Cuando se dió cuenta de que volvía a quedarse alelada empezó a juguetear con un mechón de pelo para disimular, últimamente le estaba pasando mucho éso, a la que se daba cuenta su mente estaba en la luna y ella se quedaba mirando fijamente a ninguna parte, traspasando con la mirada a personas y paredes por igual. Dejó de mirar a la chica por miedo a que esta se sintiese incómoda y le dijera algo, entonces sería ella la que se sintiera verdaderamente incómoda, alrededor todo estaba iluminado por una preciosa luz que entraba por unas altisimas ventanas pegadas casi al techo y reforzada por una verdosa luz de unos viejos y sucios fluorescentes dentro de unos anticuados plafones, pasó la vista lentamente por las paredes leyendo cuidadosamente una infinidad de carteles que pegados por unos trozos de seco y amarillento celo por las esquinas intentaban tristemente adornar el local. Desde carteles con niños rubios y regordetes pidiendo silencio con uno de sus rechonchos deditos puesto sobre los labios hasta otros hablando del peligro de la hepatitis C al viajar a paises exóticos o la necesidad de avisar que se está embarazada a la hora de hacerse una radiografía si fuese el caso, todos fueron leidos con gran interés por ella, por lo menos la primera vez que lo hizo, pero a la tercera o cuarta vez que los había leido empezaron a perder su interés.

-Alicia Vergara- llamó con firmeza la voz de la enfermera, el eco de su voz se perdió por el pasillo que salía a la izquierda de la sala y que llevaba a los ascensores principales del ambulatorio; la chica que le había preguntado hace un rato se levantó colgándose torpemente el bolso del brazo izquierdo, la enfermera le aguantó la puerta para que pasase, las dos se miraron y se sonrieron mutuamente mientras está pasaba y la enfermera le acariciaba el hombro acompañándola dentro de la consulta, a Laura le pareció que la expresión de la enfermera no era tan dura en ése momento y le gustó notar como la balanza de su simpatía se equilibraba a favor de las dos mujeres.

Su mirada volvió a perderse por toda la sala, pero está vez, en vez de entretenerse con los carteles, su mirada fué escrudiñando al resto de chicas que la rodeaban, toda una jauría de embarazadas con cara de agobio ocupaban todo el alrededor, una de ellas, sentada justo enfrente, con ambas manos metidas debajo de la cintura del pantalón, recibía besos pequeños y con sonido humedo de su pareja mientras cuchicheaban cualquier cursilería él uno al otro, él la miraba con brillantina empalagosa en los ojos y ella sonreía coqueta y apoyaba la cabeza en su hombro, -Estos deben de ser primerizos- pensó con una maléfica sorisa que le torció ligeramente la comisura del labios hacia arriba. En la sala había un par de mujeres más acompañadas por sus parejas, todas muy jóvenes y risueñas, el resto estaban solas y cabizbajas, -Estas deben de ser de las mías- . Volvió a mirar a la primera pareja con su interminable ritual de apareamiento compuesto por una infinidad de piquitos y miraditas endulzadas, pensó si el resto de chicas estaría sintiendo la misma clase de envidia que estaba sintiedo por los dos, le encantaría que Julio estuviera allí, dándole pequeños piquitos en la boca y mirándola con ojitos de cordero degollado, como echaba de menos a ése Julio, el Julio que siempre se sentia enamorado y la acosaba a base de besos, caricias y piropos, el Julio que se dormía abrazado a ella y no cambiaba de postura en toda la noche, suponía que las relaciones iban madurando, y que ése estado empalagoso era una de las primeras facetas en pasar de largo, volviéndose todo un poco más monótono pero adulto, pero ella echaba mucho de menos aquello, pero también se le había quejado Julio muchas veces que desde que nació Iván, él había pasado a un segundo plano para ella, y seguro que no mentía, solo que ella no era consciente de aquel cambio igual que Julio no llegaba a serlo del suyo, así que tampoco podía reprocharle nada.

-Marisa Paredes-, la voz de la enfermera volvió a retumbar contra las tristes paredes de la sala de espera, una pareja se levantó apresurádamente y se dirigieron a la consulta a toda prisa mientras él pasaba guardando el equilibrio cargado con el bolso, la chaqueta y una larguísima bufanda de ella, la puerta volvió a cerrarse severamente, "COMADRONA" rezaba en un amarillento cartel impreso y mal colgado de ella; los besos de la pareja de antes habían cambiado de sonido, ahora eran más lentos, incluso bonitos llegó a pensar Laura, por un momento llegó a sentirse avergonzada por estar observándolos continuamente, pero no podía evitarlo, a la que apartaba la mirada intentando centrarse en otra cosa, sus ojos volvían sobre sus pasos en busca de aquel bello espectáculo, si Julio estuviera allí con ella, aunque no fuese besándola, solo allí, a su lado, haciéndole más amena aquella aburrida espera, pero no había podido venir, quizás si ella le hubiera insistido un poco, o le hubiera hecho entender la ilusión que le hacía que la acompañase, él seguro que se lo hubiera montado para poder hacerlo, pero no quería agobiarle, ultimamente se veía un poco más nervioso y agotado; si, quería dejarle un poco de espacio para que se relajase e hiciese sus cosas, pero si ella se lo hubiera insinuado un poco, quizás...

-¡Joder!- dijo una voz a su lado -Como sigan besándose así voy a tener que pedirles que me dejen participar-, una chica se había sentado en el asiento contiguo sin que se hibiera dado cuenta, parecía un poco mayor que ella, tenía media melenita morena que a duras penas le tocaba los hombros, no dejaba de mirar también a la pareja de enamorados, y mientras lo hacía se rascaba lentamente el cuello, donde estaba dejando una marca rosada en la pálida piel, -¡Dios!,lo que daría yo por unos buenos besos ahora, y no me importaría que me los diese ése bombonazo de ahí enfrente- e hizo una señal con los ojos dirigiéndolos al chico de enfrente. Laura pudo ver que tenía unos llamativos ojos verdes que, junto con el pelo negro y la palidez de la piel la convertían en una mujer preciosa, su mirada era firme, penetrante, de ésas que en un segundo te llegaban al interior de el alma y te arrebataban todos tus secretos. Laura se sintió obligada a apartar la suya, le dió la sensación de haberse hecho más pequeña ante aquellos ojos verdes; al agachar la cabeza se encontró con una blusa a cuadros ceñida a la cintura y con los tres primeros botones desabrochados, el escote dejaba ver el bonito encaje de un sujetador que seguro ue tenía que ser carisimo, Laura no pudo evitar comparar sus pechos con aquellos, siempre lo hacía, inconscientemente, a la que otra chica se cruzaba en su camino la comparación de pechos era inevitabe, -Si, se me están poniendo que ¡GUAU!, si hubiera sabido que iban a tener éste aspecto, ya sabes, me habría estado quedando embarazada todos los días del año- y le guiñó un ojo haciendo que Laura se sintiese avergonzada, ruborizándose y notando como el color le encendía las mejillas -No... estaba mirando tu camisa... es genial...-, -Tranquila chica, además, las tuyas tampoco están nada mal, seguro que tú chico se engancha a ellas cada noche y no te lo puedes quitar de encima ni haciendo palanca- Laura la miró con los ojos muy abiertos, las dos se miraron mutuamente en silencio unos segundos, y de repente empezaron a reir, sus risas rompieron el monótono silencio de aquella triste sala de espera, todos las miraron, y cuando se dieron cuenta de que la pareja de enfrente había dejado de besarse para mirarlas también, volvieron a estallar en carcajadas, -Marta heraldo- llamó con firmeza la voz de la enfermera intentando hacerse oir por encima del bullicio, -Bueno, me toca- dijo levantandose mientras con un dedo intentaba que no se le corriese el rimel -Espero que ésta no esté obsesionada con meterme algo duro y frío como mi ginecólogo-, al dirigirse hacía la consulta Laura pudo ver que iba enfundada en unos ajustadisimos leggins que le hacían una figura estupenda, -Tranquila- penso Laura -Cuando acabe todo ésto no volverás a tener ése culito respingón tan mono- la observó hasta que cruzó la puerta y ésta se cerró tras ella, pensó que era una mujer guapisima con un cuerpazo de escándalo, quiso sentir envidia y odiarla como hubiese hecho por cualquier otra chica guapa que se hubiese cruzado en su camino, quería odiarla por aquellos ojazos, quería odiarla por aquellos labios perfectos o por aquel culo que seguro que hubiera hecho que Julio se rompiese el cuello girándose para mirarlo si se hubiese cruzado con ella, pero no pudo, no sabía muy bien por qué, pero aquella chica se había ganado su cariño tan solo con hacerla reir, no le hubiese importado estar un rato más con ella, hablar de algo o conocerla mejor, tenía pinta de ser una persona muy interesante, -Marta- pensó intentando retener aquel nombre en la memoria.



