Ceniza en el mar

 Ceniza en el mar
 Publicado en el 3º certamen de cuentos anarquistas del ateneo libertario Besòs en el año 2008

(A Navaro, gracias por intentarnos enseñar lo que aún hoy no hemos logrado aprender,
que la nada te sea leve.
Negras tormentas agitan los aires, nubes oscuras nos impiden ver...)




  El momento que más me gustaba del día, era cuándo la veía acercarse a mí por la mañana, saludándome con su -Hola guapo

- y su eterna sonrisa que iluminaba siempre su cara, ese momento no lo hubiera cambiado por nada en el mundo.

   Y como no, si existía un momento del día que era mi favirto, para mantener el equilibrio universal, también tenía uno que era el más odiado, y era cuándo ella se bajaba del coche de su novio en la puerta de la facultad, y cerrando la puerta del vehículo, metía medio cuerpo por la ventanilla para darle un beso de despedida; sentado en las escaleras de la entrada de la facultad observaba ese rutinario ritual de despedida, y cada día lo odiaba más.

   Algo tan simple como observar sus manos acariciarse entre si, o el resto de sus cuerpos, me hacía sentir unos enfermizos celos que, por mucho que lo intentaba, no lograba contener.

   Envidia, algo tan natural y propio del ser humano, para mi representaba algo vergonzoso, me avergonzaba de mi mismo por sentir envidia de Luís por ser el novio de Andrea, sobre todo porque Luís era un tipo estupendo que adoraba a Andrea y gracias a su situación económica podía ofrecerle una clase de vida que yo ni siquiera podía llegar a imaginar, y eso era una de las dos cosas que me hacían mantenerme al margen, Andrea se merecía lo mejor, y yo no podía dárselo. La otra era que me daba miedo perder su amistad si llegaba a enterarse de mis sentimientos hacia ella.

   Andrea y yo hacía varios años que nos conocíamos, cuando mi familia y yo nos mudamos a este barrio, ella fue la primera persona que conocí en el nuevo instituto, y desde entonces, no nos volvimos a separar ni un momento.

   Ahora, recordando aquellos días, no consigo entender como pudimos llegar a ser tan buenos amigos, no teníamos nada en común, Andrea era una chica preciosa, alegre y simpática, siempre tenía una sonrisa para todo el mundo, y si alguien se ponía a su lado, acababa dándole conversación aunque no la hubiera visto en su vida; y yo, era serio, callado, de personalidad tristona y belleza distraída (por no decir feo), perfecto príncipe de las tinieblas que se ocultaba en la oscuridad e intentaba pasar lo más desapercibido posible por la vida, sin hablar con nadie. Ni siquiera teníamos los mismos gustos en nada, ni en música, ni cine, ni ropa..., hasta nuestra forma de ver la vida era de lo más contraria, ella materialista y caprichosa, pensaba que el dinero movía el mundo; y yo, incansable idealista que, derrota tras derrota, luchaba por llegar a la victoria final. Pero a pesar de nuestras diferencias, desde que la conocí, siempre fuimos amigos.

  Al principio no estaba enamorado de ella (o eso creía), pero supongo que el roce hizo al cariño, y con el tiempo ese cariño profundizó en mi, yo no quería reconocerlo, me costaba creer que me hubiese enamorado de mi mejor amiga, pero con la llegada de Luís todo cambió.

   Cuando se iban los dos solos notaba un gran vacío, una soledad que llenaba todo mi cuerpo, y cuando estaba con ellos no soportaba ver como él la hacía reír, ella nunca se rió conmigo de esa manera, pero tal y como me he descrito antes, me parece que yo nunca hice reír a nadie.

   En mi afán por demostrarme a mí mismo que no la quería, me inventé mil historias y escusas que me autoengañaban para no pensar en ello, pero el día que me descubrí a mi mismo contemplando los pequeños detalles, cómo por ejemplo la forma que tenía de tocar las cosas, casi acariciándolo todo, o como se secaba la humedad de sus manos frotando sus palmas suavemente con la pernera de su pantalón los días de calor, y sobre todo, la forma de sonreír apretando los labios sobre si mismos, fue cuando me di cuenta de que estaba perdido.

