lunes, 1 de mayo de 2017

Lucía



   Deslizó la mano con dulzura entrelazando los dedos por aquella mata de pelo negro, separó un mechón y se puso a juguetear con él enroscándolo en uno de sus dedos, creando un tirabuzón perfecto. La melena de Lucía siempre le había vuelto loco, desde el primer día que la conoció fue en lo primero que se había fijado, en aquella cabellera morena y en sus ojos marrones, y es que Lucía siempre lo había mirado con cierta expresión de lascivia con aquellos preciosos ojos marrones.
   —Vamos, nene, acércate un poquito más —le dijo Lucía atraiéndolo hacia ella—, no voy a comerte.
Miró los labios de ésta mientras ella hablaba, unos labios carnosos, maquillados con carmín rojo y brillante como a él le gustaba, Lucía nunca escatimaba en los pequeños detalles y siempre hacía cualquier cosa por complacerle. La verdad es que no podía dejar de preguntarse como era posible que una chica como Lucía se hubiera fijado en un tipejo como él, tímido, solitario, con escasa vida social <<por no decir ninguna>> y encerrado, casi de por vida, en su cuarto con la nariz pegada a aquel ordenador. Se había creado una verdadera vida virtual en las redes sociales, a salvo de intrusiones, escondido tras un avatar y un nombre falso; por eso, cuando Lucía irrumpió tan de repente en su patética existencia, creyó haber muerto y estar en el cielo.
   Los labios de Lucía seguían moviéndose de forma sensual al hablar, pero él ya no la escuchaba, tan sólo se dejaba atrapar por aquella carnosidad roja y excitante. Su polla empezó a hacerse notar bajo los calzoncillos; sí lo pensaba bien, aquella situación casi le parecía grotesca, su polla, cada vez más amoratada e hinchada, mancillando con su roce los calzoncillos que con tanto cariño le había comprado su madre; pero es que Lucía siempre conseguía sacar lo peor de él, lo mangoneaba y excitaba a su antojo, consiguiendo que el animal que llevaba dentro aullase desesperado con tan sólo mirarla.
   La agarró y de un pequeño empujón pegó el cuerpo de ella al suyo con violencia, la mirada de Lucía chispeaba y sus labios se deformaron en una sonrisa lujuriosa que a punto estuvo de provocarle una eyaculación precoz. Acarició los labios de ella, primero despacio, con cariño, pero, conforme iba notando la cremosidad del pintalabios en las yemas de sus dedos, los restregó con más pasión hasta que corrió todo el carmín por la piel pálida de la cara de ella. Lucía se introdujo el dedo índice de él en la boca y lo chupó de tal forma que no pudo evitar imaginarse que era su miembro el que estaba disfrutando de las caricias de las mucosas bucales de Lucía. La excitación le hizo flaquear las piernas de tal manera, que tuvo que dejarse caer y sentarse sobre el blanco y frío inodoro. Lucía sonrió al verlo sentado y empalmado en en váter y se arrodilló a su lado.
   —Por Dios, mi niño, que vamos a hacer con esto —le dijo señalando hacia su palpitante polla—, va a reventar de un momento a otro.
  Él la miró suplicante, la desnudez de ella era perfecta, una verdadera diosa del sexo a su servicio. Agradeció a Dios, una y mil veces más, la llegada de Lucía a su vida.
   —Por favor... Lucía... me va a dar algo.
   La mano de Lucía acarició el rostro sudado y tembloroso de él. Sus dedos, finos y largos, terminados en unas cuidadas y femeninas uñas pintadas de rojo, a juego con sus labios, empezaron a deslizarse poco a poco hacia abajo, pasando primero por su cuello, luego, entreteniéndose unos segundos pellizcando uno de sus pezones para seguir el recorrido por el abdomen y encontrar el final de su camino en aquella polla erecta y desesperada. La mano de Lucía se aferró a ella con fuerza, subió y bajó un par de veces desde la punta del glande hasta la base de pelo grueso y rizado, luego apoyó la yema del dedo gordo sobre el frenillo e hizo unos pequeños movimientos circulares con este.
   —Ahora sí, cariño, te voy hacer ver el cielo —y empezó a mover el brazo con un movimiento más rápido y mecánico.
   Él se dejó llevar por el roce de la mano de ella en su polla, observó extasiado las uñas pintadas de rojo, los labios brillantes, el carmín corrido por la cara y la melena de pelo negro y largo... Lucía, su amazona salvaje, su lujuriosa compañera, su amor...
   —¡Oh Dios! —gritó—. Sigue así, amor mío... no pares... no pares... oh sí, Lucía... pero que puta eres... que puta eres... ¡que puta eres!
   Llegó al clímax entre estertores y jadeos, se relajó intentando recuperar su ritmo cardíaco, notó el calor y la humedad en la palma de la mano, bajó la mirada y observó como el semen se escurría entre sus propios dedos con las uñas pintadas de rojo. El recuerdo del reciente orgasmo desapareció dando paso a la vergüenza y el asco. Se levantó del váter y se dirigió al lavabo arrastrando los pies para no tropezar con los pantalones bajados hasta los tobillos. Levantó avergonzado la cabeza y clavó la mirada en los ojos marrones que lo miraban desde el otro lado del espejo, sus labios pintados le mostraron una mueca de desagrado, el carmín le había teñido de rojo los pelos de su mentón sin afeitar. Se quitó la peluca con la otra mano y la arrojó hacia a un lado. Abrió el grifo y metió las manos debajo del agua fría; un par de golpecitos quedos llamaron a la puerta.
   —Hola, ¿qué haces ahí dentro tanto rato? —le dijo la voz al otro lado.
   —Nada, mamá —le respondió—. Estoy con un poco de diarrea, sólo eso.
  —Bueno, ya me parecía raro a mí todos esos ruidos. Te he dejado encima de tu cama un paquete de calzoncillos nuevos, he pasado por la merecería de la señora Antonia y no me he podido resistir... son tan bonitos y estaban tan baratos.
   —Gracias, mamá —le contestó mientras se frotaba las manos con el jabón.
   —Por cierto, hijo, a ver cuando invitas a comer a esa nueva novia tuya que tienes... cómo dices que se llama... Lucía ¿no? A tu padre y a mí nos gustaría conocerla.
   —Sí, mamá, algún día... —respondió mientras observa como la espuma y los restos de semen se colaban por el desagüe siguiendo los círculos del agua— ...algún día.