La tarde había empezado a apagarse cuando Laura abandonaba el ambulatorio, se paró enfrente de la puerta a abrocharse la cremallera de la chaqueta, el frío repentino le proporcionó una sensación agradable en la cara, respiró hondo notando como aquel aire frío le alegraba los pulmones, se metió las manos en los bolsillos y se acarició el abdomen con disimulo, haciendo que se recolocaba la chaqueta para que nadie notase que lo que realmente hacía era darle un mimo a aquel ser que se estaba creando en su interior, -Joder bonita-escucho decir detrás suyo -Si tardas un poco más me quedo congelada, tengo los pezones que podría cortar cristal con ellos-, Marta estaba apoyada en un coche mientras fumaba un cigarrillo en ésa postura tan sexy en que fuman las guapas de las películas, con un brazo elrededor del abdomen y el codo del brazo que sostenía el cigarrillo apoyado en éste, llevaba un abrigo negro perfectamente cerrado hasta llegar al pecho, donde dejaba al descubierto su espectacular escote, -Mira chica, si sigues mirándomelas, al final voy a pensar en algo raro-, Marta río al ver que Laura volvía a ruborizarse, -Venga, venga, vamonos a tomar algo a un sitio que conozco aquí al lado, que después de estar toda la tarde ahí encerradas nos lo hemos ganado-, -Yo... es que no puedo, tengo a mi niño, Iván, con mi suegro, y ya he estado mucho tiempo fuera-, -Deja que el abuelo malcríe a ése hijo tuyo un rato mas y tú vente conmigo, y vete abriendo ésa chaqueta para lucir a ésas dos, tenemos que lucirnos un poco antes de convertirnos en unas vacaburras cómo esas de ahí dentro- la sonrisa le llenó la cara haciéndola relumbrar en aquella prematura oscuridad, la boca de Laura también esbozó la suya, -Me llamo...-, -Te llamas Laura, lo sé, escuche cómo ésa becerra gritaba tú nombre cuando yo salía, y tú escuchaste el mío antes, y como las dos sabemos como nos llamamos mutuamente, vamos a dejarnos de tontas presentaciones prefabricadas-, la agarró fuertemente por la muñeca y la arrastró calle abajo sin aceptar un "nó" por respuesta.



5



El suelo del parque se veía tapizado por una alfombra de pequeñas huellas en forma de tridente por toda la arena, las palomas corrián nerviosas de un lado para otro devorando con impaciencia los pellizcos de pan que arrancaba Sebastián de su bocadillo, desde el banco podían ver como dos hermanos gemelos correteaban y trepaban por las extrañas construcciones de la zona infantil, -¿Por qué son tan raros los parques de hoy en día tío?, no lo entiendo, antes teníamos columpios, toboganes, medialunas... pero ahora ¿qué cojones es éso?- y señaló a un estructura donde uno de los hermanos se colgaba intentndo subir trabajosamente -¿Par qué sirbe tío?, ¿cómo quieren que los niños sepan que hacer con éso? ni siquiera yo como debería usarse ésa mierda-, Sebastián miró a Julio esperando una respuesta, pero éste se dedicó a seguir absorto en sus pensmientos mientras se comía su bocadillo sin muchas ganas, -No se tío- le contestó al fin, sintiendo la insistente mirada de su amigo clavada en él -Quéjate al ayuntmiento si no te parece bién, igual te hacen más caso que cuando nos manifestemos en la puerta para que no permitiese el cierre de la fábrica-, Sebastián hizo caso omiso al comentario de Julio, las risas de los niños volvió a atraer su atención, -¿Y por qué se han empeñado en ballar todos los parques, míralos tío, parecen cochinillos enjaulados, ¿por qué no los dejan correr libremente como haciamos nosotros cuando éramos niños...?-, -Porque cuando nosotros éramos niños no habían tantos coches ni tanta carretera, si uno de esos críos se le escapa a la madre en un descuido y se tira a la carretera, PUM, adiós niño, ¿no te parece?-, -Nó, no me parece, pués que no se descuide la madre y punto, si no los quiere vigilar pués que no los hibiera tenido y punto, que culpa tienen los chiquillos de que el mundo se haya convertido en una mierda y encima nosotros, los adultos, seamos cada día que pasa más gilipollas-. Las palomas levantaron el vuelo repentinamente al pasar a su lado un chica haciendo footing con ropa deportiva bastante ajustada, -¡Valla!, me han dado ganas de salir corriendo detrás de ella- dijo Sebastián siguiéndola con la mirada, -Pués si que se te ha pasado pronto la indignación por los pobres niños, ha sido pasar ésa tía y punto-, -¿niños?, ¿qué niños?, ah ésos, que se jodan ahí dentro, además, me dan mal rollo los gemelos. Pero si fíjate, incluso ha dejado un rastro para que pueda seguirla y no le pierda la pista- y señaló al suelo donde las fuertes pisadas de la chica habían roto la monotonía de las huellas de paloma-, Julio le sonrió negando con la cabeza, desplegó el mapa de la ciudad que usaban para ir marcando los sitios por donde iban buscando trabajo y lo miró detenidmente, se lo sabía de memoria, cada día era la misma rutina, marcar la zona por donde iban a ir a repartir curriculums, decidir una ruta e intentar abarcar la mayor zona posible. Lo giró y dobló intentando encontrar alguna zona en la que no hubierán estado ya, sus ojos buscaron entre plieges desgastados de papel, lineas y anotaciones a bolígrafo, habían estado por toda la ciudad ya, y repetidas veces, en muchos sitios incluso les decían que todavía tenían guardado el último que habían llebado un par de meses antes, y en otros lugares, ni se los cogían; Julio dejo caer el mapa hacia un lado del banco donde estaban sentados desde hace un rato, estiró las piernas metiéndose las manos en los bolsillos de la chaqueta y apoyó la cabeza en el respaldo mirando fijamente al cielo, no había ni una triste nube que pudiera entretenerlo, ni un pájaro cruzó volando por delante de su mirada, ni tan siquiera una de ésas estúpidas palomas grises que Sebastián alimentab a tropicones con chusquitos de pan osó romper aquel desesperante y cansino manto azul que los cubría, -Tampoco nos ha ido tan mal ¿no, Julio?, los hemos repartido casi todos, y nos ha sobrado tiempo par comernos el bocata tranquílamente antes de ir a la reunión del sindicato-, -¿Y qué?, ¿cuantos hemos repartido ya en el tiempo que llebamos en el paro?, ¿y para qué?, ¿acaso te han llamado alguna vez de alguno, aunque tan solo sea para decirte que no les interesabas? ésto no tiene sentido alguno tío, estoy cansado de sentirme como un inútil incapaz de mantener a su familia y sacarla para adelante- Sebastián no sabía donde mirar cuando a Julio empezaron a saltárseles las lágrimas, lo conocía desde hace mucho tiempo y nunca lo había visto venirse abajo, se sintió incómodo en aquella situación, no sabía que decirle, como consolarlo, porque lo entendía perfectamente, sabía hasta que punto estaba llegando la desesperación a sus vidas, cómo el propio límite había superado el límite, y para éso no había consuelo alguno, -Venga nen, no puedes ponerte así...- intentó que sus palabras sonarán fuertes y seguras, pero hasta a él le costaba creérselas -...ni puedes permitírtelo tampoco, por Laura, por Iván y por esa criaturita que vais a tener dentro de unos meses, que van a hacer ellos si su padre y pareja se hunde ¿eh?, así que no seas mierda y tira "p´alante" que llorando no vamos a solucionar nada- Sebastián se levantó y empezó a caminar -Vamos tirando que el sindicato queda cacho lejos y no quiero llegar tarde, y coje ése mapa que mañana o pasado nos volverá a hacer falta-, no dijo nada más, porque notaba que si intentaba volver a hablar, sería él quién empezase a llorar.