   Un año, por mi cumpleaños, ella y Luis me prepararon una fiesta sorpresa, y cuando llegó el momento de soplar las velas de la tarta, Andrea se acercó a mi y me susurro al oído -Recuerda, tienes que pedir un deseo.- y yo, cerrando los ojos y soplando con todas mis fuerzas deseé el poder apretar mi pecho contra su espalda mientras le rodeaba la cintura con mis brazos y le besaba en ese preciso punto donde se junta el cuello con el hombro; una voz dentro de mi me lo acabó de confirmar -Tío, realmente estás perdido-. Ese deseo nunca se realizó, aunque apagué todas las velas de un solo soplido.Cuando asumí mi situación empecé a entristecer, y eso provocaba que estuviese más callada que de costumbre, y ella para animarme, se ponía más simpática y alegre de lo normal.

   Pero su alegría empezó a desvanecerse el día que apareció su enfermedad. Nunca olvidaré cuando entré en la cafetería donde había quedado con ellos, de lejos, mientras me acercaba a la mesa donde ellos estaban sentados, podía ver a Andrea mirándome sin su habitual sonrisa y a Luis llorando penosamente mientras le cogía fuertemente de la mano. Al sentarme en la silla que quedaba libre, pregunté con miedo que qué pasaba, y Andrea, con voz muy calmada me contó que hacía unos días había ido al médico porque no se encontraba del todo bien, y que al hacerle unas pruebas le habían diagnosticado un cáncer muy avanzado, sólo le quedaban unos meses de vida.

   No podía creérmelo, la verdad es que no quería creérmelo, pero era cierto y allí sentados estábamos los tres, Andrea, y yo nos mirábamos fijamente a los ojos sin decir nada, mientras Luis lloraba. Me prometí que no lloraría delante de ella, y seguí sin decir nada porque sabía que si intentaba hablar, rompería en un llanto desconsolado, y Andrea ya tenía bastantes lágrimas por esa noche. Luis, con la cabeza apoyada en su hombro aún no había podido dejar de llorar.

   Recuerdo que ese día Luis tenía turno de noche en el hospital donde trabajaba y que yo acompañé a Andrea a su casa, cuándo la dejé en el portal y me aseguré de que no me veía, lloré cómo nunca lo había hecho, y llorando y andando llegué de madrugada a la facultad, y allí, sentado en las escaleras de la entrada, me encontró Andrea a la mañana siguiente, y mientras miraba como se acercaba pensé -Luis y yo tenemos que estar más por ella que nunca, ahora nos necesita ella a nosotros-, pero no fue así. Luis cortó con ella a los pocos días, cuando Andrea me lo contó me sentí tan indignado que sin pensármelo dos veces, me planté en el trabajo de Luís y violentamente le reproché lo que había hecho, reprimíendole el daño que eso le estaba causando a Andrea en esos precisos momentos. Luis no dijo nada, sencillamente se giró y desapareció por uno de los pasillos del hospital con su bata blanca.

   Ahora me arrepiento de lo que hice, porque ahora entiendo que Luis no se viese con fuerzas de vivir aquellos días, fue durísimo ver como la luz que siempre rodeaba a Andrea se fue apagando lentamente.

   A los dos meses Andrea tuvo que dejar la facultad porque la ingresaron en un hospital (por fortuna, no en el que trabajaba Luis),y yo dejé la facultad con ella, porque decidí no separarme de su lado ni un momento. Andrea intentó convencerme de que volviese a la facultad, pero no lo consiguió, así que estuve a su lado todo el tiempo que me fue posible, hablándole, haciéndole compañía... y cuando se quedaba dormida, cogiéndola de la mano para que no se sintiera sola. Al principio no le faltaba compañía, venían a verla casi todos los días sus familiares y amigos, conforme fueron pasando los días, la gente dejó de venir tan a menudo y tuvimos más tiempo para nosotros solos.

   Un día, ya muy avanzada su enfermedad, Andrea me pidió que la llevase a la playa, porque no quería morirse sin volver a ver por última vez el mar. Estábamos en invierno y hacía mucho frío, así que intenté persuadirla de su idea, pues temía que se agravase su salud, pero ella insistió tanto, que al final no me pude negar, y en contra de todos los médicos y enfermeras, de familiares y amigos, la cogí medio en brazos dispuesto a llevármela a una playa,en ese momento me hubiese encantado tener la clase social de Luis para poder coger un avión y llevarla a una de esas playas magníficas que salen en las postales de los kioscos de las ramblas, pero me tuve que conformar con meterla en el metro para llevarla a la playa más cercana.