-¿Has visto la cara con que nos miraban algunos al entregarles el curriculum?, ya deben estar en la papelera más de la mitad, por no decir todos-, Sebastián caminaba cabizbajo contando sus pasos mientras lo escuchaba, comprendía perfectamente como debía sentirse Julio, desde que se enteró que iba a volver a ser padre, el miedo y la desesperación se habían aferrado a él con afiladas garras imposibles de desprenderlas, aunque él se alegró por su amigo y por Laura cuando se lo contaron, en el fondo pensó que un bebé justo en éste preciso momento no era buena idea, y sabía que también en el fondo Julio pensaba lo mismo, y tenía que ser muy duro tener que luchar todo el día contra ése pensamiento, esforzarte minuto a minuto para mantenerte ilusionado sin dejar que el "¿y qué voy a hacer?" no te permitiera disfrutar de ése momento, -Julio tío, ¿por qué no te relajas un poco?- la cara de Julio adoptó una expresión de extrañeza fijando una dura mirada en Sebastián -Lo que quiero decir es que... no se tío, que descanses una temporada, que te quedes con Laura y disfrutes del embarzo con ella ahora que tenemos tiempo, porque cuando encontremos curro no vas a poder hacerlo, y te arrepentirás de no haberlo hecho cuando podías-, -¿Y cómo voy encontrar trabajo si me quedo en casa acariciándole la barriga a Laura?-, -Tío, yo estaré al tanto, si me entero de algo ya te lo diré, tranquilo; además, ¡lo que daría yo por poder estar todo el día acariciándole la barriga a Laura!- la risa de Sebastián sonó fresca en aquel microuniverso de tristeza que los rodeaba, Julio abrió los ojos como platos y las cejas casi se le salieron de l frente, su expresión quedaba a mitad e camino del asombro y la diversión,-¿Pero que dices capullo?, que estás hablando de mi mujer...-, -Eh, no me mires así, que no he dicho nada malo, solo te digo que todavía me acuerdo de cuando Laura estaba embarazada de Iván y ¡joder! estaba buenisima con barriga y todo-, Julio empujó bruscamente a su amigo hacia un lado y los dos rierón alegremente un buén rato, como dos niños que se acaban de contar el mejor chiste verde del mundo, cada vez que se calmaban y querían intentar cambiar de combersación, al mirarse volvían a estallar en carcajadas, -¿De cuanto está ya?- le preguntó Sebastián intentando recuperar la compostura, -No lo se exactamente, se me da fatal calcular éstas cosas, de unos cuatro meses creo, pero como ellas lo cuentan por semanas... es un lío tío-, -¿Y no crees que a Laura le gustaría que estés un poco más con ella?, piénsalo tío, va sola a los médicos ésos de embarazadas, siempre dejando al niño con tu padre, o arrastrándolo de un lado par otro; ya sabes como se ponen cuando están preñadas tío, sensiblonas y todo éso, igual se siente un poco abandonada ¿no crees?- Julio no pronunció palabra, por mucho que le dolía, sabía que Sebastián tenía razón, que desde que se enteró de la noticia, había tenido muy abandonada a Laura, pero la necesidad de salir de aquella situación podía más que todo lo demás -¿Y que me dices de Iván?, igual necesita estar un poco con su padre antes de tener un hermanito que acapare todo el tiempo del mundo ¿no?- al escuchar éstas palabras a Julio se le volvió a poner un nudo en la garganta, era verdad, en ningún momento se habían parado a pensar como estaba llebando Iván todo esto, igual su cabeza estaba hecha un lío, no era más que un niño, un pobre niño al que le habían dado la noticia de la llegada de un hermanito de la misma manera como si le hubiesen tirado un cubo de agua fría por encima y nadie se hubiera molestado ni en darle una simple toalla para secarse, -Ya lo se Sebas, ¿qué te crees, que no pienso en todas éstas cosas?, pero es que no quiero que cuando nazca el bebé valla a tener que alimentarlo con lo que tenga que recoger del cubo de basura del supermercado de la esquina-.



Las voces se superponían las unas a las otras, todos tenían algo que decir, pero ninguno quería escuchar lo que los demás opinaban primero, y la mayoría creía que alzando la voz era la forma más eficaz de consegirlo, creando una ensalada de voces que bien aliñada con el humo del tabaco acumulado en el aire, creaba un hambiente rancio en toda la estancia, un olor casi físico, de color ocre y sabor amargo con tintes de ése sudor amantequillado que produce la desesperación por dentro de los cuerpos.

Julio y Sebastián habían sido de los primeros en llegar, y sentados en un rinón de la sala de actos del sindicato, fueron dando la bienvenida a todos sus excompañeros de la fábrica conforme iban llegando cual anfitriones de una lujosa fiesta, pero en la cual no había bailes ni camareros repartiendo bebidas y canapés, solo humo de tabaco cada vez más denso y gritos en el aire.

Las sillas se repartían desordenadamente por toda la sala, Julio recordó como en las primeras reuniones todos se sentaban con las sillas en fila ordenadamente orientadas hacía la mesa que presidía la sala, pero conforme fueron pasando las semanas, la gente fué haciendo corrillos y juntándose en pequeños grupos según sus simpatías y afinidades, fué a partir de entonces cuando empezarón los gritos y las subidas de tono, y aquellas reuniones que se habían creado para organizar la unión de los trabajadores para luchar por la reabertura de la fábrica y recuperar sus puestos de trabajo, se habían combertido en una especie de gallinero en el cual los personalismos, las antiguas rivalidades, las envidias y la ocurrencia de unas ideas más tontas que las anteriores por parte de lo compañeros más "eruditos" encontraban un cálido caldo de cultivo donde recrearse.

-Cada día somos menos ¿no?- Sebastián miraba a su alrededor pasando lista mentalmente de los asistentes -Por lo menos faltan quince o así-, -Normal- dijo Julio mientras uno de los miembros de la mesa intentaba poner orden y hacerse escuchar -Cada día que pasa pienso que Laura tiene razón en éso de que venir aquí ya no sirbe de nada, ¿qué estamos consiguiendo, eh?, nada, !absoluta y rotundamente nada¡, escuhar gilipolleces de uno y otro y tener que soportar a ,ese gilipollas sentado en la mesa de ahí enfrente haciéndose el puto "Che Guevara" cuando ni siquiera aparecía por la fábrica porque estaba liberado-, -Julio, tranquilo tío- Sebastián miraba nervioso de un lado para otro, su amigo había alzado la voz más de lo aconsejado para aquella clase de palabras, el silencio se había creado a su alrededor mientrras él hablaba, y ahora todos los puñalaban con la mirada desde sus ojos inquisidores, -Tranquilízate compañero- le dijo uno de los delegados sindicales -Ya sabemos que estais nerviosos y que las cosas se están poniendo muy duras para la mayoría de vosotros, pero dede aquí estamos haciendo lo que podemos...-, -¿Y qué es éso que podeis? porque desde hace unos meses lo único que os oigo soltar por ésas bocas es a quién tenemos que votar en las próximas elecciones ¿acaso creeis que vuestros putos políticos van a venir a pagarnos los alquileres y dar de comer a vuestros hijos?...- las duras miradas se dirigieron a los componentes de la mesa esperando una respuesta , los cuales se miraron entre ellos en silencio, las miradas se cruzaron entre unos y otros, de lado a lado, de punta a punta, inquietas y afiladas buscando una diana donde clavarse; comentarios de aprovación y en contra comenzaron a llenar la estancia, primero en susurros, luego más fuertes, danzando en el aire junto con las miradas y las ondas subrealistas del tabaco. Julio se frotó la cara fuertemente con las manos, clavó las palmas de ellas en sus ojos notando la presión en sus cuencas oculares, todo le daba vueltas, por su mente pasaban flashes de imágenes fugazmente dando vueltas en espiral igual que si las estuviese trayendo un tornado, recordó como al principio todo el barrio se volcó con ellos, las manifestaciones, los carteles y pancartas colgados por todos lados, las concentraciones y charlas en cualquier plaza siempre todo ellos con la presencia y el apoyo de los vecinos, pero poco a poco la gente se fué cansando, colaborando menos, primero los vecinos fueron recuperando la monotonía de sus vidas, luego algunos compañeros empezaron desparecer de la lucha, los medios de comunicación encontraron otras noticias mas morbosas y jugosas de las que nutrirse, y al cabo de unos meses, habían caido en el olvido con el único consuelo de las reuniones semanales en el sindicato para contarse sus penas a la espera del juicio, y lo que había sido un grupo de trabajadores en lucha, acabó combirtiéndose en una especie de patética grupo de deprimidos y frustrados relizando sesiones de terapia de apoyo semanales.

Julio miró las paredes esquivando las miradas de sus compañeros, paseó la vista toda la sala observando los carteles que colgaban de ellas detenidamente, viejos, amarillentos, arrugados, con las esquinas roidas y agujereadas por chinchetas decenas de veces a consecuencia de haber sido reutilizados una y otra vez mostraban imágenes de viejas luchas rezando antiguos esloganes obrerísticos, nada tenía que ver en lo que se había transformado aquel grupo con los mensajes de aquellos carteles, y mucho menos la ideología de quel sindicato, -No se como no se les cae la cara de vergüenza exibir ésos carteles, acaso no son conscientes de en lo que se han combertido- miró a Sebastián, su mirada era más tranquila y la expresión de su rostro se había serenado -¿Sabes Sebas? puede que tengas razón, puede que haya llegado el momento de que pase más tiempo con Laura e Iván, disfrutando del embarazo de ella y de la ilusión de la criaturita que nos está por venir-, todos le miraron marchar en silencio, convencido de sus palabras y de si mismo, cruzando la sala de juntas sin mirar a ninguno de ellos a la cara, incluso Sebastián, desde el rincón donde habían estado sentados en aquellas incómodas sillas plegables lo observó marchar sin decir palabra, sin un "adiós compañeros" o un "hasta la semana que viene" como solía hacer al final de cada sesión, sus pasos al alejarse sonaron a despedida, no ha despedida de hasta luego, si no a ésas despedidas de estación de película en blanco y negro donde una chica se aleja poco a poco en un tren de vapor mientras un joven enamorado corre trás ella por el andén gritando su nombre, tan solo que nadie corrió trás él, nadie gritó su nombre ni nadie le pidió que volviera, ni siquiera Sebastián, viéndolo marchar supo que ya no volvería más y comprendió que ya no quedaba nada más por hacer allí, ya no les importaban a nadie, ni a los vecinos, ni a los máss media, ni al sindicato, gracias a Julio lo había entendido, aquellas reuniones ya no eran una herramienta para organizar la lucha, tan solo era una manera de no ser conscientes de que ya no había nada por hacer, de que por mucho que lo negasen, lo habían perdido todo, igual que el resto de los seis millones de parados en aquel podrido país.

Cuando hubo cruzado la puerta los murmullos comenzaron de nuevo, -Me parece que a tu colega se le empieza a ir la olla- le dijo el compañero que más cerca se sentaba de él en aquel momento, -No- contestó Sebastián -Me parece que es a nosotros a quienes se nos está yendo la olla al seguir viniendo a estás inútiles reuniones-,y se lebantó apresuradamente para seguir a su amigo, corrió escaleras abajo saltando de rellano a rellano, pero cuando llegó a la calle no lo encontró. Le entraron ganas de fumarse un cigarrillo, pero se había visto obligado a empezar a dejarlo hace un par de semanas cuando no tuvo más remedio que volver a reducir gastos, se metió las manos en los bolsillos del pantalón y comenzó a caminar en dirección a su casa, tenía un par de horas de camino por delante y los viajes en metro también habían entrado dentro de aquella reducción, sería la hora de cenar cuando llegase, para algunos.



Laura cruzó la puerta del lavadero cargando un enorme montón de ropa en sus brazos, apenas veía por donde iba; tejanos, camisetas, calcetines y bragas se unificaban en una amorfa bola llena de mangas colgando y colorido diverso ocultando la mitad del pasillo hacia la habitación, en el comedor se podía escuchar el sonido del televisor y la vocecilla de Iván, le pareció que hablaba con alguién, pero supuso que sería parte de sus juegos, soltó el montón de ropa sobre la cama dispuesta a ordenarla para empezar a planchar cuando unos brazos la atraparón por detrás abrazándola por la cintura, sobresaltándola, dejando caer la prenda que tenía en la mano Laura se tranquilizó al oir la voz de Julio susurrándole al oido -Una mujer en tu estado no debería hacer esfuerzos señorita-, la apoyó de espaldas contra pared y la besó durante un buen rato, a Laura le preció que aquel beso era distinto, más calido y blando que de lo costumbre, era igual que los que le daba antes y ella tanto echaba de menos; intentó separarse de él, pero la apretó contra la pared sin despegar sus labios de los de ella, sintió como se ruborizaba y herizaba toda su piel al mismo tiempo que sus venas repartínan un subito calor por todo su cuerpo hasta el más remoto de sus capilares, -¿Y quién quieres que lo haga si no tengo a nadie que me ayude?-, Julio entendió lo sola que estaba pasando aquello, lo abandonada que la había tenido todo aquel tiempo y lo insensible que se había mostrado respecto a su estado; le puso la palma de su mano sobre l barriga, su abdomen se notaba ligeramente más abultado,-¿Sabes cariño?- le dijo antes de volver a besarla -Si no estubieses enbarzada, mañana lo estarías de nuevo-. Iván los observó desde el marco de la puerta y sin hacer ruido se dirigió al comedor y cogió aquellas extrañas fotografías que su madre había traido del médico -Si éste es el bebé, no creo que a papá le guste mucho- pensó mirando aquella mancha negra impresa en un tira de papel, pero algo dentro de él le decía que no iba a ser así, tampoco le importó, y dejándolas otra vez sobre la mesa, volvió a espiar a sus padres a través de la rendija de la puerta.