   Tampoco olvidaré nunca aquel día, los dos sentados en pleno diciembre en la arena de la playa, en silencio, viendo las gaviotas volar en el cielo por un lado, y a la gente haciendo footing por el otro. Hacía ya mucho rato que estábamos allí sentados sin decir nada, , y cuando estaba a punto de preguntarle a Andrea si quería marcharse, ella me preguntó con voz apagada y sin dejar de mirar hacía el mar -¿Qué crees que hay más allá del horizonte?-, yo miré hacia el mar, y en un penoso intento de animarla un poco le respondí -Así a groso modo, y si te echas a nadar en línea recta, yo creo que llegarías a Mallorca, así que cuando llegues, cómprame una ensaimada...-, ella sonrió con esa sonrisa que desde hacía meses yo echaba tanto de menos, y me dijo, -No, torpe, no me refiero a ese horizonte-, pensé un poco, y no muy gustoso y deseando no tener esa conversación con ella, le comenté, -No se que habrá más allá cuando te mueras Andrea, ni siquiera creo que exista un más allá.-, Andrea se acercó a mi y acostándose en la arena mientras apoyaba su cabeza sobre mis piernas me contestó -Tampoco me refiero a ese horizonte, me refiero al horizonte de las personas.-, no entendí a que se refería en ese momento, incluso pensé que igual desvariaba un poco a causa de la medicación, y sin decir nada, la levanté de la arena y la volví a llevar al hospital.

   Hoy hace justo un año que Andrea murió, y ese día es otro de los que no olvidaré nunca, Andrea cerró los ojos tumbada en su cama del hospital, y yo, cogiéndola de la mano, apoyé mi cabeza en el colchón y también cerré los ojos, esa tarde dormimos los dos, con una pequeña diferencia, yo desperté, Andrea no. Desperté sentado en la silla que había junto a su cama, y al acariciar su mano, supe que ya no volvería a llorar más junto a ella mientras dormía, besé su frente fría, y en ese momento me vino a la mente cuándo ella se despedía de Luis dándole ese beso que tanto me disgustaba, pero que ahora, hubiese dado lo que fuera por que ella estuviese viva para besarla toda su vida. Deseé morirme yo por ella, deseé morirme con ella, pero como el deseo de aquel cumpleaños, estos tampoco se cumplieron, así que allí me quedé, cogiéndola de la mano, mirando su cuerpo sin vida, aún así me pareció que estaba preciosa, y supe, que a lo largo de mi triste vida, pasara lo que pasara, nunca dejaría de amarla.

   A los dos días fue su funeral, no se porque, pero fue un funeral católico, eso me molestó bastante, porque Andrea nunca había tenido ideas religiosas ni quiso saber nunca nada sobre ese tema, pero supongo que sus padres no quisieron complicarse mucho la vida en ese momento y dejar que todo pasase lo más rápido posible, pero a mí me revolvió el estómago ver a un cura que no había visto en su vida a Andrea y que no había sabido de su existencia hasta esa misma mañana, hablar de lo buena que había sido en vida y que su "señor" la recibiría con los brazos abiertos, yo hubiera preferido que su "señor" la hubiese dejado a mi lado, y por eso lo maldecí con todas mis fuerzas.

   Una semana después fuimos a esparcir sus cenizas tal y como ella había dejado dicho que se hiciera; antes de morir, le comentó a sus padres que quería que sus cenizas se liberasen en la misma playa donde yo la había llevado cuándo ella me lo pidió; no entiendo el por qué, hubiese cruzado el mar nadando para llevar sus cenizas a una playa del caribe si ella me lo hubiese pedido, y ver como las cenizas de mi mejor amiga, de la persona que amaba con todas mis fuerzas, se difundían con el agua de la Barceloneta no fue de lo más consolador que me pudo ocurrir en esos momentos, pero ella así lo quiso.

   Aún hoy no logro entender por qué eligió aquel lugar, pero una parte de mi vive con la utopía de que esa fue la forma que tuvo de decirme que ella también me quería; mi abuelo solía decir que las utopías estaban para luchar por ellas, pero yo hice tarde para luchar por esta, otra derrota más de camino a mi victoria final.

  Vengo siempre que puedo a esta playa, y sentado en la arena mientras miro el mar, me paso las horas intentando sentir su presencia, pero lo único que logro sentir es dolor en ese inconcreto lugar del cuerpo que te da cuando te sientes solo. Pienso que hubiese habido más allá de nuestro horizonte, si Andrea y yo hubiésemos podido seguir juntos, pero, por mucho que me duela, la respuesta a esa pregunta se dispersó, con sus cenizas, en lo inmenso del mar.