6



Observaba como el niño lo miraba todo, a Tomás le encantaba tener a su nieto en casa, dejándolo corretear por todos los cuartos e inspeccionándolos con tan solo la curiosidad que un niño puede tener, con algún -"Estate quieeeeeto"- cuando el pequeño Iván llegaba con sus cortos brazos pero con su larga curiosidad a uno de ésos lugares prohibidos a los niños en el mundo de los adultos, como podía ser el cajón de los cubiertos de la cocina, o donde Tomás guardaba los esenseres de afeitar.

Para Iván estar allí era toda una aventura, la casa de su abuelo tenía la perfecta ambientación de cueva de ladrones, siempre en media penunbra con las cortinas echadas, el abuelo Tomás sentado en el extremo del sofá mirando la televisión cual guardián de los tesoros que por allí se escondían, y no eran pocos, cada vez que Iván metía sutilmente la mano en alguna cajonera intentando que su abuelo no lo descubriese, siempre encontraba algo magnífico con lo que poder jugar y estar un buen rato entretenido, un viejo reloj sin pila, una linterna rota, algún que otro bolígrafo gastado, bombillas fundidas, tuercas oxidadas, de todo se encontraba por los fondos de aquellos cajones, toda una serie de extraños juguetes con los que Iván no se cansaba nunca de jugar, sabiendo que la próxima vez que volviese, el abuelo seguro que lo abría guardado todo otra vez en distinto lugar, con la excitación de tenerlo que encontrar todo de nuevo.

-Mamá tarda mucho abuelo, quiero irme a casa-, Iván empezaba a impancientarse, sentado en el suelo al lado de las piernas de Tomás jugueteaba con unos lápices que se había encontrado, pero ya no con tanto entusiamo, la verdad es que Laura llevaba mucho tiempo fuera, desde que se había echado a aquella amiga nueva, de vez en cuando le gustaba salir con ella, y si Julio estaba por ahi buscando trabajo, pués él siempre se prestaba voluntario para quedarse con el pequeño Iván, le encantaba que el silencio y la monotonía con la que convivía en aquella casa se viera rota por los sonidos de los juegos y los pasos de Iván llenando los pasillos y cada uno de los cuartos de aquella casa, la misma que después de la marcha de Julio, se había convertido en una especie de hueco húmedo y oscuro donde la soledad corroía las paredes como si del más cruel y despiadado salitre se tratase.

Tomás echaba de menos a Julia, no había dejado de extrañarla desde aquel fatídico día en que alguna fuerza sobrenatural incomprensible para la mentalidad del ser humano decidió que ella debía morir dejándolo a él solo,con un bebé recienacido en sus brazos, eran tan jóvenes, llevaban tan poco tiempo juntos, en aquella época las cosas no eran tan fáciles, ahora los jovenes se juntan y se separan en cuanto les place, pero cuando ellos eran jovenes, todo era distinto, Tomas recordó cuantas ganas tenían de irse a vivir juntos, de formar su propio hogar, su propia familia y los años que tuvieron que esperar para lograrlo, conseguir el consentimiento del padre de ella, que siempre pensaba que todavía eran muy jóvenes, preparar la boda y comprarse el piso, trabajando de sol a sol como jornalero para poder ahorrar algo de dinero, los años pasaban muy lentos y nunca parecía que fueran a lograrlo, pués por más que se esforzaban, siempre topaban con un bache que les tiraba todos los planes por el suelo, pero cuando él acababa arrojando la toalla, ella estaba ahí para recogerla del suelo y volver a colgársela del hombro -No te rindas amor...- siempre le decía Julia con aquella voz dulce y calmada que tenía -...lo conseguiremos, tendremos nuestra casa y formaremos nuestro hogar, no nos faltará de nada, ya lo verás, y yo pienso darte un montón de hijos, para que no te quedes solo por si yo me muero antes que tú-.

Iván se tumbó en el sofá recostando su cabeza sobre el regazo de su abuelo, mirando la pantalla de aquel viejo televisor mientras Tomás cabiaba compulsivamente de canal maltratando bruscamente el mando a distancia culpándolo de que no diesen nada bueno que ver, -Esto es una vergüenza, tantos canales y no dan nada, solo programas de ésos de gente gritándose e insultándose los unos a los otros, antes ésto no pasaba, cuando yo tenía tu edad, solo existían dos canales, la primera y la uhf, y siempre daban algo que ver, pero ahora, hasta los noticieros se han convertio en un espectáculo...-, Iván no entendía nada de lo que oía, pero le hacía gracia cuando su abuelo se ponía refunfuñón, menos cuando lo hacía por su culpa, claro. Iván bostezó acomodándose en el sofa, empezaba a anochecer y el salón empezaba a tener un tono azulado por la luz que desprendía el televisor, todo a su alrededor iba adoptando ése curioso color, las paredes, los muebles, incluso el rostro de su abuelo tenia ése color cuando Iván alzo la vista para mirarlo a la cara, -Abuelo- dijo Iván con tono adormecido -¿Tú crees que mis papás me querrán menos cuando nazca el bebé?-, Tomás miró a su nieto sorprendido, nunca se hubiera imaginado que estás cosas le pasasen por la cabeza a un niño de su edad. Se miraron un momento, Iván lo observaba con sus grandes ojos clavados en los suyos, esperando una respuesta, o más bien suplicándola, porque desde que sus padres le habían dado aquella noticia, ésa opción no se le había dejado de rondar por la cabeza, -No digas tonterías cariño- Tomás le acarició el pelo mientras le recostaba la cabeza sobre su pierna -No se deja de querer a nadie, ni se quiere menos a nadie, por tener otro hijo, tus padres te van a seguir queriendo igual, ni más, ni menos, cuando llegue el hermanito, puede que no te puedan prestar tanta atención como antes, pués lo bebés son pequeños y frágiles, además de que no saben hacer nada por ellos mismos, pero tú eras igual cuando naciste, aunque no te acuerdes, así que tendrás que ayudar a tu mamá con el hermanito y demostrar que ya eres un hombrecito, tendrás que cuidarlo y protegerlo, y enseñarle cosas conforme valla creciendo, y quererlo, porque él te querrá mucho, pués eres su hermano mayor y...-, Tomás notó la respiración regular y calmada del niño durmiendo sobre él, le apartó el pelo de la frente para poder ver bién los ojos cerrados de su nieto. Bajó el volumen de la tele y se dejó engullir un poco más en aquel sofá gastado por el paso del tiempo y el roce de su cuerpo. Alargó el brazo y cogió la foto de Julia que coronaba el centro de la pequeña mesa circular que se encontraba justo al lado izquierdo del sofá, junto al teléfono y a un cenicero lleno de colillas incrustadas en un mar de ceniza; la foto estaba enmarcada en un viejo marco metálico que en su día imitaba la plata, era una fotografía de estudio en blanco y negro que se había hecho un poco antes de quedarse embarazada, con el paso del tiempo había perdido parte de los contrastes y el papel empezaba a amarillear, pero era todo lo que le quedaba de Julia, ésa había sido la última foto que se hizo en vida, y también era la única que el conservaba. Julia estaba preciosa en ella, tan joven y llena de vida, Tomás miró la foto, acariciándola con la mirada, mimando con la vista el pelo largo y rizado de ella, la expresión de felicidad de su mirada, la linea perfilada de sus labios en aquella sonrisa que dejaba ver todos los dientes, la belleza de aquel rostro que nunca tapó con un gramo de maquillaje, vió sus manos sujetando aquella fotografía y no pudo evitar fijarse en su piel arrugada y llena de manchas, máculas y pecas que habían ido marcando los años igual que los círculos del tronco de un árbol, habían pasado muchos años desde que se sacó aquella foto, casi los mismos que hacía que ella lo dejara marchándose del mundo y dejando su belleza inmortalizada en aquella fotografía. Tomás notó una presión en el pecho, como si una mano le agarrase el corazón, se lo arrancase de cuajo y lo restregase violentamente por todas las paredes estucadas del piso antes de volvérselo a poner en su sitio, la misma sensación que sentía siempre cada vez que miraba aquella fotografía y notaba la soledad que le acompañaba cada día, abrazándolo en aquel sofá consumiéndole las ganas de seguir viviendo, -Sigues tan guapa como siempre...- Tomás acarició el cristal que cubría el retrato, despacio, intentando notar en la yema de sus dedos el rostro de Julia -...como todos éstos años que has estao acompañándome encima de ésta mesa, mirándome con tus lindos ojos... no sabes como te he echao de menos, todos éstos años sin tí, criando a nuestro Julio que siempre ha necesitao una madre, y yo nunca he podio llenar ése hueco por mucho que lo haya intentao, porque dejaste un vacio enorme en nuestras vidas. Te hubiese gustao Laura, ójala la hubieses llegao a conocer, creo que os habríais llevao bién, os pareceis mucho, y cogió a nuestro Julio cuando yo lo daba ya casi por perdio y nó lo soltó hasta hacer de él un hombre de provecho, además nos ha dao un nieto precioso, más el que viene de camino... son una familia perfecta, y a veces eso me pesa Julia, porque me doy cuenta de que nuestro hijo ya no me necesita, hace mucho que dejo de necesitarme, y está demasiao ocupao en tirar con su familia p'alante. Me siento tan solo Julia, todos los nuestros han muerto, y los que nó no estan mu finos que digamos, y yo no entiendo por que la vida s'ha empeñao en no dejarme morir de una vez, solo quiero irme contigo Julita, dejar de ser una carga y escapar de esta carcel que son los dias ¿cuando vendrás a buscarme, amor, cuando vendrás a buscarme?-.

La luz desaparecio cuando apretó el botón rojo del mando a distancia y el televisor cesó en su incesante proyección de imagenes, acarició el pelo de su nieto, hundió sus dedos en aquella masa de pelo rizado mientras se recostaba hacia atrás.

Cuando el teléfono sonó, Tomas estaba a punto de quedarse dormido al ritmo de la respiración de Iván, -Lo siento Tomás...- sonó apresurada la voz de Laura -...se me fué el santo al cielo, enseguida estaré ahí y os haré algo de cenar, le he dicho a Julio que valla para allá también a ver si llega antes que yo, y así cenamos todos juntos...-, -No te preocupes mi niña, y no corras que tu barriga ya no te lo permite, además, Íván se ha quedado dormido, y siempre se porta bien cuando está conmigo-, -Gracias Tomás, eres un encanto-.

Tomás volvió a recostarse he intentar recuperar ese sueño que se le escapó cuando había sonado el teléfono, sabía de sobra que pasaría un buen rato antes de que sonase el timbre.






7



la sangre le teñía toda la base de la uña mientras el dedo seguía hurgando en el padrastro, el dolor se hacía a veces insoportable, pero con darle una pequeña pausa, al ratito ya podía seguir escarbando en la herida intentando arrancarse aquel piquito de piel que tan obsesionado lo tenía, había estado todo el día tirado en el sofá o sentado en cualquier silla con la cabeza entre las manos, pensando en cual sería la mejor manera de dejar de pensar, pero, por más que pensaba en ello, más acababa pesando, entrando en un circulo vicioso del cuál solo conseguía evadirse con cada tironcillo del padrastro y el dolor que lo seguía. Las tardes habían empezado a hacerse más largas, no más luminosas, si no que la luz moría más lentamente, agonizando pequeños destellos rojizos que iban chorreando por las paredes a medida que el sol se ponía; el comedor se convertía poco a poco en una oscura caja negra, silenciosa, solo los pequeños sonidos que se colaban furtivamente por la ventana o los sigilosos pasos del vecino de arriba le acompañaban en el retiro voluntario que había decidido sufrir. Miró donde hace unos días habia tenido la televisión, un pequeño rodal grisáceo en la pared marcaba el sitio exacto donde la parte trasera de ésta rozaba con el estucado, la había vendido hace unos días, no recordaba exactamente cuantos, los mismos que hacía que no salía a la calle y se había recluido en el monasterio de sus propios pensamientos, el dinero que consiguió por ella no le dió para mucho, comida para un par de días y con la suerte de no tener que fregar los platos, pués el agua se la habían cortado un poco antes.

Se acomodó y alzó la mano poniéndola enfrente de su cara, pero la oscuridad, sigilosa y traicionera, se había adueñado del cuarto y no podía llegar a ver hasta donde llegaba la escabechina que se había hecho en el dedo intentando escapar de la paradoja mental sobre el pensamiento en la que él solo se había metido. Arto de pensar se levantó del sofá caminando en circulos por todo el comedor, entrelazaba sus dedos con el pelo, desenredándoselo a pequeños tirones, apretó el interruptor unas cuantas veces seguidas, sintiendo en las puntas de los dedos el "clic" y el "clac" del mecanismo cada vez que lo accionaba, la luz no se encendió, en ninguno de los intentos que hizo logró encenderla, no le extrañó, y aunque siguió intentándolo sabía que no lograría encenderla, la notificación de corte de suministro todavía estaba sobre la mesa, junto con la del agua, la del gas y la del teléfono, que apiladas en un perfecto montoncito, custodiaban el centro de la gastada superficie en la que se apoyaban, dándole calor a la de desahucio que fué la primera en llegar, y la que ahora se encontraba abajo del todo del montón. Sebastián se dejó caer escurriéndose de espaldas a la pared, dejando que el roce le calentase la piel y sentándose en el suelo, por la ventana podía ver la luz de las farolas que todavía no hacían contraste con el resto del exterior, dejó caer la cabeza contra el marco, la soledad empezaba a hacérsele pesada, y junto con el hambre, la sed y el llevar la misma ropa desde hace unos días habían convertido su casa en un simple cubículo continente de una nada que caminaba a grandes zancadas hacia el absolutismo.

Llevaba días sin hablar con nadie, caminando por el pasillo del piso en la oscuridad y entrando de vez en cuando en las vacías habitaciones con la inútil esperanza de encontrar una respuesta en alguna de ellas, allá, en algún rincón donde todavía no hubiera mirado, pero pocos riconcones le quedaban por mirar ya. De día todo era más llevadero, la luz del sol pintaba el interior de la vivienda y durante unas horas, era como si nada estuviera pasando, como si la vida no hubiera cambiado en nada y todo siguies igual que antes del cierre de la fábrica, pero la situación ya no era igual antes del cierre; recordó el día en que se fué Marisa, y como las cosas ya llevaban un par de años sin funcionar bien entre ellos, degenerando todo a silencios embarazosos, muros imbisibles y noches de espalda contra espalda en la cama; ahora llevaba unos tres años solo, desde el día que volvió de trabajar y ella no estaba, Marisa se fué sin decir adios, una nota sobre la cama fue su despedida, nota que a día de hoy todavía no había leido, no necesitaba leerla, desde que la vió allí encima, con toda la habitación revuelta por haber hecho las maletas a toda prisa, supo perfectamente de que hablaba, o por lo menos creyó saberlo, así que la metió en uno de los cajones de la mesita de noche recien vaciados por Marisa y allí la dejó. A Sebastián se le había hecho la soledad desde entonces cada día más pesada, -Es lo que suelen decir- solía pensar -Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde-, al principio fué muy duro, no sabía cocinar, todo lo que echaba a la sarten salía con el mismo tono oscuro y sabiendo igual, ya fuera chuletas de cerdo, huevos fritos o salteado de verduras, a la que salia de la sarten, todo tenía el mismo sabor; cuando iba al supermercado se paseaba por los pasillos arrastrando del carrito con cara de susto por aquel laberinto de pasillos atestados de productos que la mitad no sabía ni que eran ni para que servían y al final acababa volviendo a casa habiendo comprado de todo menos lo que necesitaba realmente; los paltos se amontonaban en el fregadero a una velocidad vertiginosa, reproduciéndose por si solos, por más que los fregaba, más platos aparecían en aquel estanque bajo el grifo de la cocina, y la lavadora, ésa gran desconocida en el mundo masculino, le arruinó prendas y prendas hasta que pudo llegar a domesticar a la fiera, más de una vez pensó que no le extrañaba que Marisa se hubiera marchado, -Soy un inútil-. Pero al menos en aquella época le quedaba la fábrica, no es que fuese una especie de fanático religioso de troquelar cajas de cartón, pero Julio y el resto de los chicos le hacían mucha compañía, hubo muy buen ambiente en la fábrica hasta que empezaron los rumores de quiebra, las reducciones de salario y los despidos, que aunque a cuentagotas, fueron amargando el ambiente hasta el día del cierre.

El último año había sido el peor, el paro, la espera de encontrar trabajo, los subsidios agotándose al mismo ritmo que el agua de la cisterna del water cada vez que tiraba de la cadena... todo un cúmulo de circustancias que convertían la soledad en un pesado lastre que cargar. Sebastián era el pequeño de tada la generación de primos y hermanos, y ya tenía 42, eso quería decir que el resto de la familia ya era demasiado mayor como para preocuparse de sus problemas, Laura y Julio habían sido su verdadera familia, los únicos que se habían preocupado un poco por su mísera existencia, Julio se había convertido en su hermano, lo amaba a él y amaba a toda su familia como si fuese la suya, le encantaba ir a cenar o a comer con ellos, pasar ése rato agradable en su casa, no cuatro paredes mal pintadas en la que se había convertido su piso, el de ellos era un verdadero hogar, con el pequeño Iván trepando por sus piernas y llamándolo "tío Sebas", los sonidos de Laura trasteando en la cocina intentando desengancharse de los abrazos de Julio para poder cocinar algo, el televisor de fondo sin que nadie le hiciera caso, revistas mal ordenadas encima del sofá y jugetes tirados a doquier por el suelo, así eran los verdaderos hogares, con montones de ropa por planchar encima de la cama y las últimas cartas recojidas del buzón encima de la repisa del recibidor. Nunca llegó a tener nada así con Marisa, en los buenos tiempos fueron felices juntos, pero nunca llegaron a tener lo que tenían Julio y Laura; se dió cuenta de lo mucho que los envidiaba, a veces se ponía a pensar en ellos, imaginándoselos en su casa, sentados en el sofá viendo algún programa chorra en la tele un sábado por la noche, como hacían las parejas normales, o yendo a comprarle ropa a Iván y obligándole a probársela entre los dos mientras él juguetea de un lado para otro, -Algo así de simple es lo que realmente nos da la felicidad, y tú, capullo, no supiste dárselo a Marisa- se dijo a si mismo mientras estiraba las piernas en el suelo y apoyaba las manos encima con aire de vencido, dejando que el aire se le escapase por las fosas nasales lentamente. Miró a la mesa con las sillas mal colocadas a su alrededor, se acordó de las cenas con Marisa, allí sentados hablando de cualquier cosa entre plato y plato, cambiando opiniones de cualquier tema que hubieran visto anteriormente en la noticias, aunque en el fondo no tuvieran ni idea de lo que hablaban, y seguir la conversación fregando los platos y colocándolos en el escurridor de encima del fregadero, pero luego llegó el silencio, tan sigiloso que ni siquiera oyeron sus pasos al acercarse, y sus debates se transformaron en incómodas cenas con cada uno absorto en sus pensamientos sin que los ojos se separasen del plato, con el sonido de los cuchillos rasgando los platos, cortando sin darse cuenta la finísima cuerda que ya casi no los unia, hasta que al final aquel sonido también cesó, se fué junto con los bestidos, los zapatos de tacón, los maquillajes del baño, la delicada ropa interior del cajón del armario, las zapatillas de handar por casa bajo la cama, el bolso colgado de la silla del comedor y el resto de las cosas que se llevó en aquella apresurada maleta, dejandole una única cosa como recuerdo al partir, aquella carta sobre la cama.

Sería bien entrada la noche cuando el sonido lo despertó, se había quedado dormido en el sofá con la ropa puesta, la verdad es que desde que se quedó solo no había vuelto a dormir en la cama, estaba tal y como la había dejado Marisa por última vez, no lo hacía por ningún rollo fanático, ni fetichista ni nada de éso, sencillamente creía que si se acostaba en aquella cama solo, notaría de verdad el hueco que había dejado ella con su ausencia y se pondría a llorar, cosa que no había hecho hasta la fecha y no quería empezar a hacer. Se sentía tan ridículo cuando lloraba, incluso de pequeño le pasaba, puede que el "No seas nenaza" de su padre seguida de un buen guantazo cada vez que lloraba de niño tuviese algo que ver, o puede que el lema "Los hombres no lloran, solo las mariconas" de aquel sargento chusquero que le tocó en la mili también influenciara, nunca se había parado a pensarlo detenidamente, pero llorar, lo que se dice llorar, no se le daba bien, puede que si en su vida hubiese llorado más, las cosas le hubieran ido mejor, o puede que solo hubiese conseguido escocerse los ojos.

El ruido volvió a repetirse otra vez, Sebastián se incorporó notando una pequeña palpitación en el dedo del padrastro, comenzó a urgarlo nerviosamente cuando el sonido se repitió por tercera vez, está vez más insistente, los golpes retumbaban en el pequeño recibidor repetitivamente, tamboreando la madera de la puerta cada vez más fuerte, -Joder, déjame en paz seas quien seas- pensó - Porque seas quien seas, esta noche no tengo ganas de verte colega-, se acercó arrastrando los pies, el sueño y la astenia lo hacían reptar igual que una serpiente recien despertada de un sueño bajo el sol. Los golpes se repetían más violentamente, el eco en su cabeza estaba empezando a irritarle cuando puso el ojo sobre la mirilla, la figura de Julio se distinguía en la oscuridad del rellano, instintivamente miró hacia la mirilla, como si hubiera notado que él lo espiaba del otro lado, y acercándose a ella le dijo -Sebas, capullo, abre la puta puerta o te juro por mis muertos que la echo abajo, tío- .

La respiración de Sebastián pesaba más que el aire, o ésa sensación le daba al sentirla salir por su nariz y caer en picado en su pecho; sentado en el suelo del recividor con la cabeza apoyada en las rodillas escuchaba como Julio se movía nervioso de un lado al otro del piso, apretando inutilmente interruptores y revisando el interior oscuro y vacío de la nevera, como si creyese que en una de ésas iba a llenarse mágicamente, había leido las notificaciones de encima de la mesa una y otra vez, buscando algo distinto en lo que realmente había escrito en ellas, las llevaba todas juntas estrujadas en la mano mientras esquivaba los montones de ropa sucia y estudiaba con detenimieno la pila de platos por fregar en la pica de la cocina, -¿Pero por qué tío? , ¿Por que no me dijiste que estabas tan mal, acaso crees que no te hubiera ayudado?, -¿Ayudarme a qué? si tú estás peor que yo, con Laura, con Iván... dentro de unos meses lo más seguro es que esteis igual, y además con un bebé de por medio...¿y encima quieres que valla a contarte mis penas?-, ¿Y qué pensabas hacer pedazo de gilipollas, quedarte aquí hasta caer muerto? llevas días sin dar señales de vida, ¿sabes lo preocupados que nos tenías, eh?, ¿por qué tío, por qué?-, -Porque quiero morirme joder, tienes razón, quería quedarme aquí hasta caer muerto sin molestar a nadie, porque ya estoy harto, harto de contar centimos desesperadamente, harto de que una botella de leche de sesenta céntimos me parezca cara, harto de mendigar un puesto de trabajo cada día, harto de no servir para nada, de joderle la vida a todo el que me rodea porque no soy una persona normal, soy un capullo subnormal que ni siquiera pudo hacer felíz a su mujer... tú tienes a Laura, que todos los dias de tu vida te recibe con una sonrisa cuando llegas a casa, con un abrazo cuando todo va mal, pero yo ¿dime que tengo yo?, estoy harto de esta soledad, de no ser nadie ni fuera ni dentro de casa... dejad que me muera de una puta vez, no lo aguanto más, dejad que me muera tío-, Sebastián se hundió en si mismo, llorando, sin sentirse ridículo, llorando por dentro, llorando por fuera, porque la vergüenza había alcanzado tal nivel que ya ni la sentía dejando que su amigo lo viera hacerlo. Julio se agachó y lo abrazó, los dos lloraron abrazados, nunca, desde que se conocían, habian experimentado una experiencia parecida, pero la desesperación había cruzado la raya sin que se dieran cuenta, Julio se sintió culpable, desde que Laura estaba embarazada solo habia pensado en él, y en como iba a salir de todo aquello, y sin querer había olvidado que su amigo también estaba viviendo una situación parecida, en ningún momento se paró a pensar que su querido Sebas lo estuviera pasando peor que él, -Tenías que habérmelo contado Sebas- le dijo una vez se hubieron calmado un poco -Tenías que haber confiado en mí-, Sebastián aún sollozaba, se enjugó las lágrimas que le corrían libremente por las mejillas con el dorso de la mano y respiró hondo para poder hablar, -No es que no confíe en ti, sabes de sobras que sí lo hago, es que me daba vergüenza reconocer que había tocado fondo sin hacer nada para evitarlo...-, -¿Cómo qué sin hacer nada para evitarlo?, salimos casi todos los días a buscar curro tío, no es culpa tuya que nadie nos contrate, que los políticos hayan llevado éste pais a la quiebra y que los duenos de la fabrica dejaran que se fuera a la mierda porque le interesaba más para sus intereses que invertir en ella y sacarla a flote-, -Ya, pero... no quería molestaros, bastante tenéis vosotros con lo vuestro cómo para tener que preocuparos por un don nadie como yo...-, -¿Cómo que un don nadie?, eres mi amigo capullo, mi brother, ¿lo entiendes?- Julio se volvió a agachar y lo beso fuertemente en la mejilla -Y ahora recoge lo que necesites y mételo en alguna maleta o algo así, te vienes con nosotros tío, yo voy a llamar a Laura, estará preocupada-.

El frío le helaba la cara, cabizbajo seguía el ritmo de los pasos de Julio con un gastado macuto colgado del hombro mientras su sombra lo adelantaba y se retrasaba alternamente en cada canvio de farola, la voz de Julio resonaba por todas partes a aquella hora de la madrugada, tenía un tono alegre, Sebastián sabia de sobra que se estaba esforzando mucho por levantarle el animo y hacer como si todo aquello fuese normal, pero no lo era, no tenía nada de normal que una persona de cuarenta y dos años tuviera que ser acogida por su amigo para no morirse de hambre sin tener ni un sitio para caerse muerto. Julio seguía hablando despertando a todo el mundo a su paso con su timbre de voz, Sebastián hacia rato que había dejado de escucharlo, absorto en sus pensamientos y en intentar dejar de sentirse avergonzado, pensando en que le diría a Laura en cuanto entrase por la puerta -Hola Laura, vengo a ocuparte el piso y a ser una lacra porque soy inútil- la moral se le cayó al suelo en cuanto pensó aquello, no podía evitar pensar que valía menos que nada, y que estaba pasando de ser una carga de si mismo a ser una carga para los demás, el sentimiento de querer morirse no tardó en aparecer, miró a Julio y le sonrió asintiendo con la cabeza para disimular de que no lo estaba escuchando mientras se subía el macuto que se iba escurriendo cada dos pasos, se miró los pies, uno detrás del otro y apresuradamente lo arrastraban casi en contra de su voluntad a casa de sus amigos. Una repentina tiritera le hizo meter las manos en los bolsillos de la chaqueta buscando un poco de calor instintivamente, con la mano izquierda palpó lo que llevaba en aquel bolsillo, el papel crujió, lo acarició con las llemas de los dedos sintiendo el frío tacto de la carta de Marisa.

Las llaves apenas rozaron la cerradura evitando el ruido para no despertar a Ivá, los pernos subieron y bajaron con una cautela ejemplar, como si por si,solos supieran la hora que era y la gravedad de despertar a un niño pequeño en plena madrugada. Nada más cruzar la puerta sintió el olor del hogar de su amigo, no era un olor desagradable ni mucho menos, era un olor sencillo y acojedor que invitaba a sentirte como en casa, Sebastián se quedó en el recividor con la puerta a su espalda, la luz de la habitación de Julio se encendió al fondo del pasillo iluminándolo con una leve luz amarillenta que se escapaba por la puerta entreabierta, -Julio amor ¿eres tú?- la voz de Laura salio a recivirlos en un susurro que se perdió zigzagueando por el pasillo hasta llegar a sus oidos, Laura salió de la habitación envuelta en una bata y con los pelos revueltos, se acercó y besó a Julio mientras le acariciaba la mejilla con la mano, durante un instante se miraron como si hiciese una eternidad que no se veían, a Sebastián le arrebató un momentaneo sentimientode envidia, no envidia de ésa que hace daño y destruye personalidades, sencillamente una envidia por el roce de aquella mano en la mejilla, de sentir el calor de otra persona cerca suyo en un acto tan simple como una caricia en la cara, o una mirada que hablase por si sola; Laura se adelantó con una sonrisa en la boca
poniéndose de puntillas para llegar a darle un beso en la cara que casi le salta las lágrimas, luego le descolgó el macuto del hombro pasándoselo a Julio y ,cogiéndolo por la cintura y apoyando su cabeza sobre su hombro y obligándole suavemente a empezar a andar le dijo -No te quedes ahí, pasa Sebas y tranquilo, ya estás en casa-.